Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 20 MAS
*Tres semanas después. Viernes. 7:45 PM. Piso 48.*
La oficina estaba vacía. Por primera vez en un mes, todo estaba al día.
Ana cerró la laptop. Se estiró. Le dolía la espalda de tanto firmar papeles.
—CEO —dijo Dmitri desde la puerta—. Te vas tarde.
Él ya no usaba traje. Jeans. Camisa. Zapatillas. Asesor, no jefe.
—Porque soy adicta al control —dijo ella—. Y al café.
Dmitri entró con dos tazas.
—Descafeinado —dijo—. Para que duermas hoy.
Ana agarró la taza. —¿Y tú? ¿Duermes?
—Desde que eres CEO —dijo él—. Mejor que en diez años.
Se sentó en el borde de su escritorio. Muy cerca.
—Beltrán —dijo—. ¿Cenamos?
Ana lo miró. —¿Como jefe y asesora?
—No —dijo él—. Como Dmitri y Ana. Sin empresa.
Ella sonrió. —Sí.
*8:30 PM. Restaurante chico. Centro.*
Mesa en la esquina. Sin gente conocida.
Hablaron de todo menos de trabajo.
—Masha me preguntó si te vas a mudar —dijo Ana, jugando con la servilleta.
Dmitri se atragantó con el agua.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que eso lo decide mi asesor —dijo ella, picara.
Él se rió. —Mi respuesta es sí. Hace tres semanas.
Ana dejó de sonreír.
—¿En serio?
—En serio —dijo él—. Estoy cansado de irme a un departamento vacío. Estoy cansado de no despedirte en la mañana.
Ana bajó la vista.
—Dmitri... es mucho. Muy rápido.
—Lo sé —dijo él—. Por eso no te pido que decidas hoy. Te pido que lo pienses.
Le tomó la mano sobre la mesa.
—Más —dijo—. Quiero más de esto. Más días. Más noches. Más tú.
*Sábado. 10:12 AM. Departamento de Ana.*
Timbre.
Ana abrió en pijama. Pelo en un rodete flojo. Sin maquillaje.
Dmitri con una caja.
—Buenos días —dijo—. Te traje desayuno. Y una pregunta.
Entró.
Masha salió corriendo. —¡Tío Dmitri!
—Hola, jefa chica —dijo él. Le dio un medialuna.
Pusieron la mesa. Tres platos.
—Entonces —dijo Ana—. ¿La pregunta?
Dmitri respiró.
—Mudate conmigo —dijo. Directo. Sin rodeos—. No a mi departamento. A una casa. Para los tres.
Silencio.
Masha dejó de masticar.
Ana lo miró.
—Eso es... —empezó.
—Mucho —terminó él—. Lo sé. Puedes decir que no.
Ana miró a Masha. Después a él.
—Déjame pensar una semana —dijo.
—Te doy un mes —dijo él—. Pero no me dejes esperando para siempre.
*Lunes. Piso 48.*
Orlov volvió. En persona.
Traje gris. Sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Beltrán —dijo—. Te subestime.
Ana, detrás de su escritorio de CEO, no se paró.
—Orlov —dijo—. ¿Qué quieres?
—Quiero el 18% —dijo—. Y quiero disculparme.
Puso una carpeta.
—Moscú acepta —dijo—. Porque ganaste.
Ana abrió la carpeta. Firmó.
—Gracias —dijo ella. Sin sonrisa—. Ahora vete.
Orlov la miró. Largo.
—Volkov tiene suerte —dijo—.
Salió.
Dmitri entró dos segundos después.
—¿Qué pasó?
—Ganamos —dijo ella—. Y me cansé de tener miedo.
Se puso de pie. Rodeó el escritorio.
Lo besó. Frente a Irina. Frente a todos.
Porque ya no tenía que esconderse.
Irina carraspeó. —Reunión en diez, Señora CEO.
Ana se separó. Roja.
—Ya voy —dijo.
*Miércoles. Noche.*
Ana no dormía.
Dmitri estaba en su sillón. Leyendo.
—¿Qué pasa? —preguntó sin mirar.
—Tengo miedo —dijo ella—. De que si nos mudamos, se rompa. De que la rutina nos mate.
Dmitri cerró el libro.
—Entonces no nos mudamos —dijo—. Nos construimos. Despacio. Un cajón a la vez.
Se acercó.
—Más no significa rápido —dijo—. Significa para siempre.
Ana asintió. Lloró un poco.
—Sí —dijo—. Sí me mudo.
Dmitri la abrazó. Fuerte.
—Gracias —dijo en su pelo—. Por elegir más.
*Viernes. Dos semanas después.*
Casa nueva. Chica. Tres cuartos. Jardín.
Cajas por todos lados.
Masha pintaba su cuarto de rosa.
Ana y Dmitri armaban una cama. Mal.
—Esto es un desastre —dijo ella, con un tornillo en la boca.
—Somos un desastre —dijo él—. Pero nuestro desastre.
Terminaron. Se tiraron en el colchón sin sábanas.
—Más —dijo él.
—Más —dijo ella.
*Domingo. 9:00 PM.*
Casa ordenada. O casi.
Cena. Los tres.
—Brindo —dijo Masha con su jugo—. Por mi mamá CEO. Y por mi tío que se queda.
Ana y Dmitri chocaron sus vasos.
—Por más —dijo él.
—Por más —dijo ella.
*Lunes. 8:00 AM. Piso 48.*
Ana entró.
CEO. Pelo suelto. Sin lentes. Anillo simple en su mano izquierda. No de compromiso. De “somos”.
Dmitri entró.
Asesor. Sin traje. Mismo anillo.
—Buenos días, equipo —dijo ella—. Hoy empezamos con más.
—¿Más qué? —preguntó Irina.
—Más horas flexibles —dijo Ana—. Más confianza. Más gente. Menos miedo.
Todos aplaudieron.
Dmitri la miró desde el fondo.
Y pensó: Tenía todo. Empresas. Dinero. Poder.
Y no tenía nada. Hasta que tuvo más.
Hasta que la tuvo a ella.
*Fin del Capítulo 20.* 1.021 palabras.
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