Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.
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Capítulo 14: Adrián nota algo que no logra explicar
Desde aquel día en la cafetería, algo se rompió en la rutina de Adrián Beaumont. No de golpe, sino como una grieta que va creciendo lenta pero inexorablemente con cada paso que yo daba por el campus. Ya no era que me viera: me buscaba.
Lo descubrí pronto. Cada vez que cruzaba el patio, al levantar la vista, ahí estaba él. Dejaba de hablar con sus amigos en cuanto yo aparecía. Sus ojos me recorrían entera, con arrugas entre las cejas, como si intentara resolver un acertijo que se le escapaba. No sabía qué estaba cambiando exactamente: la ropa seguía siendo sencilla, el cabello igual… y sin embargo todo era distinto. Yo era distinta.
Una tarde, al salir de clase, se cruzó deliberadamente en mi camino. Su pecho chocó casi contra mi hombro y, en lugar de apartarse como solía hacer, se detuvo. Me bloqueó el paso con esa postura que siempre usaba para intimidar, pero esta vez era él quien se veía inseguro.
—Tú… —empezó, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Te ves diferente. ¿Qué te pasa? ¿Te pusiste algo? ¿Estás enferma?
Su tono no era amable, pero tampoco era el desprecio helado de antes. Era confusión. Y algo más que no quiso nombrar.
Lo miré de frente, tranquila, sin prisa por responder. Vi el pánico oculto tras sus ojos claros: no entendía por qué ya no sentía rechazo al verme. No entendía por qué mi cercanía le aceleraba el pulso en lugar de molestarlo. Y esa incomprensión lo enfurecía más que cualquier cosa.
—No estoy enferma, Adrián —respondí con calma, sin apartarme ni un milímetro—. Estoy viva. Eso es lo que notas. Algo que tú creíste haber matado y que, mira tú, respira más fuerte que nunca.
Su mandíbula se tensó con fuerza. Quiso replicar, pero las palabras se le quedaron trabadas. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, esperando que retrocediera como siempre hacía. No retrocedí. Lo sostuve la mirada, fija, serena, hasta que fue él quien tuvo que bajarla un instante.
—Te has vuelto insolente —escupió, aunque sin la seguridad de antaño—. ¿Quién te crees que eres para hablarme así?
—La misma a la que humillaste un día en este mismo lugar —respondí bajito, con una media sonrisa que lo inquietó aún más—. Solo que ahora… te costará mucho más destruirme.
Lo rodeé y seguí mi camino sin mirar atrás, dejándolo plantado allí, desconcertado y con la boca entreabierta. Sentía su mirada clavada en mi espalda, pesada, inquisitiva, y supe que acababa de encender una llama en su mente que ya no se apagaría.
A partir de entonces fue peor para él. Adrián no podía concentrarse en los entrenamientos. Fallaba pases que nunca fallaba. Se quedaba mirando al vacío durante las clases, y cuando el profesor lo llamaba, tardaba en reaccionar. Mía notó el cambio al instante. Sus ataques de celos se volvieron más frecuentes y susurraban peleas cada vez que yo aparecía por la zona. Pero Adrián ya no la escuchaba. Su mente estaba ocupada conmigo. Con la nueva yo que no lograba encajar en su mundo ordenado.
Un día, mientras trotaba cerca del campo de fútbol durante mi entrenamiento, lo vi detener el partido y clavar la vista en mí. Todos los jugadores siguieron su mirada. Yo no me detuve. No bajé la cabeza. Aumenté el ritmo con determinación, sintiendo el viento en el rostro, la ropa ya holgándome menos, el cuerpo respondiendo como un reloj perfecto. Y cuando pasé frente a ellos, alcé la vista justo a tiempo para ver cómo Adrián se llevaba la mano al pecho, como si de pronto le faltara el aire.
Cristóbal lo vio todo desde la orilla. Cuando llegué a su lado, con el aliento entrecortado pero sonriendo, me dijo sin rodeos:
—Lo estás desquiciando. Y ten cuidado: un hombre confundido es impredecible. No bajes la guardia.
—No la bajaré —le aseguré, limpiándome el sudor con el dorso de la mano—. Pero déjalo que mire. Que se pregunte. Que sufra cada segundo sin saber qué pasa. Ese es solo el comienzo de su castigo.
Y así fue. Adrián Beaumont, el chico que tenía el mundo a sus pies, empezó a perder el sueño por alguien que él creyó haber aplastado. Y lo peor… lo peor era que cada día que pasaba, más le gustaba lo que veía. Y eso… eso era lo que más odiaba de todo.