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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3: Dos Mentiras, Una Noche

Sebastián volvió cuando la luna ya estaba alta.

Valentina no se había movido del borde de la cama. Los adornos rojos seguían sobre la mesa, rotos en tiras limpias. La cera de las velas se había endurecido alrededor del altar, y el cuarto olía a flores marchitas, humo viejo y una celebración cancelada.

Él entró sin tocar.

Primero miró las paredes. Después, la mesa. Por último, a ella.

—¿Qué hiciste?

Valentina bajó los ojos a los papeles rasgados.

—Limpiar.

Sebastián cerró la puerta. No estaba furioso. Eso habría sido más fácil. Su rostro tenía esa expresión de paciencia cansada que usaba cuando creía estar tratando con alguien incapaz de entender el mundo.

—Mi madre me dijo que hablaron.

Valentina sintió que algo en su pecho se tensaba.

Por fin.

—Sí.

—También me dijo que aceptaste ser razonable.

La frase no encajó con ninguna parte de la noche.

Valentina levantó la vista.

—¿Razonable?

Sebastián se quitó el abrigo y lo dejó sobre el respaldo de una silla. Era una acción doméstica, tranquila, casi íntima. La clase de acción que un esposo hacía en una habitación compartida.

Pero esa habitación nunca había sido de los dos.

—No tienes que mirarme así —dijo él—. Sé que fue un día difícil.

Valentina lo observó con cuidado. Doña Milagros no se lo había dicho. O se lo había dicho con otra lengua, una donde ruptura significaba obediencia y no significaba libertad.

—¿Qué exactamente le dijo su madre?

Sebastián frunció el ceño.

—No empieces con formalidades.

—¿Qué le dijo?

—Que entendiste la situación. Que no ibas a hacer un escándalo por Catalina. Que aceptarías un arreglo temporal hasta que todo estuviera en orden.

Valentina sintió la risa subirle al cuello.

No salió.

—¿Un arreglo temporal?

—Valentina, no compliques las palabras. Mi madre cree que lo más conveniente es que permanezcas en Hacienda Reyes. Yo también.

—Qué alivio.

Él no notó el filo. O fingió no notarlo.

—Tendrás protección. Tendrás recursos. Nadie podrá decir que te tratamos con ingratitud.

—¿Y qué podrán decir?

—Que fuiste sensata.

Su loba emitió un gruñido bajo, tan débil que casi parecía una tos dentro del alma.

Valentina puso las manos sobre la falda para que no le temblaran.

—Sebastián, ¿usted sabe lo que pedí esta noche?

Él la miró como si la pregunta fuera innecesaria.

—Pediste tiempo para aceptar lo inevitable.

Valentina entendió entonces la forma completa de la mentira.

Doña Milagros no solo había omitido la ruptura. La había convertido en rendición.

—No —dijo Valentina.

—No quiero discutir.

—Yo tampoco.

Sebastián caminó hacia el altar apagado. Tomó una de las velas y la giró entre los dedos.

—Por eso mismo voy a dejar claro algo. Lo de esta noche no se realizará.

Valentina tardó un segundo en comprender.

La unión. La consumación del vínculo. Los Brazaletes de la Luna enviados por Doña Aurora. Las velas. La cama intacta.

Él hablaba de eso como si todavía hubiera algo que cancelar.

—¿Por qué? —preguntó, aunque ya no quería la respuesta.

Sebastián dejó la vela en su lugar.

—Catalina no lo aceptaría.

El cuarto se quedó sin aire.

Valentina lo miró. No con sorpresa. La sorpresa se le había agotado en las muñecas, cuando la plata pasó de su piel a la de otra mujer. Lo miró como se mira una puerta que por fin se revela pared.

—Catalina no lo aceptaría —repitió.

—No uses ese tono.

—¿Qué tono?

—Ese. Como si yo estuviera siendo cruel.

Valentina casi quiso preguntarle qué palabra prefería.

Él suspiró.

—Mi relación con Catalina no empezó ayer. Tú lo sabes.

—No. Lo estoy sabiendo hoy.

—No seas injusta. Nunca te prometí amor.

La loba interior dejó de gruñir.

Ese silencio fue peor.

Valentina sintió que algo pequeño, terco y absurdo moría por fin. No era amor. Tal vez era la idea de que, en alguna parte de Sebastián, existía un mínimo reconocimiento de lo que ella había entregado.

—Tiene razón —dijo—. No me prometió amor.

Sebastián pareció aliviado.

—Me alegra que podamos hablar con calma.

—Me prometieron una manada.

Él se quedó quieto.

—Valentina...

—Me prometieron un lugar legítimo si sobrevivía al enlace de curación. Me prometieron que no sería tratada como una herramienta. Me prometieron que la Diosa Luna honraría mi sacrificio porque ustedes también lo harían.

—Mi abuela prometió demasiado por desesperación.

La frase fue suave.

También fue imperdonable.

Valentina se puso de pie. El cansancio le mordió las piernas, pero no se sentó.

—Entonces no hablemos más de promesas.

—Eso intento. Quiero evitarte una vergüenza pública.

—Qué considerado.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Puedo darte algo mejor que una pelea inútil. Con el tiempo, cuando Catalina esté segura de su posición, podríamos encontrar una forma para que no quedes desprotegida. Una casa, una asignación formal...

—Una cabaña en el borde del territorio.

Él no negó rápido.

Valentina sonrió apenas.

—Ya veo.

—No lo digas como si fuera una ofensa.

—¿Qué es?

—Una forma de cuidarte.

Por primera vez en toda la noche, Valentina sintió hambre.

No era hambre normal. Era un hueco brutal, una mordida debajo de las costillas. El cuerpo, que había sido usado como medicina durante tres años, exigía algo que no fuera dolor.

—Puede retirarse —dijo.

Sebastián parpadeó.

—¿Me estás echando de mi propio cuarto?

—Esta noche no habrá consumación. Usted mismo lo dijo.

El rostro de Sebastián cambió. Algo de vergüenza cruzó sus ojos y se convirtió en irritación.

—No conviertas mi consideración en desafío.

—No estoy desafiando nada. Estoy cansada.

Él la miró un rato, esperando quizá una disculpa, una lágrima, una pregunta más. Valentina no le dio ninguna.

Sebastián tomó su abrigo.

—Descansa. Mañana hablaremos cuando estés menos alterada.

Valentina no respondió.

Él salió.

El silencio que dejó no fue paz. Fue un cuarto sin testigos.

Valentina abrió la puerta lateral.

Sofía estaba sentada en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared. Se levantó de inmediato.

—¿Mi señora?

—Trae comida.

Sofía se quedó muda.

—¿Comida?

—Sí.

—¿Qué quiere comer?

Valentina miró la mesa vacía.

—Lo que haya.

Sofía no discutió. Regresó poco después con una charola grande: caldo de pollo con arroz, tortillas calientes envueltas en tela, frijoles, un poco de mole de la cena de la manada y chocolate con canela que alguien había preparado para la celebración de esa noche.

Celebración.

Valentina tomó la cuchara.

Al primer trago de caldo, el estómago le dolió. Al segundo, el cuerpo le pidió más. Comió sin elegancia. Sin medir bocados. Sin recordar si una Luna debía inclinar la cabeza de cierta forma o dejar la mitad del plato para no parecer ansiosa. Rompió tortillas con los dedos. Mojó arroz en mole. Bebió chocolate aunque estaba demasiado dulce y le raspaba la garganta.

Sofía la miraba con los ojos húmedos.

—Val...

—No.

—Se va a enfermar.

—Ya estoy enferma.

Sofía apretó el borde de la charola.

Valentina siguió comiendo. No sabía si quería llenar el hueco del pecho o castigar al cuerpo por haber sobrevivido tanto. Tal vez ambas cosas. Tres años cuidando la respiración de Sebastián, midiendo hierbas, ayunos, infusiones, noches enteras de luna llena en las que su loba se partía para alimentar a la de él. Tres años sin preguntarse qué quería su propio cuerpo.

Esa noche quería caldo, tortilla, azúcar, sal.

Quería algo real.

La náusea llegó de golpe.

Valentina dejó la cuchara y alcanzó a llegar detrás del biombo antes de vomitar. El cuerpo se dobló sobre sí mismo. Le ardieron los ojos. El pecho se le cerró. Sofía corrió a sujetarle el cabello con una mano y a sostenerle un paño húmedo con la otra.

—Ya, ya, mi señora. Respire. Por favor, respire.

Valentina obedeció porque la voz de Sofía no exigía, cuidaba.

Cuando pudo incorporarse, se limpió la boca. Tenía las piernas flojas y la piel fría.

Sofía lloraba sin hacer ruido.

Valentina miró los platos a medio vaciar sobre la mesa y soltó una risa pequeña, seca.

—Al menos esta comida era real.

—No diga eso.

—Los brazaletes no eran míos. La cama no era mía. El esposo tampoco.

—Usted no es una cosa para pertenecerle a nadie.

Valentina se apoyó en el biombo. La frase entró despacio, como agua en tierra seca.

—No —dijo al fin—. Ya no.

Sofía la ayudó a recostarse. Valentina no se metió bajo las mantas de la cama grande. Se acurrucó encima, de lado, con las manos cerca del vientre. La luna entraba por la ventana en cuadros pálidos. Su loba se movió en sueños, inquieta, como si buscara una salida que todavía no existía.

Al otro lado del patio, Sebastián se detuvo bajo un árbol de jacaranda sin flores.

No volvió al cuarto.

Miró la luna con el ceño fruncido, intentando convencerse de que había actuado con justicia. Valentina era frágil. Orgullosa, sí, pero frágil. No entendía lo que significaba enfrentar a una manada entera, ni el peso político de Catalina, ni la necesidad de mantener a todos en calma.

Algún día, pensó, ella lo entendería.

Cuando Catalina ocupara su lugar y la tensión bajara, él podría compensar a Valentina. Una casa digna. Recursos. Tal vez, si ella dejaba de mirarlo como esa noche, un hijo reconocido que le diera seguridad dentro de los Reyes.

Un hijo podía ser una reparación.

Eso le pareció razonable.

En la otra ala de Hacienda Reyes, Catalina del Valle estaba despierta.

Frente al espejo, levantó las manos y giró las muñecas. Los Brazaletes de la Luna atraparon la luz como si hubieran nacido para ella. Catalina sonrió y apoyó los dedos sobre la plata antigua.

—Perfectos —susurró.

Nadie en esa habitación escuchó el gemido de la loba de Valentina al otro lado de la hacienda.

Nadie, todavía.

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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