Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 16 — La conversación postergada tres años
La lluvia caía despacio sobre los cristales del hospital aquella noche. La luz tenue de la habitación pediátrica creaba una calma aparente que solo acentuaba la angustia de Alya.
Liora al fin se había dormido después de que su llanto cediera.
Las mejillas de la niña seguían algo enrojecidas por la fiebre, y sus manitas aferraban el borde de la blusa de Alya como si temiera que la dejaran sola.
Alya le acarició el cabello con suavidad.
—Recupérate pronto, mi amor…
El pecho se le apretaba al ver a Liora así de enferma.
Durante tres años, esa niña había sido la razón por la que seguía en pie. Por eso, verla tan frágil en una cama de hospital le provocaba un miedo atroz.
Kate, sentada en el pequeño sofá, la observó con cautela.
—Tú también necesitas descansar.
Alya negó despacio.
—No puedo dormir.
Tenía la cabeza saturada.
León.
El encuentro en el parque.
El hecho de que ese hombre estuviera ahora en la misma ciudad.
Y la peor de las posibilidades, la que no dejaba de acosarla:
¿Y si León descubre que Liora existe?
El celular de Alya vibró de pronto.
El nombre del tío Ares apareció en la pantalla.
Se puso de pie de inmediato y salió al pasillo para no despertar a Liora.
—Hola, tío…
La voz de Ares llegó cargada de inquietud desde el otro lado de la línea.
—Kate me llamó. ¿Cómo está Liora?
—Fiebre alta… pero el doctor dice que ya empezó a bajar.
Ares exhaló aliviado.
—Debiste asustarte muchísimo.
—Sí…
La voz de Alya se fue apagando.
Y sin darse cuenta, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Siempre había procurado mantenerse fuerte.
Pero esa noche todo pesaba demasiado.
—Tío… —susurró con la voz quebrada— Tengo miedo.
—¿Qué pasa?
Alya se recargó contra la pared del pasillo del hospital.
—León está en Roma.
Silencio.
Unos segundos sin sonido alguno al otro lado del teléfono.
Después, el tono de Ares cambió por completo.
—¿Te lo encontraste?
—Todavía no… pero vio a Liora en el parque.
—¿Sospecha algo?
—No lo sé…
Alya cerró los ojos, agotada.
—Tengo miedo de que me quite a Liora.
La frase se le escapó con la voz a punto de romperse.
Porque ese era el mayor temor de Alya desde el principio.
No se trataba de ella misma.
Sino de perder a su hija.
—Escúchame bien —dijo Ares con suavidad, pero firme—. Nadie va a quitarte a Liora.
—Pero él es su padre…
—Y tú eres su madre.
La voz de Ares sonó absolutamente serena.
—¿Quién estuvo ahí para esa niña durante tres años? Tú.
Las lágrimas de Alya cayeron al fin, despacio.
Tres años atrás había huido llena de miedo y confusión.
Pero ahora…
Liora se había convertido en todo su mundo.
—Si la situación se pone peligrosa —continuó Ares—, nos mudamos otra vez.
Alya se mordió el labio de inmediato.
Mudarse otra vez.
Escapar otra vez.
Vivir escondiéndose otra vez.
De pronto la invadió un cansancio profundo.
Uno inmenso.
—Liora ya empezaba a sentirse cómoda aquí, tío… —murmuró apenas.
Y por primera vez desde que huyó de León…
Alya sintió que quería dejar de correr.
Al otro lado de la ciudad de Roma…
Una sala de reuniones de lujo en un edificio corporativo internacional seguía impregnada de formalidad.
León ocupaba la cabecera de la mesa mientras escuchaba la presentación de una nueva alianza comercial. Su rostro permanecía gélido y profesional, como siempre.
En el extremo opuesto se encontraba un hombre de mediana edad con un aire elegante y autoritario.
Armando Elvara.
El padre de Sabrina.
Habían pasado tres años desde la última vez que cruzaron una conversación fuera de los negocios.
La relación entre ambos seguía siendo fría.
Sin embargo, esa noche sus empresas debían asistir juntas a una reunión clave con inversores europeos.
—En ese caso, retomamos la negociación del contrato la semana que viene —señaló uno de los directivos.
Todos comenzaron a levantarse.
Pero León parecía no estar presente del todo.
Su mente seguía atrapada en la silueta de aquella mujer que había entrevisto en el hospital.
Sabrina.
¿De verdad era ella?
¿O solo una alucinación por el agotamiento?
Al otro lado de la sala, Armando se puso de pie mientras atendía una llamada de su asistente. Sus pasos se detuvieron en seco al oír un nombre demasiado familiar.
—La señorita Sabrina llamó al señor Ares anoche, señor.
El corazón de Armando se detuvo un instante.
Tres años.
Tres años sin noticias claras de su propia hija.
—Dice que su hija fue ingresada en un hospital.
El pulso de Armando se aceleró.
Su hija.
Sabrina.
Y… su nieta.
—¿Dónde? —la voz de Armando bajó de golpe.
—En Roma, señor.
León, que por casualidad pasaba junto a aquella salita, se detuvo al instante.
Su mirada se volvió cortante.
¿Roma?
Todo su cuerpo se tensó al escuchar el nombre de Sabrina.
—¿Es grave lo de la niña? —preguntó Armando con urgencia.
—Fiebre alta, señor. Pero al parecer ya está mejorando.
Armando cerró los ojos unos segundos.
En su rostro se mezclaban el alivio y la devastación.
Los últimos tres años había buscado a Sabrina en secreto.
Pero su orgullo había sido demasiado grande para admitir abiertamente el arrepentimiento.
Y ahora que recibía noticias de su hija por primera vez…
Lo que le llegaba era que su nieta estaba enferma.
—¿Señor? —la voz del asistente sonó cautelosa.
Armando se pasó la mano por el rostro, agotado.
—Averigua en qué hospital está.
—Sí, señor.
Se cortó la llamada.
Y cuando Armando se dio la vuelta…
Se encontró de frente con León, de pie a pocos metros de él.
Las miradas de ambos hombres se cruzaron.
Tensas.
Mudas.
—¿Qué significaba esa conversación? —la voz de León sonó grave.
Armando lo comprendió al instante.
León lo había oído todo.
Y por primera vez en tres años…
Un destello de esperanza asomó en los ojos de León.
Sabrina está en Roma.