—¿La tienes grande?
Nieves jamás se atrevería a hacerle semejante pregunta a un hombre cara a cara. Pero detrás de su cuenta anónima de TikTok puede decir todo lo que desea… incluso confesar las cosas más sucias que le gustaría hacer con un desconocido irresistible que nunca muestra el rostro.
Lo que no sabe es que ese hombre es Gael.
El chico más deseado de la universidad.
Y el compañero que está sentado justo a su lado.
Gael descubre su identidad cuando cada uno de sus mensajes hace vibrar el celular de Nieves sobre la mesa. Ella no sospecha nada, así que continúa provocándolo, preguntándole por su cuerpo y revelándole fantasías que jamás admitiría en persona.
Él podría decirle la verdad.
En cambio, decide seguirle el juego.
Porque ahora conoce cada uno de sus deseos secretos… y está dispuesto a cumplirlos todos.
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Capítulo 1
Capítulo 1
Estaba viendo TikTok desde mi cama alta, en la residencia estudiantil privada que compartíamos a unas calles de la universidad.
El algoritmo no dejaba de lanzarme videos de hombres guapísimos. Yo, con la tranquilidad que da una pantalla de por medio, les soltaba un comentario subido de tono y seguía deslizando.
Le doy un 9.6; el otro 0.4 se lo doy en privado 😏
A este no le tiro hate… a este le tiro otra cosa 🫦
Y al siguiente.
Muchos hombres de internet solo eran atractivos desde cierto ángulo. Si una entraba a revisar todo el perfil, lo más probable era que el encanto se deshiciera en segundos.
Por eso casi nunca abría sus cuentas. Me limitaba a admirar su mejor toma y a seguir con mi vida.
Hasta que TikTok me mostró a uno distinto.
—¡No manches!
Me incorporé de golpe, aferrada al teléfono.
En el video, un hombre hacía dominadas. No enseñaba la cara; solo su cuerpo.
Tenía la piel muy clara. Llevaba el torso desnudo y unos shorts deportivos negros, amplios y bajos sobre las caderas. Los músculos se tensaban sobre una estructura ancha, definidos sin llegar a verse exagerados. Cada línea era limpia, firme, hermosa.
Un metro ochenta y ocho. Piel clara. Músculo delgado y marcado.
Era exactamente mi tipo.
Me bastaron unos segundos para sentir un cosquilleo inquieto bajo la piel.
Abrí los comentarios y escribí sin pensarlo demasiado:
No inventes… ya hasta llovió por acá abajo 🥵🫦
Aun después de publicarlo, me quedé con ganas de más. Entré a su perfil para averiguar si tenía otros videos.
El usuario se llamaba qmqm123.
Entendía el 123: el relleno universal cuando una inventaba un nombre sin ganas.
Pero ¿qmqm?
¿“Qué miras, qué miras”?
Quién sabía. Parecía un nombre escrito al azar.
Tenía cero seguidores y no seguía a nadie. Mi nuevo esposo de internet acababa de nacer.
Solo había publicado dos videos. Uno era el de las dominadas. La portada del otro mostraba el mar, sin una sola palabra de descripción.
Lo abrí.
Un velero cortaba el azul. El agua estallaba contra la proa y dejaba una larga estela blanca.
El hombre estaba sentado junto a la borda. La playera deportiva, blanca y húmeda, se pegaba a sus hombros anchos y a una cintura absurdamente estrecha. La visera de la gorra le cubría la frente y los lentes oscuros escondían casi toda su cara, pero ni así podían ocultar la elegancia de su perfil.
Nariz recta. Mandíbula definida. Cuello largo y una nuez marcada.
Guapísimo. Sin discusión.
Las olas levantaron el velero hasta hacerlo tambalear. Por un instante pareció que iba a volcar.
Él sostuvo las cuerdas con ambas manos y dejó el cuerpo suspendido fuera de la borda. Su abdomen subía y bajaba mientras usaba el peso de las caderas para equilibrar la embarcación.
No tenía ningún apoyo y, aun así, controlaba cada movimiento con una facilidad insultante.
¿Esa era la famosa cintura capaz de hacer perder la cabeza a una mujer?
Escribí otro comentario:
Tú arriba, yo abajo… y que sea lo que Dios quiera 🫦
No era del todo culpa mía. Las mujeres de los comentarios me habían corrompido. A mis diecinueve años y protegida por el anonimato, esa clase de insinuación ya me salía sin una pizca de vergüenza.
Las cuentas nuevas solían enseñar más para atraer seguidores, así que toqué Seguir sin dudar.
Después de salir de su perfil, los demás videos dejaron de interesarme. qmqm123 había puesto el estándar demasiado alto. Necesitaba recuperarme.
—Nieves, preciosa, levántate. Tenemos clase. Mi novio ya nos apartó lugares.
Mi compañera de cuarto, Renata Cruz, bajaba por la escalerilla de su cama alta mientras golpeaba con una mano la estructura de la mía.
La residencia no pertenecía a la universidad. Era uno de esos edificios privados para estudiantes foráneos que abundaban cerca del campus: departamentos pequeños, áreas comunes y renta compartida para que el precio no fuera una locura.
Nuestro departamento era para cuatro estudiantes y tenía dos habitaciones dobles. Renata y yo compartíamos una porque éramos de primer semestre y estudiábamos la misma carrera, así que casi siempre íbamos juntas.
—¡Ya voy!
Guardé el teléfono, me froté los ojos y empecé a bajar.
Para aprovechar cada metro del cuarto, las dos camas estaban elevadas y cada escritorio quedaba debajo. Había que subir y bajar por una escalerilla integrada a la estructura.
Cuando Renata llegó al suelo y alzó la vista, me encontró de espaldas, con mi camisón de gatitos levantándose un poco mientras buscaba dónde apoyar los pies.
Debajo de la tela asomaban mis piernas largas y claras. Mis tobillos eran delgados y llevaba las uñas de los pies pintadas de rosa pálido.
En cuanto bajé, Renata me tomó la cara entre las manos.
—¡Ay, bebé, qué bonita eres! Déjame apretarte tantito.
Me estrujó las mejillas hasta hacerme fruncir los labios.
—Renata…
—Es que mírate. Esos ojos enormes, esa boca, esa piel. Y encima cuello bonito, hombros rectos, cintura chiquita, piernas largas… Si yo tuviera tu cara y esas curvas, habría salido con cien hombres. ¿Cómo es posible que tú no tengas novio?
—No es que no quiera. No he conocido a alguien que de verdad me guste. Además, mi mamá siempre me ha cuidado muchísimo.
Renata arqueó las cejas.
—¿Incluso ahora que estás en la universidad?
—Ya no tanto. Pero en la prepa casi no me dejaba usar el celular. Me llevaba y me recogía todos los días, los fines de semana solo podía salir con amigas y tenía que volver antes de la cena.
Ahora estudiaba lejos de casa y todavía me costaba acostumbrarme a la libertad. A veces sentía que unos ojos invisibles seguían vigilándome.
Por eso me gustaba coquetear en internet. Era el único lugar donde podía soltar sin miedo todo lo que se me pasaba por la cabeza.
Renata sonrió con malicia.
—Entonces, ¿qué clase de hombre te gusta?
¿Qué clase?
Yo era superficial y lo admitía sin culpa.
—Uno de metro ochenta y ocho, piel clara, hombros anchos, cintura estrecha, ocho cuadritos, piernas largas… Y la cara también tiene que estar a la altura. Quiero uno de esos hombres que son guapos de frente, de perfil y hasta con mala iluminación.
En resumen: lo mejor de lo mejor.
Uno que me bastara mirar para sentir el impulso de hacer algo imprudente.
Alguien como qmqm123.
No sabía qué rostro ocultaba detrás de los lentes, pero estaba segura de que era espectacular.
***
Renata soltó una carcajada.
—Con esos requisitos, en nuestra universidad habrá tres, si tenemos suerte. Mejor busca en la Escuela Nacional del Deporte. Y cuando encuentres uno, me presentas a sus amigos.
—Mateo te mataría y luego vendría por mí.
—Bueno, con una foto me conformo. Una también tiene derecho a recrearse la vista.
Llegamos al salón entre bromas.
Renata y Mateo Ruiz acababan de empezar a salir y estaban en la etapa en que querían hacerlo todo juntos. Se habían inscrito a las mismas optativas y pasaban pegados el uno al otro.
—¡Acá! —Mateo levantó la mano al vernos entrar.
Renata me llevó hasta él. Mateo me miró con algo de culpa y señaló la última fila.
—Cuando llegué solo quedaban dos lugares aquí. Te aparté uno atrás, junto al chico que está dormido. Dejé mi libro de cálculo sobre la mesa.
Como era una materia optativa de formación general abierta a distintas carreras, el salón se llenaba con estudiantes de varias facultades. Algunos incluso llegaban acompañando a sus parejas, aunque ni siquiera estaban inscritos. Por eso los lugares de atrás desaparecían primero.
—Hubieras llegado antes —protestó Renata, haciendo un puchero. Quería sentarse conmigo para platicar durante la clase.
—No pasa nada. Justo quería estar atrás —dije—. Nos vemos al rato.
Subí los escalones del aula y enseguida encontré el libro.
En el asiento de al lado dormía un hombre.
Llevaba una sudadera gris holgada, con la capucha puesta. Estaba inclinado sobre los brazos y la línea de la columna tensaba la tela de la espalda. Sus piernas, demasiado largas para el espacio entre las filas, parecían no encontrar acomodo debajo del pupitre.
A veces la belleza era una cuestión de presencia, y aquel desconocido la tenía incluso sin enseñar la cara.
Varias chicas de la fila de adelante se volvían a mirarlo. Él seguía con el rostro escondido, indiferente a todo.
Me senté, guardé la mochila y esperé.
A la hora marcada en el horario, la profesora entró y cerró la puerta. Rondaba los cuarenta, llevaba el cabello largo sobre los hombros y un vestido de algodón con estampado artesanal. Proyectó unos minutos de video y comenzó la clase.
No tardó mucho en desviarse hacia sus años de estudiante en Francia, donde había conocido a su esposo. Nos contó lo felices que eran, cómo se habían casado, cuándo nació su hijo y que él también estudiaba en Francia.
Varias personas escuchaban fascinadas y suspiraban cada vez que la historia se ponía romántica. Cuanto más entusiasmo mostraban, más detalles añadía la profesora.
Yo prestaba atención a medias. Vi que otros habían sacado el celular y terminé haciendo lo mismo.
Sin saber por qué, regresé al perfil de qmqm123.
Mis comentarios eran los únicos bajo sus videos. Nadie me contestaba y yo ya estaba aburrida, así que abrí los mensajes privados.
Le escribí:
Vi que tienes un lunar debajo de la clavícula. Y hablando de lo que tienes más abajo… ¿es grande?
El mensaje quedó sin respuesta.
A mi lado, el hombre dormido se movió como si estuviera a punto de despertar, pero siguió así hasta que terminó la primera parte de la clase.
Renata vino a buscarme para ir al baño. Como mi falda no tenía bolsillos, bloqueé el teléfono y lo dejé sobre el pupitre.
El salón se llenó de voces durante el descanso.
El ruido terminó por despertar a Gael Cárdenas.
Antes de abrir por completo los ojos, metió una mano en el bolsillo de la sudadera y sacó el celular. Entrecerró la mirada para ver la hora. Todavía faltaba una hora para que terminara la clase.
Frunció el ceño, molesto.
Había vuelto hacía poco de Estados Unidos y el cambio de horario seguía destrozándole el sueño. A sus veintiún años, no estaba acostumbrado a sentirse tan agotado.
Iba a guardar el teléfono y volver a dormir cuando recibió un mensaje de WhatsApp.
Era su prima Valeria.
¿Cuál es tu cuenta de TikTok? Sígueme y te sigo.
Durante el verano, Valeria había ido a visitarlo a Estados Unidos. Lo obligó a abrir una cuenta para que pudieran seguirse. Gael eligió dos videos del carrete, los publicó y se olvidó del asunto. Ni siquiera recordaba el nombre que había escrito.
Cerró WhatsApp y abrió TikTok.
Había un número rojo sobre el icono de notificaciones.
En el video de las dominadas encontró un comentario de una usuaria llamada NievesCarnívora:
No inventes… ya hasta llovió por acá abajo 🥵🫦
Deslizó hacia abajo.
En el video del velero aparecía otro comentario de la misma cuenta:
Tú arriba, yo abajo… y que sea lo que Dios quiera 🫦
Gael lo apartó de la pantalla sin cambiar de expresión y abrió los mensajes privados.
También había uno de NievesCarnívora:
Vi que tienes un lunar debajo de la clavícula. Y hablando de lo que tienes más abajo… ¿es grande?
Gael dejó de respirar durante un segundo.
Super recomendable.
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Comentarios, Regalitos 🎁🎁
solo una observación no lo tomes a mal en este capítulo y en el interior repetiste párrafos. Deberías checar porque se confunde la lectura ☺️☺️☺️