Ella renace en un nuevo mundo, en el cual tendrá que enfrentar dificultades por los problemas de su familia. Pero, no se quedará a sufrir, porque ella es una luchadora, siempre lo fue y siempre lo será..
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Root 1
La cuarta semana llegó mucho más rápido de lo que Gemma habría querido.
Para entonces, la mansión Root ya parecía otra casa.
Había habitaciones casi vacías, estanterías sin libros, paredes con menos adornos y espacios donde antes había muebles que ahora solamente dejaban marcas en el suelo.
Pero Gemma ya no sentía la misma tristeza.
Había hecho todo lo que estaba en sus manos.
Ahora solamente necesitaba resolver una cosa.
Dónde vivir.
Durante varios días recorrió nuevamente el pueblo y sus alrededores.
Hasta que encontró una casa que consiguió llamar poderosamente su atención.
Era grande.
No una mansión, por supuesto.
Ni siquiera tenía la mitad del tamaño de la propiedad Root.
Pero tenía varias habitaciones.
Una cocina amplia.
Un comedor.
Un espacio que podía convertirse en recepción.
Y suficientes habitaciones como para que alguien pudiera alojarse allí.
Gemma caminó por el interior observándolo todo.
[Esto podría funcionar.]
Miró una habitación.
[Esta podría ser para huéspedes.]
Otra.
[Esta también.]
Miró la cocina.
Sus ojos brillaron.
[Y aquí podría cocinar.]
Entonces llegó la parte menos agradable.
El precio.
Gemma revisó el dinero que tenía.
Después volvió a mirar la casa.
[No me alcanza.]
La persona que vendía la propiedad le explicó que podía realizar un pago inicial y firmar un contrato para pagar el resto en cuotas.
Gemma pidió leerlo cuidadosamente.
No iba a cometer el error de firmar cualquier cosa.
Se sentó.
Leyó una vez.
Volvió a leer.
Revisó cada cláusula.
Y finalmente comprendió las condiciones.
El trato podía convenirle.
Pero había una condición peligrosa.
Si se atrasaba un mes en los pagos...
Perdía la propiedad.
Todo lo que hubiera pagado hasta entonces quedaría prácticamente perdido.
Era como si hubiese estado alquilando la casa.
No comprándola.
Gemma apoyó los documentos sobre la mesa.
Suspiró.
[Eso es bastante aterrador.]
Miró nuevamente la casa.
[Si me va mal con la posada, puedo perder todo el dinero que tengo.]
Se quedó pensando.
También podía buscar una casa mucho más pequeña.
Una que pudiera comprar completamente y poner a su nombre.
Sería mucho más segura.
No tendría deudas.
No tendría cuotas.
Nadie podría quitársela mientras fuera suya.
Pero entonces apareció otra pregunta.
[¿Y de qué voy a trabajar?]
Una casa pequeña resolvería el problema de dónde vivir.
Pero no el problema de cómo ganar dinero.
Gemma se quedó mirando por la ventana.
Recordó la sopa.
Recordó la reacción de Pedro.
[Yo sé cocinar.]
Recordó las personas del pueblo.
Las posadas.
La gente que necesitaba comer cuando viajaba.
[Y esta zona recibe personas.]
Había ducados y territorios de condes importantes cerca.
Eso significaba viajeros.
Comerciantes.
Trabajadores.
Personas que necesitaban un lugar donde dormir.
Y comida.
Gemma volvió a mirar el contrato.
Era arriesgado.
Muchísimo.
Pero por primera vez sentía que no estaba apostando a ciegas.
Estaba apostando por algo que sabía hacer.
Y, sobre todo...
Estaba dispuesta a trabajar.
[Si sale bien, tendré una casa y un negocio.]
[Si sale mal...]
Hizo una mueca.
[Bueno, mejor no pensar en eso.]
Finalmente tomó la pluma.
—Acepto.
Firmó.
Y así, Gemma adquirió su nuevo hogar.
O, más exactamente...
Adquirió una casa que tendría que terminar de pagar.
Y que podía perder si no lograba hacer funcionar su negocio.
Pero para ella aquello era suficiente.
Tenía un plan.
Una pequeña posada.
No sería lujosa.
No tendría habitaciones decoradas con muebles costosos.
No tendría grandes candelabros.
No tendría vajilla de oro.
No sería el tipo de establecimiento en el que los nobles importantes acudirían para presumir.
Pero sería suyo.
Y eso le gustaba.
Así que, durante los últimos días antes de abandonar la mansión Root, Gemma hizo algo diferente.
Dejó de vender algunas cosas.
Las ollas.
Las sartenes.
Los utensilios de cocina.
Los platos sencillos.
Las tazas que no eran especialmente elegantes.
Todo aquello que pudiera servirle para comenzar su negocio.
[Esto no se vende.]
Cada vez que alguien le ofrecía dinero por alguna de esas cosas, Gemma negaba.
—No.
Marta la miró extrañada.
—¿No quiere venderlo?
—No.
Gemma señaló la cocina.
—Lo necesito.
Aquella fue una de las primeras decisiones que tomó pensando realmente en el futuro.
No solamente en sobrevivir ese mes.
Sino en lo que vendría después.
La cocina fue lo primero que dejó preparado en su nueva casa.
También preparó su propia habitación.
Y una habitación para Marta y Pedro.
El resto todavía estaba prácticamente vacío.
Pero no le importaba.
Volvió a revisar el contrato.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Después comenzó a trasladar algunas cosas.
Como no podía llevarse los muebles importantes de la mansión, buscó aquello que todavía podía utilizarse.
Las camas que habían pertenecido a las habitaciones de los empleados fueron perfectas.
Las desmontaron.
Las trasladaron.
Las volvieron a montar en las habitaciones de la nueva casa.
También llevaron algunos muebles sencillos.
Mesas.
Sillas.
Algunos armarios.
Objetos útiles.
Todo lo que podía servir.
La nueva posada no sería elegante.
No tendría los mejores muebles.
Probablemente no tendría nada parecido al lujo de la antigua mansión.
Pero poco a poco comenzó a parecer habitable.
Y, para Gemma...
Eso era suficiente.
Una tarde, mientras revisaba la casa por última vez, miró la cocina.
Había ollas.
Platos.
Utensilios.
Una mesa.
Algunos ingredientes.
Luego recorrió el comedor.
Había sillas.
Mesas sencillas.
Nada espectacular.
Subió las escaleras.
Revisó las habitaciones.
Las camas estaban hechas.
No eran lujosas.
Pero eran cómodas.
Gemma regresó al primer piso.
Se quedó en medio del salón.
Miró alrededor.
Y sonrió.
[No es una mansión.]
Miró las paredes.
[No es elegante.]
Miró los muebles.
[No son caros.]
Miró la cocina.
[Pero puedo trabajar aquí.]
Se acercó a una ventana.
Desde allí podía ver parte del pueblo.
El lugar donde comenzaría su nueva vida.
No como una gran dama.
No como una poderosa maga.
No como una heredera rica.
Sino como una mujer que tendría que ganarse cada moneda.
Algo que, irónicamente...
Ya sabía hacer muy bien.
Al día siguiente vendrían por la mansión Root.
Todo lo que quedara dentro sería vendido.
Pero Gemma ya había terminado.
Había salvado todo lo que pudo.
Había conseguido dinero.
Había encontrado una casa.
Había preparado una cocina.
Había conseguido camas.
Había conservado algunos utensilios.
Y había encontrado una idea para ganarse la vida.
Se sentó en una de las sillas del nuevo comedor.
Soltó un suspiro.
Y sonrió.
[Mañana dejaré de ser Lady Gemma de la mansión Root.]
Miró alrededor.
[Y comenzaré a ser Gemma, la dueña de una pequeña posada.]
Se quedó unos segundos en silencio.
Luego añadió mentalmente..
[Bueno... futura dueña.]
Porque todavía debía pagarla.
Y bastante.
Gemma se echó a reír.
—Qué manera de complicarme la vida.
Pero no estaba asustada.
Al menos no tanto como antes.
Había aprendido algo durante aquellas cuatro semanas.
No podía controlar lo que le había ocurrido.
No podía cambiar su pasado.
No podía recuperar su antigua vida.
Pero sí podía decidir qué hacer con lo que tenía.
Y eso era precisamente lo que había hecho.
Al caer la noche, regresó por última vez a la mansión Root.
La recorrió lentamente.
Ya no quedaba casi nada.
Se detuvo frente a una de las ventanas.
Miró el lugar donde había despertado por primera vez en aquel mundo.
Había llegado allí esperando una vida perfecta.
Había encontrado una vida complicada.
Pero quizás...
Eso no era necesariamente malo.
[Quizás no necesito que mi vida sea perfecta.]
Sonrió.
[Solo necesito que sea mía.]
Y esa noche durmió tranquila.
Porque al día siguiente perdería la mansión.
Pero no perdería todo.
Por primera vez desde que había llegado a aquel mundo...
Gemma sentía que estaba comenzando algo.
Algo pequeño.
Algo humilde.
Algo que probablemente nadie de una familia noble habría considerado digno.
Pero para ella...
Era un comienzo.
Y eso era más que suficiente.
Los magos por consiguiente no buscan enamorarse y el pobre Estefan no pudo resistirse a Gemma.
conquistado con todo lo que ella es.
Amo esta parejita.