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Bajo contrato con el magnate

Bajo contrato con el magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Venderse para pagar una deuda / Amante arrepentido / Romance oscuro / Completas
Popularitas:282
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9 — ¿Qué soy para ti?

Paola la esperaba a la salida con Brenda y otras dos compañeras. Al ver a Valentina, Brenda levantó el teléfono. Esta vez no estaban pasándose una foto: querían grabarla.

—Miren quién sale a tomar aire —dijo Paola, alzando la voz para que la oyera medio patio—. La bailarina del club.

Valentina apretó la correa de la mochila y siguió caminando.

—No tengo tiempo, Paola.

—Claro que no, si te andan esperando. —Paola se puso enfrente, cortándole el paso—. Oye, tengo curiosidad. Las de tu tipo, ¿cobran por noche o por mes? Porque hicimos una apuesta y yo dije que por mes, que ya te vendieron con descuento…

Las otras se rieron. Alguien grabó.

Valentina miró el teléfono de Brenda. Si gritaba o le apartaba la mano, ese sería el video que iban a mostrar. Buscó un hueco entre ellas; Paola volvió a cerrárselo.

—Si tienes una pregunta, baja el teléfono y hazla tú —le dijo a Brenda—. No necesitas que Paola hable por ti.

Brenda miró a Paola sin bajar el teléfono.

—A ella no la metas —dijo Paola—. Contéstame a mí.

—No voy a contestarte para que lo subas al grupo.

Brenda dio un paso, envalentonada. El círculo se cerró un poco. Valentina no retrocedió, aunque el corazón le golpeaba, aunque eran cuatro contra una y el patio entero mirando.

Un coche se detuvo junto a la reja. Brenda fue la primera en verlo y bajó el teléfono hacia su muslo.

La puerta se abrió y bajó él.

Damián no llevaba prisa. Se acomodó el saco, recorrió el patio con la mirada una sola vez —una barrida fría que hizo que dos de las muchachas bajaran el teléfono sin pensarlo— y caminó directo hacia Valentina como si el resto no existiera.

—¿Algún problema? —preguntó. No a ella. A Paola.

Paola retrocedió lo suficiente para que Valentina pudiera pasar. Su manera de mirar a Damián dejaba claro que lo había reconocido.

—N-no, ninguno, señor, nada más… estábamos platicando.

—Platicando. —Damián lo dijo como quien repite una mentira para que se oiga fea—. Qué bueno. Entonces no les va a costar recordar una cosa.

Puso la mano, abierta, en la espalda baja de Valentina. Delante de todos. Un gesto tranquilo, dueño, imposible de malinterpretar.

—Ella viene conmigo —dijo—. Lo que se diga de ella, se me dice a mí. Y a usted, señorita —miró a Paola—, no le conviene tenerme de enemigo. Pregúntele a su tía la doctora si quiere que le explique por qué.

Brenda apagó la cámara. Al otro lado de la reja, el guardia preguntó si necesitaban que llamara a la coordinadora. Damián le indicó que no.

—Suban esos videos si quieren —agregó, casi aburrido—. Mis abogados los coleccionan.

Y sin esperar respuesta, con la mano todavía en su espalda, condujo a Valentina hacia el coche. Ella se dejó llevar, con las mejillas ardiendo, sintiendo cincuenta pares de ojos clavados en la nuca y el calor de esa mano quemándole a través de la tela.

Lino ya tenía la puerta abierta. Se metieron. El mundo de afuera se apagó tras el vidrio polarizado.

El coche arrancó suave.

Valentina esperó a que dejaran atrás la escuela. Estaba aliviada de haber salido de la reja y furiosa por la forma en que él lo había resuelto. Al día siguiente todos sabrían quién había intervenido por ella. El contrato le exigía discreción a ella; a él no parecía preocuparle.

—¿Por qué hizo eso? —dijo al fin.

Damián, del otro lado del asiento, no volteó.

—¿Hacer qué?

—Ponerme la mano encima. Delante de todos. Decir que soy suya. —Tragó—. Mañana va a estar en toda la escuela.

—¿Y?

—Y no es cierto. —Le tembló la voz, y odió que le temblara—. Yo no soy… —Se detuvo. Se obligó a mirarlo—. Señor Mondragón. ¿Para usted qué soy?

Damián se volvió hacia ella, con el teléfono todavía en la mano.

—¿Qué eres?

—Sí. A mí me pides que no hable de nosotros y luego apareces delante de toda la escuela. ¿Qué se supone que conteste mañana?

El silencio se puso duro.

—Tienes una mesada —dijo Damián, y cada palabra cayó como una piedra—. Tienes a tu abuela viva en la mejor habitación de un hospital privado. Tienes un techo, una escuela, una audición. Y tienes mi protección, que hoy viste lo que vale. —La miró sin un gramo de calor—. ¿Y todavía necesitas un nombre para eso? ¿No te alcanza con lo que hay?

Valentina iba a recordarle que la escuela la había conseguido antes de conocerlo, pero no quería desviarse. Si empezaban a enumerar lo que él pagaba, no hablarían de otra cosa.

—No —dijo—. No me alcanza.

—Entonces te estás portando como una ingrata.

—Si agradecerte significa no poder preguntarte nada, entonces sí.

—Cuidado con lo que dices.

—Lo pregunto en serio. Sé lo que firmé. También sé lo que pasó ahí afuera. Quiero saber si para ti hay alguna diferencia.

Damián no contestó de inmediato. Miró al frente, donde Lino conducía, y después hacia las luces de la avenida. No volvió a mirarla. Se le marcó un músculo en la mandíbula.

—No todo tiene nombre —dijo por fin, y la voz le salió más ronca, más baja, casi peligrosa—. Y no todo lo que no tiene nombre vale menos.

—No te he preguntado cuánto valgo. Te he preguntado qué soy para ti.

Damián dejó el teléfono en el asiento. Valentina esperó. Él miró sus manos y después le buscó los ojos, pero no contestó.

—Ven acá —dijo, bajo.

—¿Qué?

—Que vengas.

La tomó del brazo, no bruto, pero sin dejarle opción, y la pasó de su asiento al de él. Valentina quedó sentada de lado sobre sus piernas, muy cerca, con la respiración de él contra su cuello. Al frente, Lino sin girarse subió el vidrio que separaba el asiento del chofer. Un clic. Y quedaron los dos solos en su propia cápsula de cuero y penumbra.

—Señor Mondragón —empezó ella, tensa—, esto no responde mi…

—Cállate un momento —murmuró él, sin la seguridad con que había hablado en la reja—. Solo un momento.

Le puso la mano en la nuca y le hundió la boca en el cuello. No en los labios —esa regla no la rompía, ni siquiera ahora—, sino en la garganta, en el filo de la mandíbula, en el punto donde el pulso le latía desbocado.

Valentina le puso una mano en el pecho para apartarlo. Le sintió el corazón acelerado y dejó de empujar; quería creer que también a él le estaba costando aquella conversación. Cuando volvió a besarle el cuello, cerró los ojos.

—Esto no arregla nada —alcanzó a decir, con la voz rota contra su sien.

—Lo sé.

—No cambia lo que soy.

—Lo sé, Vale.

Pero él volvió a bajar la boca por su cuello, y le fue bajando la mano por el costado, por la cintura, por el muslo por encima de la falda, despacio, como quien pide sin pedir, y Valentina sintió que el enojo y el deseo se le enredaban en un solo nudo caliente en la boca del estómago.

El coche avanzaba por la ciudad. Afuera, las luces pasaban en rayas. Adentro, él le hundió la cara en el cuello, le apartó el cuello de la blusa con los labios, y ella, todavía enojada, pero también deseándolo, dejó de discutir.

Lo que siguió lo hicieron a media voz, con cuidado del mundo de afuera y sin ninguno del de adentro. Él la sostuvo, la guio, la fue desarmando con esa paciencia suya que ella nunca sabía si era ternura o control. Valentina se agarró de sus hombros y escondió la cara en su cuello para no hacer ruido, y cuando ya no pudo pensar en nada —ni en el contrato, ni en la letra M, ni en la palabra "acompañante"— se dejó ir, temblando, mordiéndose los labios contra la piel caliente de él.

Damián la abrazó al final y apoyó la boca en su pelo. Valentina se quedó contra él, esperando que ahora sí dijera algo.

Él le acarició la espalda en silencio. Era agradable estar así, y durante un minuto decidió no insistir.

Ella se acomodó la ropa en silencio, volvió a su asiento, se limpió con disimulo una lágrima que había esperado hasta ahora para caer. Miró por la ventana. No reconoció la avenida.

Le dio vergüenza haber esperado una respuesta por ese camino. El deseo había sido suyo también; no podía fingir que solo él había distraído la conversación. Pero la pregunta seguía pendiente, y Damián ya estaba recogiendo su teléfono.

—Este no es el camino a Coyoacán —dijo, con la voz todavía ronca—. Ni a la Torre.

—No.

—¿Entonces a dónde vamos?

Damián se estaba abrochando de nuevo el cuello de la camisa, tranquilo, otra vez el hombre de piedra, como si el de hacía un momento hubiera sido otro que se bajó en algún semáforo.

—Vamos a otro lugar —dijo, mirando al frente—. Hay alguien que quiere verte.

Valentina se giró hacia él, con el corazón otra vez en alerta.

—¿Quién?

Damián empezó a marcar. Por el vidrio delantero, Valentina vio a Lino cambiar de carril hacia la zona de restaurantes. Se acomodó el cuello de la blusa y buscó en la mochila algo con qué recogerse el pelo.

—Ya lo vas a ver —fue todo lo que dijo Damián.

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