¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
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Capítulo 18: El lugar donde fueron felices
La casa de campo permanecía cerrada desde hacía casi un año.
Adrián llegó primero para abrir las ventanas y dejar entrar el aire. El jardín estaba descuidado, pero los árboles continuaban en pie y las flores silvestres habían crecido alrededor de la entrada.
Cuando el automóvil se detuvo frente a la casa, Mateo y Nicolás bajaron rápidamente.
Después, Adrián ayudó a Elena a salir.
Ella llevaba una manta sobre las piernas y el rostro cansado, pero sus ojos cambiaron al mirar el jardín.
—Todavía está igual —murmuró.
—No exactamente —respondió Adrián—. Las rosas desaparecieron.
—Nunca fueron buenas rosas. Solo tenían espinas.
Mateo sonrió por primera vez en varios días.
—Mamá, sigues siendo cruel con las plantas.
—Las plantas sobreviven a mis críticas.
Nicolás empujó la silla de ruedas hasta la terraza. Elena pidió que la dejaran allí, bajo la sombra del árbol donde Adrián le había pedido matrimonio muchos años atrás.
Adrián se sentó junto a ella.
Durante un rato, nadie habló.
El silencio del campo era diferente al del hospital. No estaba lleno de máquinas ni de pasos apresurados. Solo se escuchaban los pájaros y el viento moviendo las hojas.
—Quiero quedarme aquí unos días —dijo Elena.
Adrián la miró.
—Los médicos dijeron que podemos hacerlo, pero debemos regresar si empeoras.
—No voy a empeorar hoy.
—No puedes saberlo.
—Tampoco ellos.
Elena tomó su mano.
—No quiero pasar el tiempo que me queda contando las horas. Quiero recordar esta casa como mi último lugar feliz.
Adrián apretó sus dedos.
—Será como tú quieras.
Por la tarde, Mateo y Nicolás caminaron hasta el lago. Elena los observó desde la terraza.
—Están creciendo demasiado rápido —dijo.
—Siempre lo hacen.
—Quiero que me recuerden riendo. No enferma.
—Te recordarán de todas las formas.
Elena guardó silencio.
—¿Sigues pensando en ella? —preguntó.
Adrián no fingió no comprender.
—Sí.
—¿Has vuelto a verla?
—No.
—¿Sabes cómo está?
—No.
—¿Y puedes vivir con eso?
—No muy bien.
Elena miró hacia el jardín.
—Entonces todavía estás respetando mi deseo.
—No es tu deseo. Es mi decisión.
—Tal vez. Pero no quiero que confundas la distancia con una prueba de amor.
Adrián bajó la mirada.
—No quiero hablar de esto aquí.
—Precisamente aquí debes hablar de esto. En este lugar aprendimos que el amor no es solo felicidad. También es saber cuándo dejar ir.
Adrián sintió que la culpa se mezclaba con el dolor.
—No quiero dejarte ir.
—No puedes decidir eso.
Elena apoyó la cabeza en su hombro.
—Solo prométeme que no vas a odiarte cuando yo ya no esté.
Adrián cerró los ojos.
—No puedo prometerlo.
—Entonces prométeme que lo intentarás.
Él besó su cabello.
—Lo intentaré.
En la ciudad, Valeria recibió las llaves del apartamento.
Alma subió y bajó por las habitaciones, emocionada. Eligió la habitación más cercana a la ventana y comenzó a imaginar dónde colocaría sus libros.
Valeria caminó lentamente por la sala vacía.
Todavía no había muebles, pero las paredes le parecían hermosas. No había humedad, ni ruidos de vecinos, ni señales de que alguien pudiera obligarlas a marcharse.
—Es nuestra —dijo Alma.
Valeria asintió.
—Sí.
—¿Estás feliz?
Valeria miró las llaves en su mano.
—Mucho.
Pero la felicidad no era completa.
Mientras recorría el apartamento, pensó en Adrián. En la manera en que él habría observado la luz entrando por las ventanas. En la forma en que habría preguntado si necesitaba ayuda para mover las cajas.
Valeria se sentó en el suelo de la habitación de Alma.
—¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Te gusta alguien?
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque a veces miras la nada y sonríes triste.
Valeria acarició su cabello.
—Hay personas que aparecen en la vida y no pueden quedarse.
—¿Por qué?
—Porque llegan en el momento equivocado.
Alma pensó unos segundos.
—Tal vez después llegue el momento correcto.
Valeria sonrió.
—Tal vez.
Esa noche, en la casa de campo, Elena se quedó dormida junto a Adrián en la terraza.
Él la cubrió con una manta y contempló el cielo oscuro.
En su teléfono no había mensajes de Valeria.
En el de ella tampoco había nada de Adrián.
La distancia continuaba intacta.
Pero el amor, silencioso y obstinado, seguía creciendo en ambos extremos de la ciudad.