Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 3
Capítulo 3
La cuñada y la madrastra
Marta vio a Dante sentado en la cama y casi se le cae la cara.
Las cadenas estaban abiertas.
—¿Quién las sacó?
Valenntina levantó una llave.
—¿Buscaba esto? Se le cayó antes. Mi marido tenía las muñecas lastimadas, así que lo liberé.
—¿Usted lo liberó? —Marta se puso pálida—. ¿No vio cómo se pone cuando tiene crisis? Con cadenas nadie se anima a acercarse. Sin cadenas va a ser peor.
Milena Alcorta acababa de entrar, furiosa por el comentario de que ella debía subir si quería conocer a la nueva cuñada.
Al ver a Dante sentado, se frenó.
—¿Segundo hermano? ¿Estás despierto?
No eran cercanos. Antes de enfermar, Dante la trataba con una frialdad que le daba miedo. Después, cuando enloqueció, ella directamente dejó de subir al quinto piso.
Marta quiso llevarla de vuelta.
—Señorita, vámonos. Si el segundo señor vuelve a perder el control...
Milena no escuchó. Le molestaba más la actitud de Valenntina.
—Aunque mi hermano haya abierto los ojos, sigue sin entender nada. No creas que puede darte respaldo. Mi papá te trajo por superstición, para eso de la buena suerte. En esta casa nadie te considera señora. Como mucho sos una cuidadora.
Su mirada cayó sobre las bolsas de ropa.
—¿Eso te lo compró mamá?
—La señora Patricia pidió que la segunda señora no se viera fuera de lugar —dijo Marta.
Milena se rio.
—Qué generosa. Una empleada no necesita ropa tan linda. Marta, tu hija cumple años pronto, ¿no? Llevátelas.
Marta se iluminó.
—Segunda señora, pásamelas.
Valenntina miró a Milena. No discutió. Guardó incluso las prendas que se habían salido de las bolsas y las levantó todas.
Marta extendió las manos.
Valenntina giró y dejó las bolsas a los pies de Dante.
Milena se tensó.
—¿Qué hacés?
—Si la cuarta señorita quiere mis cosas, no sería correcto negarme. Pero como ya soy esposa de Dante, primero debo preguntarle a él. Amor, ¿se las damos?
Milena soltó una carcajada.
—¿Le preguntás a él? Está ido.
Avanzó para agarrar una bolsa.
La cachetada sonó limpia.
Milena quedó con la cara girada y la marca roja encendiéndose en la piel.
Valenntina abrió mucho los ojos y miró a Dante.
—Amor, tampoco hacía falta pegarle por unas bolsas.
Dante seguía quieto, la mirada algo perdida.
Milena tardó un segundo en reaccionar.
—¡Fuiste vos!
—Yo estoy acá.
Marta no había visto nada. El golpe había sido demasiado rápido.
Milena quiso lanzarse sobre Valenntina. Apenas dio un paso, sintió un pinchazo en la parte de atrás de la rodilla y cayó de golpe frente a ella.
—Ay, cuñadita —dijo Valenntina—. Soy tu segunda cuñada, pero no hace falta arrodillarse. No vivimos en la colonia.
—Mi pierna... no la siento.
—La emoción.
Valenntina volvió a mirar a Dante con tono de reproche juguetón.
—Y vos también. Es tu hermana, no pegues tan fuerte.
Milena estaba furiosa y aterrada. Marta la agarró como pudo.
—Señorita, salgamos. El segundo señor hoy está raro. Después arreglamos esto.
La pierna de Milena ya no dolía. Peor: estaba completamente dormida. No podía sostenerse.
Valenntina les sonrió mientras se iban.
—No olviden contar que vinieron a quitarme ropa.
Cuando se cerró la puerta, ella ayudó a Dante a acostarse otra vez y le dio una pastilla.
—Te golpeé a la hermana. Si te molesta, recuperate rápido y vení a quejarte. Si no, te vuelvo loco otra vez.
Las pestañas de Dante temblaron apenas.
Milena quiso hacer escándalo, pero Ricardo estaba fuera de la ciudad y Patricia no aparecía. Asustada por la pierna dormida, terminó en el hospital con Marta.
Los estudios no mostraron nada.
Al amanecer la pierna volvió a funcionar.
Patricia, que había pasado la noche jugando cartas, llegó al hospital recién entonces.
—¿Dante despertó? —preguntó, más preocupada por eso que por la pierna de su hija.
Milena hizo puchero.
—Yo fui a ver a la chica nueva. Quería saber qué mujer acepta casarse con un loco por plata.
—No es esposa —dijo Patricia—. Es una cuidadora con libreta. Tu hermano está al límite. El doctor Soria dijo que no dura un mes. Tu padre solo quiso que no muriera tan solo. Cuando pase, a esa chica la sacamos con cualquier excusa.
Milena se sintió mejor.
Al día siguiente, el clima estaba perfecto.
Dante tenía mejor color. Cuando Valenntina le dio el desayuno, abrió la boca sin que ella insistiera. Sus ojos ya no estaban perdidos.
—¿Hace mucho que no respirás aire de afuera? —preguntó ella.
Dante giró despacio hacia la ventana.
—Vamos al jardín. Te va a ayudar.
La mansión tenía ascensor privado, así que bajar con silla de ruedas fue fácil.
Los empleados los miraron como si un muerto hubiera salido a pasear. Marta quiso acercarse, no se animó y llamó a Patricia.
—No hagas nada —ordenó Patricia—. Voy para allá. Avisá también al doctor Soria.
El jardín trasero tenía una hilera de cerezos en flor. Valenntina los había visto al llegar y le habían gustado.
—Qué lindos —dijo, sacándole un pétalo del hombro a Dante—. Lástima que duran poco.
Dante miraba los árboles, pero sus ojos tenían otra sombra.
Él no había pasado esos tres años inconsciente del todo. A veces sabía que estaba gritando, que golpeaba, que su cuerpo no obedecía. Era como vivir encerrado dentro de una bestia.
Valenntina lo entendió sin que él hablara.
—Ya pasó. Podés pensarlo como un sueño malo.
Dante levantó la vista. Le costó, pero logró una palabra.
—No.
Un hombre orgulloso no podía dejar eso como sueño.
Valenntina sonrió.
—Entonces recuperate rápido y pisá a quien te hizo esto.
Los pasos rompieron la calma.
Patricia llegó con Marta, varios empleados y un guardaespaldas enorme de casi dos metros. Babalú. Extranjero, cuerpo de pelea, contratado por Patricia por una fortuna.
—¿Quién te autorizó a sacarlo? —preguntó ella.
—Yo.
—Marta, lleven al segundo señor al cuarto. Y a la segunda señora mándenla al lavadero. Si tanto necesita moverse, desde hoy lava toda la ropa de la casa a mano.
Marta, con la bronca acumulada, fue a agarrar a Valenntina.
No llegó.
Valenntina le trabó el pie. Marta cayó de boca sobre la tierra.
—Ay, Marta —dijo Valenntina, agachándose para ayudarla—. A su edad hay que caminar con cuidado.
Al tocarla, presionó un punto.
Marta se desmayó.
Patricia la miró con disgusto.
—Inútil. Babalú, llevá a Dante arriba.
Dante apretó los dedos sobre el apoyabrazos.
Ese hombre había sido quien, tres años atrás, lo redujo cuando empezó a tener crisis. Fue él quien le puso las cadenas por primera vez.
Y se las dejaron tres años.
Babalú sacó un nuevo par de grilletes.
—Disculpe, segundo señor.
Valenntina se interpuso.
—La ley argentina no permite privar de libertad a una persona porque sí. Y usted es extranjero. Si comete un delito, lo pueden deportar.
Babalú miró a Patricia, confundido.
Patricia se rio.
—¿Me hablás de leyes en mi casa?
—Te falta saber cuánto pesás, nena. En esta casa no se viene a recitar códigos.