En mi primera vida, amé a Julián con todo mi corazón.
Le entregué mi confianza, mi fortuna y hasta la casa de mi familia.
¿Y cómo me lo agradeció?
Me asesinó.
Junto a Lucía, mi supuesta mejor amiga, me hizo firmar los documentos que necesitaban y después puso veneno en mi sopa. Morí creyendo que había perdido al amor de mi vida.
Pero desperté diez años antes.
Tengo diecisiete años. Estoy de nuevo en la escuela. Mi fortuna sigue intacta y el cucaracho que me mató todavía cree que puede manipularme.
Esta vez, no.
No necesito adelgazar para ser valiosa. No necesito comprar amor. Y definitivamente no necesito salvar a un hombre que solo quiere hundirme.
Voy a recuperar mi vida, proteger mi fortuna y descubrir quién soy lejos de ellos.
Porque en esta segunda oportunidad, Julián aprenderá una verdad muy sencilla:
La heredera gordita ya no lo quiere.
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EL REGRESO DE LOS CULPABLES
El ambiente en el Instituto San Jorge era denso y expectante. Tras la cancelación de los cargos penales gracias a mi "misericordia", la junta directiva, presionada por vacíos legales y las súplicas desesperadas de las familias, decidió permitir el retorno de Julián y Lucía bajo un régimen de estricta libertad condicional y servicios comunitarios dentro del campus.
Sin embargo, el perdón legal no trajo la paz para ellos.
Cuando la puerta de la entrada principal se abrió, Julián y Lucía cruzaron el umbral con la cabeza agachada. Julián ya no llevaba sus trajes impecables ni la postura altanera de antes; vestía el uniforme gastado y caminaba pegado a los muros, esquivando las miradas de desprecio. Lucía, a su lado, intentaba cubrirse el rostro con el cabello desordenado, sin atreverse a sostener la mirada de nadie.
Los murmullos estallaron en los pasillos de inmediato, cargados de asco y desdén:
"Mira quiénes volvieron... Qué descarados." "Sofía es tan buena y compasiva que les retiró las demandas, y ellos aún tienen la cara de presentarse aquí." "Ni siquiera deberían dejar que pisen el mismo suelo que ella."
Caminé por el corredor central a paso lento, abrazando mi libreta de bocetos contra el pecho. Llevaba una diadema de listón claro y una expresión de infinita dulzura y tranquilidad. A mi lado, Mateo caminaba con paso firme y la cabeza en alto, velando por mí con una presencia serena que imponía respeto.
En la intersección del patio principal, nuestros caminos se cruzaron.
Al verme llegar, Julián se detuvo en seco. Su rostro se volvió pálido y sus labios temblaron, aplastado por el peso insoportable de la culpa pública. Lucía retrocedió un paso, escondiéndose detrás de él.
Los estudiantes que estaban alrededor se quedaron en completo silencio, esperando la reacción.
Lejos de mostrar rencor, frialdad o altanería, me detuve a dos metros de ellos. Alcé mis ojos grandes y brillantes, llenos de una compasión sincera y pura, e incliné la cabeza con una sonrisa suave que irradiaba una bondad angelical.
—Hola, Julián... Hola, Lucía —saludé con una voz melódica, dulce y tan frágil que resonó con claridad en todo el patio—. Me da mucho gusto ver que han regresado a clases.
Julián se congeló, incapaz de responder. Lucía abrió la boca pero no emitió ningún sonido.
—Yo... yo sé que las cosas han sido muy difíciles para ustedes últimamente —continué, dando un pequeño paso hacia adelante con timidez y sujetando mi libreta con delicadeza—. Pero quiero que sepan que no les guardo ningún rencor. Le pedí a mi papá y al juez que les dieran una segunda oportunidad porque todos cometemos errores... Sofía es buena y yo solo deseo de todo corazón que puedan rehacer sus vidas y estar en paz.
Un murmullo de admiración y conmoción recorrió a la multitud de estudiantes. Varias chicas del club de debate se llevaron las manos al pecho, visiblemente conmovidas por las palabras.
—¡Es un ángel! —¡Miren qué compasiva es! ¡Después de todo lo que le hicieron, les habla con tanto amor! —Ellos no se merecen a alguien tan noble como Sofía.
Julián apretó los puños a sus costados, con las lágrimas a punto de traicionarlo. Para él, mi perdón no era una liberación; era la tortura más despiadada. Mi infinita bondad lo dejaba expuesto ante toda la escuela como un ser miserable que jamás podría estar a la altura de la chica a la que había destruido y que, aun así, lo bendecía en público.
—Sofía... yo... —balbuceó Julián en un hilo de voz humillada.
—No tienes que decir nada, Julián —lo interrumpí con una sonrisa pura y cálida, bajando la mirada con timidez ensayada—. Solo estudien mucho. Si necesitan ayuda con los apuntes de las clases que perdieron, saben que pueden contarmelo.
Me di la vuelta despacio y continué mi camino hacia el salón de clases, acompañada por Mateo.
En cuanto doblamos la esquina del pasillo y salimos de la vista de la multitud, dejé escapar un suspiro pausado. Acomodé mi diadema con elegancia impecable y la calidez de mis ojos se transformó en una nitidez helada y calculadora.
Mateo me miró de reojo, esbozando esa media sonrisa tan suya mientras metía las manos en los bolsillos.
—Ofrecerles tus apuntes después de haberlos dejado en la ruina social... —murmuró Mateo con voz baja y divertida—. Sofía es extremadamente buena, pero les acabas de clavar el puñal más profundo de todos.
—El perdón verdadero es dulce, Mateo —respondí con una sonrisa impecable y sutil—. Y no hay nada que destruya más a un culpable que tener que ver todos los días la cara de la persona que lo perdonó por pura piedad.
Julián y Lucía habían vuelto al colegio, pero no a estudiar: habían vuelto para vivir atrapados en la prisión de su propia vergüenza, bajo la sombra de la chica más compasiva y perfecta del Instituto San Jorge.