Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 11
El sol de la mañana irrumpió entre los ventanales del hospital. En la sala de juntas de la clínica Valenzuela, el ambiente se podía cortar con un bisturí. Victoria caminaba de un lado a otro con taconeo impaciente, mientras Guillermo revisaba los informes financieros con el rostro pálido.
—No entiendo cómo no pudiste bloquear esta compra, Guillermo —siseó Victoria con rabia contenida—. El consejo médico está aterrorizado. Si ese grupo corporativo toma el control absoluto de la junta, perderemos la mayoría de los votos y no podremos apartar a Camila.
—Ese consorcio pagó el triple del valor del mercado en cuestión de horas, Victoria —respondió Guillermo, con la voz quebrada por la presión—. Tienen más liquidez que todo nuestro grupo médico junto. No tenemos cómo frenarlos legalmente.
En ese momento, las puertas dobles de la sala se abrieron de golpe.
Camila entró en primer lugar. Lucía un traje sastre de tono azul oscuro, la mirada en alto, la postura impecable y un rostro fresco que no reflejaba rastro alguno del agotamiento o la arritmia de los días anteriores. La noche de descanso bajo la protección del Alfa había restaurado por completo su energía.
Detrás de ella avanzó Kael.
El imponente Alfa vestía un traje italiano confeccionado a medida que disimulaba a la perfección los vendajes de su abdomen. Su presencia abrumadora, la frialdad en sus facciones y el destello de verde felino en sus ojos congelaron el aire de la estancia. A su lado, Bruno y un equipo de abogados portaban maletines de piel.
Victoria dio un paso atrás por puro instinto de supervivencia al sentir la aplastante presión del aura que emanaba del hombre.
—Buenos días —dijo Camila con serenidad, tomando el asiento de la cabecera, el cual solía ocupar su padre.
—¿Qué significa esto, Camila? —exigió Guillermo, intentando mantener una fachada de autoridad que se desmoronaba por momentos—. Esta es una reunión privada del consejo de administración. No puedes traer a personas ajenas a la institución...
—A partir de hoy, el señor Kael no es una persona ajena a esta institución, doctor Valenzuela —interrumpió Bruno, dando un paso al frente y desplegando una serie de carpetas legales sobre la mesa—. El Corporativo Kaelen ha adquirido el cincuenta y uno por ciento de las acciones con derecho a voto. El señor Kael es el nuevo presidente del directorio.
Victoria ahogó un grito de frustración mientras miraba a Kael con desprecio y miedo.
—¡Esto es un despojo! —exclamó la mujer—. ¡Ese hombre es un criminal! Todos en la ciudad conocen los rumores sobre sus actividades...
Kael no se inmutó. Apoyó ambas manos sobre la mesa de juntas, inclinándose ligeramente hacia adelante. La sola acción hizo que Guillermo y Victoria retrocedieran involuntariamente.
—Los rumores no importan en un tribunal de comercio, señora Valenzuela —dijo Kael con una voz profunda, ruda y helada que resonó en cada rincón de la sala—. Lo que sí importa en un tribunal penal es la falsificación de expedientes médicos, el desvío de fondos de la clínica hacia cuentas personales y el bloqueo deliberado de un órgano vital para una paciente en lista de espera.
Guillermo se quedó completamente blanco.
—¿De... de qué estás hablando? —balbuceó el padre de Camila.
—Tengo los auditorías en mi mano —continuó Kael, entornando sus ojos de cazador—. Sé exactamente cómo usted y su esposa manipularon el comité para congelar la solicitud de trasplante de Camila mientras utilizaban el dinero de la herencia de su madre difunta para cubrir sus deudas de juego y mantener a su otra hija.
Camila observó a Kael. Aunque la frialdad del Alfa era despiadada, sintió una punzada de alivio y justicia que jamás había experimentado. Por primera vez en su vida, alguien estaba destruyendo la red de mentiras de su familia para protegerla.
Kael se erguicó en toda su estatura y miró a Bruno.
—Presenten las demandas correspondientes por malversación y tentativa de homicidio por negligencia contra Victoria y Guillermo Valenzuela. Tienen diez minutos para abandonar el edificio antes de que la seguridad corporativa los escolte fuera a la vista de todo el personal.
—¡No puedes hacernos esto! ¡Soy el director de esta clínica! —gritó Guillermo, deshecho.
—Ya no lo es —sentenció Kael con absoluta frialdad—. A partir de este minuto, la dirección médica general queda a cargo de la doctora Camila Valenzuela. Cualquier recurso financiero, equipo o lista de trasplante que ella requiera será aprobado sin objeción.
Victoria intentó abalanzarse hacia Camila con rabia, pero Bruno le cortó el paso de inmediato con una mirada de advertencia que la obligó a replegarse temblando de ira. Sin más opciones y acorralados por los abogados, Guillermo y su esposa se vieron obligados a recoger sus pertenencias y salir humillados de la sala.
Cuando la puerta se cerró y el lugar quedó en completo silencio, Camila dejó escapar un largo suspiro. Se puso de pie y miró a Kael.
—Destruiste su control en menos de diez minutos —murmuró la cirujana.
Kael caminó despacio hacia ella, acortando la distancia hasta detenerse a solo unos centímetros. Su mano buscó la de ella y, al entrelazar sus dedos, una agradable ola de calor volvió a recorrer el torrente sanguíneo de Camila.
—Nadie vuelve a lastimarte, Camila —dijo el Alfa en un murmullo íntimo y posesivo—. Tu único trabajo de ahora en adelante es sanar vidas... mientras yo me encargo de proteger la tuya.