A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 17
Cap 17: Cien mil de indemnización
El despacho del licenciado Jaramillo quedaba en una torre clásica de Reforma, piso once. Camila llegó a las diez en punto. Damián ya estaba adentro, con la corbata azul tinta que se había vuelto su corbata de los días que importaban. El cabestrillo había desaparecido la semana anterior.
—Camila.
—Damián. Licenciado.
—Antes de que llegue el señor Lazcano, le comento el orden del día. La reunión la conduzco yo. Damián observa. La pretensión que vamos a plantear es la devolución del usufructo y de las utilidades que el señor Lazcano administró indebidamente del patrimonio de Textiles Robles e Hijos en su carácter de viudo de la heredera, la señora Esperanza Robles. Vamos por un acuerdo extrajudicial inicial. Si no quiere firmar, iniciamos juicio civil con denuncia paralela. ¿De acuerdo?
—Estoy de acuerdo.
—¿Pregunta?
—Una. ¿Damián por qué está aquí?
Jaramillo miró a Damián. Damián habló sin levantar la voz.
—Estoy aquí como CEO de Grupo Tejada. Mi grupo tiene interés legítimo en garantizar que mi futura colaboradora no entre a un puesto de coordinación de imagen con un pleito patrimonial abierto. La presencia institucional facilita el acuerdo. No es un favor personal.
—Bien.
* * *
Ricardo llegó a las diez y cuarto, doce minutos tarde y con tres centímetros menos de altura de la que Camila le recordaba. Traía a Soraya detrás —cosa que Jaramillo no esperaba—. Jaramillo se levantó.
—Señor Lazcano. Esta reunión es bilateral. Si la señora Mireles desea acompañarlo, lo hace a sala de espera.
—Yo espero afuera —dijo Soraya con la sonrisa apretada—. Por supuesto.
Salió.
* * *
Jaramillo expuso. Documentos sobre la mesa, uno por uno:
—Escritura original de Textiles Robles e Hijos, mil novecientos sesenta y tres, a nombre de Rodolfo Robles, fundador. Abuelo materno de la señora Lazcano.
Ricardo no levantó los ojos.
—Testamento del señor Robles, mil novecientos ochenta y siete, donde se establece como única heredera universal a su hija, la señora Esperanza Robles. Documento notarial. Tres testigos. Sin impugnación.
—Acta de defunción de la señora Esperanza Robles de Lazcano, fechada veinte años atrás. Causa: paro cardiorrespiratorio. Sin autopsia. —Jaramillo hizo una pausa que no fue inocente—. Sin autopsia, vale repetirlo.
—Certificado de matrimonio entre el aquí presente y la señora Esperanza Robles, dos años antes de la muerte. Régimen de sociedad conyugal.
—Y, finalmente, ausencia de testamento de la señora Esperanza Robles en el expediente notarial. Lo cual implica que su patrimonio debió haber pasado por sucesión legítima a su heredera. Que era —Jaramillo levantó los ojos a Camila por primera vez— una niña de tres años llamada Camila Lazcano Robles.
Silencio.
—Lo que ocurrió, en cambio, fue una reinscripción administrativa a nombre del señor Lazcano en circunstancias que este despacho califica, por escrito y sin temor a litigio, como "irregulares".
Ricardo abrió la boca. Jaramillo levantó la mano.
—No me responda todavía, señor Lazcano. Le falta oír la cifra.
Le pasó una hoja por encima de la mesa. Ricardo la tomó. La miró. Tragó saliva.
Ricardo escuchaba con los ojos en la mesa. A los siete minutos:
—Licenciado. Yo siempre actué con la idea de preservar el patrimonio para la niña.
—Señor Lazcano. La señora Lazcano nunca recibió ingreso ni participación.
—Es que la niña era una niña.
—Cumplió la mayoría de edad hace cinco años.
—Pero se casó.
—Eso no priva a una mujer del manejo de su patrimonio. Y el régimen de su matrimonio fue de separación de bienes.
—Hija. —Ricardo se giró a Camila con la mirada del hombre que va a pedir por desesperación—. Cami, yo te crié—
—Sí —cortó Camila—. Y tomaste lo que era mío mientras lo hacías. Ricardo. La parte sentimental ya la tuvimos en la sala de tu casa. Hoy estamos en la jurídica.
* * *
A las once y cinco, Ricardo aceptó firmar. Cien mil pesos a la cuenta de Camila dentro de setenta y dos horas; plan de pagos mensual durante veintisiete meses cubriendo aproximadamente sesenta por ciento del valor calculado; reserva del derecho a vía civil si Ricardo incumplía dos pagos consecutivos.
Ricardo firmó con la mano temblorosa.
—Licenciado. ¿Esto se va a saber?
—Entre las partes. Salvo procedimiento ulterior.
—¿En la familia se va a saber?
—Eso lo decide la señora Lazcano.
Ricardo miró a Camila. Camila lo miró a él. Por primera vez en años tenía un poder real sobre la cara de ese hombre. No le supo a triunfo. Le supo a alivio.
—Eso lo decide ella.
Ricardo asintió.
* * *
Salieron del despacho a las once y cuarenta. Soraya estaba parada al lado de la ventana.
—¿Y?
—Vámonos —dijo Ricardo, sin mirarla.
Se fueron. Antes de cruzar la puerta del elevador, Soraya le lanzó a Camila una mirada que no era amenaza, no era desprecio. Era cálculo.
Camila la sostuvo dos segundos. Después miró a Jaramillo.
—Licenciado. ¿Qué tan rápido se mueve una persona como ella cuando le acaba de tronar la base económica del matrimonio?
—Cuarenta y ocho horas. Setenta y dos, si tiene buena fe. Esa señora no tiene buena fe.
—¿Sugerencia?
—Que mantengamos un ojo extrajudicial sobre la abuela de la señora. Esa señora no va a poder atacar el patrimonio nuevo, pero sí puede atacar al ser querido más expuesto. Ortega puede coordinar con el cuidador de la señora Robles en San Andrés.
—Gracias, licenciado.
—De nada.
* * *
En el pasillo, Camila caminó al lado de Damián.
—¿Por qué hiciste esto tú? —preguntó, sin mirarlo—. Podía haberlo gestionado con mi abogado.
—Porque tu abogado no tiene el mismo peso en la sala.
—¿Te molesta que te lo diga?
—Me molesta que tengas razón.
Damián casi sonrió. Casi. Lo justo para que Camila lo notara.
* * *
De regreso al departamento, Camila se sentó frente a la computadora. Abrió el portal de la Escuela Nacional de Artes y Oficios. La convocatoria estaba abierta. Llenó el formulario despacio. Adjuntó tres bocetos. Pagó la cuota.
Presionó enviar a las once y cuarenta y siete.
Antes de cerrar la laptop, abrió el chat con Damián.
> "Gracias por hoy."
Damián, en menos de un minuto:
> "Fue justo."
Solo eso.
Camila cerró la laptop. Apagó la lámpara.
Hizo las cuentas mentales antes de dormir. Cien mil pesos cubría: un semestre de matrícula, tres meses de gastos médicos extra de la abuela en San Andrés, un colchón pequeño. Los números no la asfixiaban al cerrar los ojos.
* * *
A las once y cincuenta, antes de que apagara la pantalla, le entró un mensaje de Mariana.
> "Mija. Damián me contó del despacho. Bien hecho. Te espero el sábado a comer aquí en la casa. Una recomendación: si te sigues defendiendo sola en salas con hombres, te van a respetar más cada vez. Pero no olvides venir a comer. La comida es lo que arma la red, no las salas. — Mariana."
Camila la leyó dos veces. Le respondió:
> "Sábado. Gracias, Mariana."
> "De nada, mija."
Apagó.
Antes de quedarse dormida, recordó la palabra "futura colaboradora" en boca de Damián en la sala de juntas. La masticó como caramelo. La probó por todos los lados. No le supo a propiedad. Le supo a registro contable. Y eso, descubrió, era exactamente lo que ella necesitaba que sonara: un puesto que tenía pago, no un favor que tenía deuda.
Cerró los ojos. Se durmió rápido.