Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo XV Momento de vulnerabilidad
Punto de vista de Alberto
El destello en la pantalla de mi teléfono fue el mejor anestésico para mi conciencia.
Allí estaba: una notificación bancaria con una suma de seis cifras que jamás pensé ver junta en mi cuenta personal.
Al contemplar ese saldo, el nudo de terror que me estrangulaba el estómago desde la reunión con Fernández se disolvió por completo, reemplazado por una ola de euforia abrumadora. Por primera vez en los años que llevaba casado con Camila, sentí que podía respirar sin el peso de las deudas aplastándome el pecho.
La culpa moral y los riesgos legales pasaron a un segundo plano. Fernández podía ser un sujeto peligroso, pero yo era un jurista brillante. Si movía mis fichas con astucia y mantenía las estructuras de las empresas fachada blindadas, nadie en esta ciudad tendría la capacidad de encontrar un solo fallo en mi trabajo. Me convencí de que era el plan perfecto: me arriesgaba, cobraba una fortuna y salvaba mi estatus.
Al llegar a la mansión, el eco de mis pasos ya no sonaba vacilante. Entré a la sala principal con la cabeza erguida, sintiéndome nuevamente el dueño del mundo.
—Camila, mi amor, baja —llamé en voz alta, dejando las llaves sobre la mesa de entrada—. Arréglate. Nos vamos a cenar al restaurante más exclusivo de la ciudad.
Camila apareció en lo alto de la escalera, luciendo una bata de seda negra. Me miró de arriba abajo con una ceja alzada y esa expresión calculadora que siempre precedía a sus exigencias.
—¿A qué se debe tanta generosidad, Alberto? —preguntó con tono sarcástico, descendiendo los escalones despacio—. ¿Te ganaste la lotería o finalmente tu bufete cobró un caso que valga la pena?
—Algo mucho mejor que la lotería —respondí, caminando hacia el mueble bar para servirme un vaso de coñac—. Firmé un contrato de representación exclusiva con un grupo corporativo internacional. La primera transferencia ya cayó en mi cuenta.
Los ojos de Camila se iluminaron con una codicia instantánea. La frialdad de su rostro se transformó en una sonrisa radiante, esa misma sonrisa que me cautivó años atrás y que me había costado cada centavo de mi tranquilidad.
—No pierdas tiempo —añadí, dándole un sorbo al licor mientras la miraba con orgullo—. Ponte el vestido más costoso que tengas y las joyas nuevas. Quiero que esta noche todos en ese restaurante se mueran de envidia al verme llegar de la mano con la mujer más deslumbrante del lugar.
—Esa es la clase de hombre con el que me casé —murmuró ella, acercándose para darme un beso rápido en los labios antes de girarse sobre sus tacones
—. No tardo.
La vi subir las escaleras rumbo a nuestra habitación principal, tarareando una melodía alegre. Sostuve el vaso de cristal entre mis dedos, disfrutando de la quemazón del coñac bajando por mi garganta. Sabía perfectamente que el terreno que pisaba era pantanoso y que Fernández no jugaba limpio, pero en ese segundo de vanidad ciega me sentí invencible. Estaba convencido de que tenía el control absoluto de mi destino.
Punto de vista de Elena
Regresar a mi país natal jamás estuvo en mis planes, al menos no en estas circunstancias.
Mi padre estaba consumiéndose por una enfermedad degenerativa y mi madre ya no podía sostener la carga sola. Cuando él llamó pidiéndome, con la voz quebrada por el deterioro, que quería abrazar a sus nietos antes de partir, el deber filial y el amor aplastaron cualquier miedo. Sin embargo, no era una ingenua. Sabía perfectamente que poner un pie en este territorio significaba caminar sobre un campo minado.
Blindé mi presencia al máximo. Cambié de números telefónicos, eliminé cualquier rastro en redes. Nadie podía enterarse de mi retorno. Y cuando decía nadie, me refería a la familia Fábregas.
Lo último que necesitaba en este momento de vulnerabilidad era un enfrentamiento con Alberto.
Llevaba apenas dos semanas en la ciudad, pero no podía darme el lujo de estar inactiva. Los tratamientos médicos de mi padre eran costosos y el futuro financiero de mis hijos dependía enteramente de mi trabajo. Por eso, cuando un viejo conocido de la facultad me recomendó a un cliente dispuesto a pagar una suma sustancial por una asesoría, acepté la cita.
Llegué al restaurante L’Étoile a la hora acordada. El hombre, un ejecutivo de avanzada edad, ya me esperaba en una mesa lateral. Aunque algo en su mirada evasiva y en su tono seco no me dio buena espina desde el primer segundo, tragué saliva y decidí continuar con la reunión. La necesidad me obligaba a ser profesional.
Durante la conversación, una incómoda punzada de paranoia me oprimió la nuca. Sentía esa extraña sensación de ser observada. Mantuve una actitud firme, proyectando esa compostura de acero que me caracterizaba en los tribunales, negándome a mostrar la menor rendija de nerviosismo.
Apenas transcurrieron quince minutos cuando la calma del lugar se hizo pedazos.
El estruendo de la puerta al ser derribada a patadas congeló el aire. Hombres armados e irrumpieron a gritos, y el pánico colectivo convirtió el elegante salón en una pesadilla de copas rotas y gritos ensordecedores. El cliente que estaba frente a mí se lanzó al suelo como un cobarde y se arrastró hacia la cocina, dejándome completamente sola.
Me quedé petrificada en mi asiento. El pánico me paralizó los músculos.
Una ráfaga de balas empezó a destrozar los ventanales de cristal y la madera de las columnas. Los proyectiles rebotaban con un chirrido espantoso y la lluvia de vidrios me cayó encima. Pensé que era el fin, que moriría allí mismo acribillada por un fuego cruzado absurdo.
De repente, una sombra rápida se cruzó en mi campo de visión. Unas manos fuertes y protectoras me sujetaron con firmeza por la cintura y me arrastraron brutalmente hacia el suelo, cubriéndome contra el mármol frío.
En ese milisegundo, mi vida entera pasó ante mis ojos como una película acelerada: los años de maltrato sutil y manipulación al lado de Alberto, el infierno de mi huida al extranjero, la angustia en el rostro de mis padres... Pero lo que me hizo aferrarme con desesperación a la solapa de la camisa de ese desconocido fue el rostro de mis hijos.
No podía morir. No podía dejarlos vulnerables, a merced de Alberto y de la podredumbre de su familia. Mi instinto de madre me mantuvo aferrada a la vida en ese suelo.
El sujeto sobre mí funcionó como un escudo de carne y hueso, recibiendo el polvo y los escombros de la pared. Olía a maderas finas y a un perfume de diseño mezclado con la pólvora del ambiente.
Escuché los pasos apresurados de los delincuentes huyendo hacia la salida. Mantuve los ojos apretados con fuerza, como si la oscuridad me hiciera invisible. Pero cuando reuní el valor para abrirlos, me topé directamente con unos ojos oscuros, profundos e intensos, que me miraban con una mezcla de asombro y una extraña protección.
Sentir la calidez de su pecho agitado contra el mío y la proximidad de su respiración encendió una chispa olvidada en lo más profundo de mi ser. Me hizo sentir extrañamente viva, protegida después de años de absoluta soledad.
Pero la alarma en mi cabeza se encendió de inmediato: no era el momento. Mi vida era un caos y no podía permitirme el lujo de sentir absolutamente nada por nadie.
—¿Estás bien? —preguntó él con una voz grave, rasposa y cargada de adrenalina.
Tras un breve intercambio de palabras en el que la tensión se palpaba en el aire, me ayudó a ponerme de pie. Fue entonces cuando soltó mi nombre y mi título profesional con absoluta fluidez.
Ese pequeño detalle activó todos mis sistemas de defensa. ¿Cómo sabía quién era yo?
A pesar de que su presencia me transmitía una extraña y peligrosa seguridad, la cautela volvió a tomar el control.
Apenas salimos al exterior y vimos su camioneta blindada protegida por hombres armados, di un paso hacia atrás, marcando distancia física.
—Gracias por salvarme la vida, señor Durán —dije con sinceridad, sosteniéndole la mirada con seriedad pero sin ocultar la desconfianza—. Le debo la vida, pero debo volver a mi casa de inmediato. Mis hijos me esperan. Espero que se encuentre bien.