Lucía lleva veinte años casada con Mariano. Juntos construyeron un hogar, criaron dos hijos y compartieron una vida llena de sacrificios, sueños y momentos inolvidables. Pero cuando él comienza a distanciarse y aparece Sofía, su joven asistente, Lucía descubre la dolorosa verdad: su marido le es infiel.
Destrozada, pero pensando en sus hijos, en su familia y en los años compartidos, decide darle una segunda oportunidad. Mariano promete cambiar. Ella vuelve a confiar en él y lucha por reconstruir su matrimonio.
Pero algunas promesas duran menos que las lágrimas que provocan.
Cuando Lucía descubre que Mariano nunca terminó realmente su relación con Sofía, comprende que ya no puede seguir viviendo entre mentiras. Esta vez no habrá otra oportunidad.
Frente a la traición, tendrá que elegir entre seguir siendo la mujer que sostiene un matrimonio roto o convertirse en la mujer que finalmente se elige a sí misma.
Porque cuando la confianza muere, el amor ya no puede salvarlo todo.
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Cuando la fe empieza a hacerse preguntas
Todo parecía perfecto, demasiado perfecto para no hacer ruido en el fondo de su alma. Lucía intentaba con todas sus fuerzas aferrarse a lo que veía: sus manos cariñosas, sus llegadas puntuales, sus palabras dulces… pero había algo pequeño, callado y terco que no se dejaba engañar por nada de eso. No podía señalar un hecho claro al principio: solo sensaciones, detalles diminutos que él creía invisibles y que a ella le helaban la sangre sin saber por qué. De pronto se quedaba pensativo mirando hacia la nada con una media sonrisa escondida; salía un instante a la calle a contestar llamadas que decían ser de negocios; su teléfono se quedaba mudo cuando estaba con ella y cobraba vida en cuanto se descuidaba un momento; si ella se acercaba mientras lo revisaba, lo apagaba o lo apartaba de golpe, como si ocultar fuera un reflejo natural.
—¿Seré yo? —se preguntaba una y otra vez, luchando consigo misma— ¿Será que el daño fue tan grande que ya no sé confiar ni aunque me lo den todo hecho? ¿Me estoy inventando fantasmas para no volver a ser feliz?
Pero las dudas no desaparecían: crecían despacio, silenciosas, firmes, como hierbajo entre las piedras. No quería volver a ser la mujer que vigila, que acecha, que no cree nada: detestaba esa parte de sí misma que el dolor sacó a la luz. Sin embargo… ¿qué hacía cuando él decía que se quedaba trabajando hasta tarde y ella sentía en el pecho que no era cierto? ¿Cómo quedarse tranquila esperando si lo que más temía era volver a ver rota la confianza sin haber puesto nada de su parte antes? ¿Seguir cerrando los ojos hasta que le rompiera el corazón otra vez mucho más fuerte?
Pasaron noches enteras dándole vueltas a una sola idea que le daba vergüenza al principio: contratar a alguien. Un detective. Alguien que lo siguiera sin que él lo supiera, que viera lo que él ocultaba, que trajera la verdad limpia y clara sin que ella tuviera que adivinar ni sufrir suposiciones terribles cada hora. Le parecía algo impropio, feo, como rebajarse… pero ¿qué valía más: el orgullo de no espiar o saber de una vez si esa felicidad que disfrutaba al fin era real o solo la mentira mejor montada de todas?
—Si es verdad, si cambió, si solo soy yo la enferma de sospechas… entonces tendré que pedir perdón y confiar para siempre —se dijo a sí misma tomando aire profundo—. Pero si sigue mintiendo… si me usa para sentirse tranquilo mientras sigue con ella… necesito saberlo antes de darle todo de nuevo sin defensa alguna. No puedo volver a quedar ciega esperando que él solo tenga piedad. La piedad no detiene a quien ya mintió una y mil veces. Solo la verdad lo hace caer.
Lo pensó una semana entera: dudó, retrocedió, volvió a intentar creer a ciegas… y siempre llegaba al mismo punto: ya no se fía solo de palabras. Ya no se fía solo de horarios cumplidos. Ya no se fía solo de besos bonitos cuando hay algo escondido detrás. Tomó el teléfono con manos que le temblaban mucho: buscó, leyó, marcó, explicó lo justo… y aceptó pagar ese precio tan alto por dejar de vivir en la duda eterna.
—Sí… quiero que lo sigan —dijo bajito al teléfono, con lágrimas que caían sin querer—. Quiero saber cada paso que da fuera de casa. Quiero saber con quién está cuando dice que trabaja. Quiero que me traigan la verdad entera… sea cual sea. Estoy lista para verla tal cual salga. Ya no aguanto vivir a medias ni creer a medias. Prefiero el dolor cierto a la esperanza mentirosa.
Colgó el teléfono y se quedó mirando el vacío: tomó la decisión más dura hasta ahora. Ya no dependería solo de lo que él quisiera contarle. Alguien más miraría por ella. Si es inocente… lo sabrá y descansará. Si miente… caerá solo ante lo que no puede negarse: la realidad tal cual es. Ahora solo queda esperar… y esperar es lo que más pesa cuando ya sabes que probablemente te estás preparando para la peor verdad de todas.
MUCHO RELATO, MUCHA EXPLICACION. ABURRE TANTA LETRA, ESCRITORA HAGA MAS CORTA LAS SECUENCIAS..!!!