Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 11
La oscuridad en la alcoba principal de la mansión Durantt era absoluta, pero para Nicolás, el silencio era un ruido ensordecedor. Estaba tumbado sobre la cama, aún con la camisa de la gala desabrochada y los pies descalzos, mirando fijamente las sombras que el viento proyectaba sobre el techo. Su muñeca aún palpitaba con un dolor sordo, un recordatorio físico de la llave de defensa que Tania le había aplicado en el estacionamiento. Sin embargo, ese dolor no era nada comparado con el incendio que rugía en su mente.
Se incorporó con brusquedad, sintiendo que las paredes de la habitación se cerraban sobre él. La imagen de Tania, vestida de rojo y con esa mirada de soberana indiferencia, se repetía en bucle tras sus párpados.
—No puede ser ella —susurró, pero su propia voz sonó hueca y poco convincente.
Caminó hacia su despacho privado, una estancia blindada donde guardaba los secretos más oscuros de su imperio. Encendió la computadora; la luz fría del monitor acentuó las ojeras profundas y los rasgos endurecidos de su rostro. Nicolás no era un hombre que dejara las cosas al azar. Si el mundo de los negocios lo llamaba "depredador", era porque sabía rastrear una presa hasta sus últimas consecuencias.
Abrió una terminal de búsqueda segura y activó a su contacto en una agencia de inteligencia privada en Singapur.
—Quiero todo —escribió, con los dedos volando sobre el teclado—. Movimientos bancarios, registros de propiedad, historial médico y cualquier rastro de la vida de la presidenta de Atlas Global antes de que fuera "Madame Atlas".
Pasaron las horas. El reloj de pared marcaba las tres de la mañana cuando los archivos empezaron a caer en su bandeja de entrada. Eran informes detallados, fotografías de paparazzi asiáticos y documentos notariales. Nicolás los devoraba con una voracidad paranoica. Vio a Tania en juntas directivas en Hong Kong, la vio bajando de helicópteros en Dubái, siempre impecable, siempre sola.
Hasta que apareció un archivo titulado: Registros Civiles - Dependientes.
Nicolás sintió que la sangre se le congelaba en las venas al abrir la carpeta. Dentro había una fotografía de baja resolución tomada en un parque privado de Singapur. En ella, Tania aparecía sentada en un banco, pero no estaba sola. A su lado, un niño pequeño de unos cinco años corría tras una pelota.
El vaso de whisky que Nicolás sostenía estuvo a punto de resbalar de su mano. Amplió la imagen hasta que el rostro del niño llenó la pantalla.
El impacto fue como una descarga eléctrica que le recorrió la columna vertebral. El niño tenía su mismo cabello castaño oscuro, rebelde y espeso. Tenía su misma frente ancha y, aunque la foto era granulada, Nicolás pudo adivinar esos ojos color tormenta que eran el sello genético de los Durantt. Pero no era solo el físico; era la expresión, una seriedad prematura en el rostro del pequeño que le devolvió su propio reflejo de la infancia.
—Un hijo... —la palabra supo a ceniza y a hierro en su boca.
Nicolás se levantó y empezó a caminar en círculos por el despacho, como una fiera enjaulada. La sospecha empezó a mutar en una paranoia asfixiante. Abrió el calendario en su teléfono y empezó a retroceder febrilmente. Seis años atrás. La noche de la lluvia. La noche en que la echó.
Sus dedos temblaban mientras hacía el cálculo mental. Nueve meses después de esa noche... la fecha de nacimiento que figuraba en el informe coincidía con una precisión matemática aterradora.
—Me engañó —rugió, golpeando el escritorio de madera maciza—. Me ocultó a mi propio hijo.
Pero de inmediato, otro pensamiento más oscuro lo asaltó, alimentado por la ponzoña que su madre le había inoculado durante años. ¿Y si no es mío?. Las fotos falsas de la infidelidad, aquellas que él usó para divorciarse, volvieron a flotar en su memoria como fantasmas ponzoñosos. ¿Era el hijo de ese hombre del hotel? ¿O era el heredero que él, en su ceguera de orgullo, había arrojado a la calle junto con su madre?
La duda era un ácido que le quemaba las entrañas. Se imaginó a Tania sola, embarazada, cruzando el mundo con el odio hacia él como único equipaje. Se imaginó al niño creciendo sin saber quién era su padre, o peor aún, siendo instruido para odiar el nombre de Nicolás Durantt.
La paranoia lo llevó a un estado de vigilia maníaca. Empezó a comparar fotos suyas a los cinco años con la imagen del niño. Las orejas, la forma de las manos, la manera de pararse. Cada coincidencia era una puñalada a su arrogancia; cada diferencia era una duda que lo volvía loco.
—Ella sabía —susurró Nicolás, desplomándose de nuevo en su silla—. Ella sabía esa noche que estaba embarazada y no dijo nada. Me dejó creer que era una traidora para llevarse lo único que me importaba.
Sintió una mezcla insoportable de anhelo y furia. Quería ir al hotel de Tania en ese mismo instante, derribar la puerta y exigir un examen de ADN. Quería ver al niño, tocarlo, confirmar si esa sangre que corría por las venas del pequeño era la suya. Pero también sentía pánico. Si el niño era suyo, Nicolás había cometido el pecado más grande de su vida: había abandonado a su propio linaje.
Nicolás se pasó la mano por el rostro, sintiendo la barba de varios días. Sus ojos estaban inyectados en sangre. El "Rey de la Ciudad" ya no existía esa noche; solo quedaba un hombre obsesionado, atrapado entre el recuerdo de una mujer a la que destruyó y la sombra de un hijo que podría ser su única redención o su condena definitiva.
—Si ese niño es un Durantt —sentenció Nicolás para las paredes vacías de su despacho—, moveré el cielo y la tierra para recuperarlo. Y si Tania cree que puede usarlo como un arma contra mí, va a descubrir que todavía no conoce el verdadero significado de la guerra.
Apagó el monitor, pero la imagen de los ojos del niño se quedó grabada en la retina de su alma. Esa noche, Nicolás Durantt no volvió a cerrar los ojos. La caza ya no era por el poder, ni por las rutas comerciales, ni por el orgullo. Ahora, la caza era por la verdad. Y esa verdad amenazaba con incinerar todo lo que él creía ser.