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Embarazada del papá de mi mejor amiga

Embarazada del papá de mi mejor amiga

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:912
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6

—Prácticas. En Ensueño Media. Empiezas el lunes.

Ximena lo dijo como quien anuncia que ganó la lotería, sentada en el sillón de su casa con las piernas cruzadas y el celular pegado a la nariz, buscándome el correo de confirmación.

—Xime, espérate. ¿Cómo que empiezo el lunes? Yo no metí solicitud a ningún lado.

—Yo la metí por ti. —Ni pena le dio—. Cami, llevas semanas encerrada. Y sé lo de las deudas, no me lo tienes que contar, se te nota en la cara cada que sale el tema del dinero. Unas prácticas pagadas, en una productora buenísima, en tu área. ¿Qué mejor para salir del bache?

Abrí la boca para protestar y la volví a cerrar. Porque tenía razón. Necesitaba el dinero como necesitaba el aire. Le debía a Diego una fortuna que juré pagar hasta el último peso, mi familia estaba de cabeza, y una practicante de la Ibero no podía darse el lujo de hacerse la digna.

—¿Y de qué es? —pregunté, más para ganar tiempo.

—Producción de contenido, redes, esas cosas que a ti se te dan. Vas a estar en tu salsa. —Me guiñó el ojo—. Y de paso te tengo cerquita. Confía en mí, amiga. Esto es lo que necesitas.

Confía en mí. Cómo me pesaba esa frase, viniendo de ella, después de la mentira que le solté por teléfono. Ximena metía las manos al fuego por mí, me conseguía trabajos, me abría su casa entera, y yo le escondía la peor cosa que le podía esconder a una hija: lo que había pasado con su papá.

—Está bien —dije al fin—. Gracias, Xime. Neta.

—¡Esa es mi reina! —Se aventó a abrazarme, toda ella perfume caro y buena onda.

Esa misma tarde, en el Metro de regreso a mi casa, apretujada entre gente y con la mochila al frente, me llegó el chisme.

Fue en el grupo de la generación, ese que nunca silencio del todo por chismosa. Alguien subió una historia de Priscila. Y abajo, en privado, una compañera me escribió con el clásico "amiga no sé si sabes pero…".

Lo que seguía eran capturas.

Al parecer Priscila y Diego andaban, pero andaban raro. Ella lo traía de encargo. Capturas de sus historias donde lo dejaba plantado en restaurantes carísimos que él pagaba y ella ni agradecía. Un video, grabado por alguien en una fiesta, donde Priscila lo corregía delante de todos —"ay, Diego, no seas ridículo", con esa risita— y él, el gran Diego Lascano, se reía nervioso y se disculpaba. Se disculpaba. Con la cola entre las patas.

"Se usan mutuamente", me escribió mi compañera. "Ella lo trae de bajada, amiga, lo humilla en corto y él aguanta todo con tal de tenerla. Ella nomás lo tiene de patrocinador mientras le sale algo mejor. Dicen que ni novios son, que ella lo presume cuando le conviene y lo desconoce cuando aparece alguien con más lana. Qué oso, ¿no?"

Y llegó una captura más. Una historia de Priscila, de esa misma semana, con un vestido nuevo etiquetado en una boutique de Polanco, y el texto encima: "gracias al que ya sabe 😘". Abajo, en los comentarios que alguien alcanzó a screenshotear antes de que los borraran, Diego había puesto un corazoncito. Ella ni le contestó.

Me quedé viendo la pantalla mientras el vagón se sacudía.

Y no sentí lo que pensé que iba a sentir. Nada de celos. Nada de "pude haber sido yo". Sentí, más bien, una risa amarga subiéndome por el pecho. Tres años me pasé sintiéndome menos que Priscila, la inalcanzable, la que Diego adoraba. Y resulta que Diego era, para ella, exactamente lo que yo fui para él: una comodidad. Un cajero. Algo guardado por si acaso.

Se lo tenía bien merecido. Los dos. Que se explotaran entre ellos hasta cansarse. Yo ya no era parte de esa cuenta.

Le escribí a mi compañera un "gracias por avisar, pero neta ya ni me importa" que, por primera vez en meses, era verdad. Bloqueé de pasada la historia de Priscila para no volver a toparla. Y respiré.

Guardé el teléfono. Miré mi reflejo borroso en la ventana del Metro, con los túneles negros pasando detrás.

Y ahí, tonta, hice lo que me llevaba días prohibiendo.

Abrí el otro chat.

El mensaje del señor Montalvo seguía ahí, ya leído, releído cien veces, sabido de memoria y aun así imposible de creer.

"Camila. No escribo para incomodarte. Sé que saliste de esa habitación asustada y entiendo por qué. No espero nada de ti; no soy quién para exigirte. Solo quiero que sepas dos cosas: que esa noche no fue un error para mí, y que sigo pensando lo que dije. Cuando quieras hablar, aquí estoy. Y si nunca quieres, también lo respeto. Cuídate, por favor. — M."

Ni una amenaza. Ni una presión. Ni un "me debes una explicación", ni un "no puedes desaparecer así". Nada de lo que yo habría podido usar para odiarlo y sacármelo de la cabeza.

Solo eso. Sobrio, medido, con un "por favor" al final que me desarmaba más que cualquier declaración.

Y lo peor.

Le respondí, sin querer, un "no puedo hablar de esto" a las once de la noche, medio dormida, arrepintiéndome antes de soltar el dedo.

La respuesta entró en menos de un minuto.

"Está bien. No tienes que hacerlo. Descansa, Camila."

Menos de un minuto. A las once de la noche. Un hombre que dirige medio país de los negocios, contestándome al instante. Como si tuviera el teléfono en la mano esperando. Como si yo importara.

Nunca me bloqueó. Fui yo la que huyó, y él seguía ahí, con la puerta abierta y la voz baja.

Me tapé la cara con la almohada.

Porque además de todo, de la turbación que me subía por el cuerpo cada vez que releía "esa noche no fue un error para mí", estaba lo otro. Lo que no podía olvidar ni un segundo.

Que era el papá de Ximena.

Que Ximena me acababa de conseguir un trabajo, me abrazaba, me llamaba su reina, me sacaba del bache con esa lealtad de perro que yo no merecía. Y que cada mensaje que yo cruzaba con ese hombre era una puñalada por la espalda a la única amiga verdadera que me quedaba.

No, Camila. Se acabó. No le vuelves a contestar. Nunca.

El lunes empezaba en Ensueño Media. Empleo nuevo, vida nueva, Camila nueva. Iba a pagar mis deudas, a levantarme sola, a no deberle nada a ningún hombre. Ni a Diego, ni al señor Montalvo, ni a nadie.

Contesté el correo de recursos humanos aceptando las prácticas.

Lo que no sabía —o quizá lo presentía y no me atrevía a nombrarlo— era de quién era, en realidad, esa productora. Y que aceptar aquel trabajo no era salir del pozo.

Era meterme mucho más hondo.

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