Lara creía que su loba interna jamás volvería a aullar. Tras ser rechazada por la codicia del Alfa Roderick, su espíritu quedó roto. Obligada a asistir al Baile de la Luna, la gran gala de segundas oportunidades, Lara viaja solo para esconderse en las sombras. Lo que no imagina es que el hilo del destino ya está escrito.En mitad de la gala, el aire se congela con la llegada del Rey Alfa, el soberano absoluto de todos los licántropos. Al clavar sus ojos en Lara, el lazo de segunda oportunidad estalla. Él la reclama como su Reina definitiva, pero Lara, indómita e independiente, se niega a ser la compañera sumisa que la corte espera, desatando una intensa tensión entre ambos.Mientras el Rey lucha por derribar los muros de su corazón, una amenaza avanza desde el norte. El hermano menor de Roderick, manipulado con mentiras sobre la muerte de su hermano, jura venganza eterna contra el Imperio y contra Lara. ¿Podrá el Rey Alfa proteger a su Reina, o la guerra devorará su imperio?
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CAPITULO 6. LA LLEGADA DEL IMPERIO
El amanecer irrumpió con un sol pálido que apenas lograba templar los ventanales de mis aposentos en el ala norte. Me encontraba de pie frente al espejo, acomodando los bordes de una túnica de lana clara, cuando el sutil tañido de las campanas del portón principal alteró el compás de mis latidos. A través del enlace que compartía con mi gemelo, percibí una oleada de agitación que cruzaba la frontera de la manada. No era una amenaza; era la firma energética de mi familia. Mis padres habían viajado de urgencia desde la manada central en cuanto los reportes del Baile de la Luna llegaron al palacio del imperio.
Acompañada por dos soldados de la guardia real, bajé a paso rápido hacia el salón de los tapices. Al cruzar el umbral de madera, la emoción me contrajo el pecho.
Mi madre y mi padre permanecían de pie junto al hogar encendido, desprendiendo esa intensa energía que siempre los había caracterizado. Al enfocar mi rostro, el semblante serio de mi madre se transformó en una expresión de infinito alivio. Acortó la distancia en un parpadeo y me estrechó contra su pecho con un abrazo protector que me caló hasta los huesos, borrando por un segundo el gélido invierno que arrastraba en mi espíritu. Mi padre se acercó de inmediato, rodeándonos a ambas con sus brazos, aportando esa robusta firmeza que siempre lograba calmar mis temores.
—Los mensajeros del reino llegaron a la medianoche con la noticia, Lara —susurró mi madre contra mi oído, con una voz dulce que delataba su profunda preocupación maternal—. No podíamos quedarnos en la manada central sabiendo el inmenso vuelco que ha dado tu destino. Tu hermano Leo quería marchar con nosotros, pero debió quedarse al frente del consejo.
—¿Cómo estás, hija? —inquirió mi padre, apartándose sutilmente para buscar mis ojos con su mirada ambarina—. Sabemos que tu corazón seguía herido y que no te sentías preparada para enfrentarte a otra unión. ¿Cómo te ha tratado el soberano?
—Ha sido respetuoso, padre —les respondí en un susurro, entrelazando mis dedos con los de mi madre mientras nos sentábamos en el diván—. No ha exigido sumisión, ni ha intentado forzar el lazo. Sabe que mi loba sigue apagada por la traición del pasado y me ha jurado que esperará el tiempo que sea necesario para que mis pedazos astillados sanen en mitad de esta penumbra. Pero la corte de la vieja guardia me mira con desprecio; me consideran una debilidad extranjera para la corona.
Mi madre apretó mis manos con una devoción implacable, y ese carácter indómito y aguerrido que siempre la había definido brilló en sus pupilas.
—Que nadie te haga dudar de tu valor, Lara —decretó mi madre con total firmeza—. Eres la heredera de nuestra estirpe unificada y la sangre real corre por tus venas. Si la Diosa Luna te otorgó esta segunda oportunidad con el Rey, es porque tu orgullo es la raíz que ese trono necesita.
La conversación familiar se interrumpió cuando las puertas dobles del salón se abrieron de par en par. El Rey Alfa cruzó el umbral desprendiendo su imponente porte de guerrero, vistiendo su abrigo oscuro de terciopelo. Al enfocar a mis padres, detuvo sus pasos lentos y seguros, inclinando la cabeza con un respeto supremo que denotaba la madurez de sus dos siglos de experiencia. Mis padres se pusieron en pie al unísono, adoptando una postura de tensa cortesía. El encuentro entre los líderes del Imperio Unificado y el parco monarca absoluto del continente acababa de comenzar bajo el amparo de la luz de la mañana, unificando las piezas de un tablero donde mi protección feroz sería la única ley indiscutible frente a cualquier tormenta.