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LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Brujas / Amor eterno / Completas
Popularitas:755
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.

Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.

Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.

Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.

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Capítulo 13: La marca en el agua

El regreso al palacio fue silencioso.

Aurelius cabalgaba delante de Seraphina, con el cuerpo rígido y la mirada fija en el camino. Ninguno de los dos mencionó la voz del río ni las rosas doradas que habían florecido frente a toda la corte.

Sin embargo, el silencio entre ellos ya no era el mismo.

Seraphina sentía la medalla caliente contra su pecho. Cada vez que miraba la espalda del emperador, recordaba su confesión: algo dentro de él estaba despertando y no sabía si aquello lo salvaría o lo destruiría.

Al llegar al palacio, Aurelius desmontó y se acercó a ella. Extendió la mano para ayudarla, pero Seraphina bajó sola del caballo.

—No necesito ayuda —dijo.

—Ya lo sé.

—Entonces deje de ofrecerla.

—No prometo nada.

Seraphina levantó la mirada. Aurelius parecía agotado. Una sombra oscura rodeaba sus ojos y su mano permanecía cerca del pecho.

—La maldición está empeorando —dijo ella.

—No hables de cosas que no comprendes.

—Comprendo que sufre.

Aurelius se quedó inmóvil.

Durante un instante, la dureza de su rostro desapareció. Luego volvió a colocarse la máscara de emperador.

—Ve a tus aposentos.

—¿Y usted?

—Tengo asuntos que atender.

—Siempre tiene asuntos que atender cuando no quiere responder.

Aurelius se inclinó ligeramente hacia ella.

—Seraphina, no conviertas mi paciencia en una prueba.

—Tal vez quiero saber cuánto tiene.

La mirada de Aurelius descendió hasta sus labios. El aire pareció volverse más pesado. Él levantó una mano y rozó apenas un mechón dorado que había escapado de su peinado.

Seraphina dejó de respirar.

El emperador retiró los dedos como si el contacto le hubiera quemado la piel.

—No vuelvas a acercarte al río —dijo.

—No puede prohibirme todo.

—Puedo intentarlo.

—Y yo puedo desobedecer.

Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Aurelius.

—Eso también lo sé.

Antes de que Seraphina pudiera responder, un guardia se acercó apresuradamente.

—Majestad, ha llegado una carta de Valdoria para lady Seraphina.

El guardia le entregó un sobre pequeño. El sello pertenecía a su padre.

Seraphina lo abrió de inmediato.

La carta era breve.

Hija, no confíes en las rosas doradas. Tu abuela intentó destruirlas y pagó un precio que nuestra familia ha ocultado durante años. Si el emperador descubre quién eres, ya no podrás regresar a casa.

Seraphina leyó las palabras dos veces.

—¿Qué ocurre? —preguntó Aurelius.

Ella ocultó la carta entre los pliegues de su vestido.

—Nada.

El emperador la observó con desconfianza.

—No sabes mentir.

—Estoy aprendiendo.

—¿Qué decía?

—Un asunto familiar.

Aurelius dio un paso hacia ella.

—Tu familia te ha entregado a mí. No permitiré que ahora te oculten información peligrosa.

—¿Ahora le preocupa mi seguridad?

—Sí.

—¿Por qué?

Aurelius permaneció callado.

Seraphina se acercó hasta quedar frente a él. La diferencia de altura la obligó a levantar el rostro.

—¿Qué soy para usted?

El emperador la contempló como si la pregunta fuera más peligrosa que cualquier maldición.

—Todavía no lo sé.

Y se marchó antes de que ella pudiera responder.

Seraphina quedó sola frente a las puertas del palacio. En su mano, la carta de su padre comenzó a humedecerse.

No confiaba en las rosas, pero tampoco confiaba en su padre. Durante dieciocho años, ambos habían guardado secretos mientras ella crecía creyendo que su vida era sencilla. Ahora todos parecían conocer una parte de su destino, excepto ella.

Guardó la carta junto a la medalla y miró hacia las torres oscuras. Aurelius podía ser orgulloso, obstinado y peligroso, pero también era el único que parecía temer por ella, aunque jamás lo admitiría públicamente.

Desde algún lugar bajo la tierra, una rosa dorada abrió sus pétalos.

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