Luego de morir, reencarna en el cuerpo de la villana de un juego. Decidida a no morir, se va de vacaciones con su fortuna. Pero su paz es interrumpida con la llegada de un huevo de dragón.
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Capitulo 20
Las Mazmorras de Alta Seguridad del palacio imperial de piedra negra no eran un calabozo ordinario. Construidas en los cimientos más profundos de la montaña, donde el calor de la tierra apenas llegaba, eran conocidas por quebrar el espíritu de cualquier prisionero en cuestión de horas.
En el nivel más bajo, rodeado por rejas de hierro forjado en fuego de dragón antiguo, se encontraba la fosa común.
Era un abismo húmedo y oscuro, un foso excavado en la roca viva donde se arrojaban los restos de los peores criminales, traidores al imperio y bestias caídas. El olor a descomposición, moho y desesperación era tan espeso que resultaba casi asfixiante.
Seras yacía en un rincón de la fosa, acurrucada sobre el suelo de piedra fría. Su vestido de seda azul ahora estaba desgarrado y cubierto de suciedad.
—Maldita sea... malditos sean todos... —susurraba en la penumbra, con los dientes castañeando por el frío—. Gariel... esa maldita humana... los mataré... los colgaré de las almenas del palacio...
El eco de sus propios susurros era la única respuesta que obtenía en la inmensidad del abismo.
Sin embargo, a mitad de la noche, el silencio sepulcral de las profundidades de la mazmorra se rompió.
Un sonido sutil, casi imperceptible, resonó en los pasillos superiores. El eco seco de un cuerpo cayendo pesadamente contra el suelo fue seguido por el silencio absoluto.
Los guardias imperiales de la entrada de la fosa, guerreros experimentados con sentidos agudizados, ni siquiera tuvieron tiempo de dar la alarma. Una ráfaga de viento helado y una energía mágica de alta pureza los golpeó en la nuca, dejándolos inconscientes en el acto, con sus cuerpos desplomándose sobre las losas de piedra.
Una silueta alta, completamente envuelta en una pesada capa de seda negra con la capucha echada sobre el rostro, emergió de las sombras del pasillo.
La figura avanzó con una gracia y una seguridad que denotaban que conocía los pasadizos del palacio a la perfección. No había prisa en sus pasos. La silueta descendió por los desgastados escalones de caracol que conducían directamente a la entrada de la fosa común.
Al llegar frente a las enormes rejas de hierro, la figura encapuchada se detuvo.
Seras, alertada por el sutil roce de la tela contra la piedra, levantó la cabeza con dificultad. Sus ojos intentaron perforar la oscuridad de la fosa.
—¿Quién está ahí? —preguntó con voz ronca, arrastrándose un par de centímetros hacia atrás—. Si vienes a burlarte de mí... juro que te arrancaré la garganta con mis propias manos...
La figura encapuchada no respondió de inmediato. Con una mano enguantada de color negro, levantó la pesada llave maestra que acababa de arrebatarle al guardia inconsciente y abrió la cerradura de la celda con un chasquido metálico que resonó en el vacío.
La puerta de hierro se abrió lentamente, quejándose sobre sus bisagras oxidadas.
La silueta dio un paso al interior de la fosa común, pisando la suciedad con un desprecio evidente.
Con un movimiento pausado y elegante, llevó sus manos hacia la capucha de la capa y la deslizó hacia atrás, revelando su rostro bajo la tenue y parpadeante luz de una antorcha lejana.
Seras abrió los ojos de par en par, ahogando un grito de sorpresa al reconocer las facciones aristocráticas y la mirada gélida de la mujer que la observaba desde la entrada del abismo.
Ela, la hermana del emperador Gariel, la observaba con una sonrisa fría y carente de cualquier rastro de calidez familiar. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra de la fosa con una determinación oscura que Seras reconoció al instante.
—Vaya, Seras —dijo Ela, con una voz tan suave y cortante como una hoja de afeitar—. Mírate. Quién diría que la orgullosa emperatriz del fuego terminaría arrastrándose en la fosa común como una alimaña. No te sienta nada bien la suciedad.
Seras apretó los puños, la rabia compitiendo con la esperanza que acababa de encenderse en su pecho.
—Ela... —susurró, con una sonrisa torcida comenzando a formarse en su rostro demacrado—. ¿Qué estás haciendo en este lugar?
—Vengo a hacer negocios —respondió Ela, cruzando los brazos con total tranquilidad, ignorando el olor nauseabundo del lugar—. Pero las condiciones las pongo yo.
Gracias por compartir tan maravillosa historia💕