Eimy jamás imaginó que una simple conversación por chat cambiaría su vida. Todo comenzó cuando conoció a un hombre que pertenecía al Ejército. Al principio solo eran mensajes, pero con el paso de los días nació una conexión especial que poco a poco se convirtió en amor. Después de muchas conversaciones, Eimy decidió darle una oportunidad a sus sentimientos y aceptar estar con él. Sin embargo, cuando pensaba que por fin había encontrado al hombre indicado, descubrió una verdad que jamás esperaba: él tenía esposa. Ahora Eimy deberá decidir si luchar por ese amor o alejarse antes de terminar con el corazón roto.
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Capítulo 6 — Rumbo a Santa Marta
Llegué al trabajo todavía con la cabeza llena por la discusión que había tenido con Bianca. Traté de dejar el asunto a un lado porque, cuando estaba de servicio, necesitaba concentrarme.
Apenas entré, me encontré con mis parceros.
—¿Qué más, pues? —saludé.
—Todo bien, Álvarez —me respondió uno de ellos.
—¿Qué hay pa' hacer hoy?
—Ni idea, parce. Estamos esperando instrucciones.
No alcanzamos a seguir hablando cuando uno de los compañeros recibió el aviso de que el coronel necesitaba vernos.
—Muchachos, el coronel nos llamó —dijo.
Nos miramos entre todos.
—¿Y ahora qué pasó? —pregunté.
—Quién sabe, pues. Vamos.
Entramos a la oficina del coronel y nos quedamos firmes frente a su escritorio.
El coronel nos observó unos segundos antes de hablar.
—Oficiales, tengo una misión para ustedes.
Todos prestamos atención.
—¿Una misión, mi coronel? —pregunté.
—Así es. Van a viajar a Santa Marta.
Apenas escuché aquello, sentí una emoción que traté de disimular.
—¡Yes! —se me escapó.
Mis compañeros voltearon a mirarme.
El coronel levantó una ceja.
—Oficial Álvarez... ¿y usted qué o qué? ¿Por qué hace así? ¿Qué, me está viendo la cara o cómo?
Me acomodé inmediatamente.
—No, mi coronel. ¿Cómo se le ocurre?
—Entonces explíqueme esa celebración.
—No, coronel, es que... —me quedé pensando—. Me sorprendió la noticia.
El coronel negó con la cabeza.
—Usted sí es mucho personaje, Álvarez.
Mis compañeros soltaron una risita.
—No se rían, pues —les dije en voz baja.
El coronel volvió a ponerse serio.
—Bueno, ya. Les voy a explicar la misión.
Todos guardamos silencio.
—Van a desplazarse a Santa Marta para apoyar un operativo de seguridad. Hay información que debemos verificar y necesitamos personal preparado para acompañar el procedimiento.
Asentí.
—Entendido, mi coronel.
—La prioridad es mantener la seguridad del equipo, seguir las instrucciones y evitar cualquier situación innecesaria.
—Sí, mi coronel —respondimos casi al mismo tiempo.
El coronel tomó unos documentos y continuó explicando los detalles administrativos del viaje y las responsabilidades que tendría cada uno.
Yo escuchaba atentamente, pero había una palabra que se me quedaba dando vueltas en la cabeza.
Santa Marta.
No podía evitar pensar en Amy.
La noche anterior ella me había contado que era de allá. Y ahora, de todas las ciudades a las que me podían mandar, precisamente tenía que ser Santa Marta.
Uno de mis compañeros me dio un pequeño codazo.
—Álvarez.
—¿Qué?
—Usted está como ido.
—Estoy escuchando, pues.
—Sí, cómo no.
Lo miré serio.
—Dejá la joda.
El coronel terminó de explicarnos.
—Se preparan porque salimos pronto. Quiero todo listo y no quiero retrasos.
—Sí, mi coronel.
Salimos de la oficina.
Apenas cerramos la puerta, mis compañeros empezaron a hablar.
—Bueno, pues, muchachos. Nos vamos pa' Santa Marta.
—Eso escuché —respondí.
—¿Y usted por qué estaba tan feliz cuando dijeron el destino?
—Porque hace rato quería conocer Santa Marta, ¿sí o qué?
Uno de ellos se rio.
—Ah, bueno. Ahora resulta.
—¿Qué resulta?
—Nada, nada. Yo no dije nada.
—Entonces dejá de molestar.
Seguimos caminando por el pasillo.
Yo saqué mi celular discretamente.
Abrí WhatsApp y busqué el chat de Amy.
Me quedé mirando su nombre unos segundos.
Pensé en escribirle inmediatamente que iba para Santa Marta, pero después me arrepentí.
—No, mejor después —murmuré.
Guardé el teléfono.
Tenía que concentrarme en el trabajo.
Sin embargo, una sonrisa se me escapó nuevamente.
Mi compañero la notó.
—Otra vez esa sonrisa, Álvarez.
—¡Ay, parce! Dejá la preguntadera.
—Bueno, bueno. Tranquilo.
Seguimos nuestro camino mientras organizábamos todo lo necesario para la misión.
Yo todavía no sabía cuánto tiempo estaríamos en Santa Marta ni qué iba a pasar durante aquel viaje.
Pero había algo que sí sabía.
Por primera vez, una misión de trabajo me tenía más emocionado de lo normal.
Y todo era por una razón que todavía no estaba dispuesto a admitir.
Amy.