Milla Greco pensó que huir de Roma con una maleta, un pasaporte nuevo y un secreto en el vientre sería suficiente para mantenerse alejada del hombre más peligroso que jamás cruzó su camino.
Estaba equivocada.
Un año después, en un pequeño pueblo pesquero bañado por el mar Egeo, Milla cría sola dos bebés de ojos avellanos que llevan en el rostro los rasgos del padre: el mafioso que juró nunca volver a aferrarse a nadie y que, incluso a distancia, sigue marcando el compás de su miedo.
Mientras ella lucha por mantener a los gemelos fuera del alcance de la mafia, Steffan D’Lucca empieza a sospechar que la noche que intentó enterrar en la memoria dejó huellas que nadie se atrevió a contarle.
Y cuando un hombre como él descubre que podría tener herederos escondidos, la distancia se convierte en un territorio más que conquistar.
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Capítulo 2
Y desde entonces, ya ha pasado un año.
Un año entero desde que miré aquellos dos rostros pequeños y entendí que mi vida nunca más sería solo mía.
Son dos niños hermosos: La niña se llama Cecilia y el niño Leonel.
Cuando miro a Leonel, es imposible fingir que aquella noche no ocurrió.
Los ojos, su manera seria incluso durmiendo, la expresión que a veces parece demasiado dura para un bebé, todo me recuerda al hombre del que huí. Cecilia, por otro lado, es diferente. Ella sonríe fácil, se agita, quiere que la carguen todo el tiempo, como si hubiera nacido para compensar toda la oscuridad que existe en nuestra historia.
Estoy sentada en el único sillón decente de la sala, con Cecilia en brazos, dándole biberón. Ella sostiene el plástico con sus manitas gorditas y a veces suelta la tetina del biberón solo para reírse para mí, como si supiera que eso me derrite por completo.
Al otro lado del pequeño cuarto, en una cuna que me regaló una de las vecinas, está Leonel durmiendo, con la mano cerrada en puño sobre el pecho, como si estuviera siempre listo para pelear.
El celular apoyado encima de una pila de libros viejos muestra la imagen temblorosa de Nora, del otro lado de la pantalla.
La conexión de internet aquí es terca, siempre falla, pero nosotras insistimos en las videollamadas de todos modos.
Es la forma que encontré de no sentirme tan sola. Cuando ella sale del trabajo que llega al apartamento, ya me llama.
—Cecilia es más tranquila, por increíble que parezca —comento, acomodándola, mientras lloriquea, moviéndose en mi regazo impaciente.
—Menos mal que alguien en esta casa es calmado —Nora se burla, riendo—. Pero parece que hoy, ella no está tan tranquila así. Puso mi energía. Mira a esta niña, parece enchufada al 220. Creo que quisiste decir, que ella era tranquila al principio. —ella soltó una carcajada.
Cecilia suelta el biberón solo para dar un gritito, como si hubiera entendido.
La leche se escurre un poco por la comisura de su boca, y yo limpio con la punta del pañal.
—No digas eso, ella escucha y cree —resongué, pero estoy sonriendo.
La imagen de Nora se traba por un segundo, se congela con una cara graciosa, después vuelve a la normalidad. Ella está en su apartamento, la cocina al fondo, la tetera en la estufa, la vida que dejé atrás. Sentí la nostalgia apretar en mi pecho.
—Y ahí, ¿cómo está el pueblo? —ella pregunta—. ¿Ya te acostumbraste a la gente despertando antes de que salga el sol?
—No tengo opción —respondo—. Cuando los pescadores salen, parece que se están llevando el mundo junto. Los barcos hacen ruido, los motores también.
—¿Y no piensas en… no sé… buscar algo mejor? ¿Un lugar más estructurado, una ciudad más grande?
Sé que ella está preocupada.
Su mirada siempre entrega lo que la boca intenta dejar ligero.
—Nora, aquí nadie hace preguntas —digo, bajito—. Eso vale más que cualquier lujo. Todos aquí me ayudan, y me consideran como de la familia.
Ella suspira del otro lado.
—Lo sé. Solo me quedo pensando en ti, sola con dos bebés, en otro país. Si pasara algo…
—No va a pasar nada —corto, demasiado rápido, como si pudiera engañar al destino solo por la fuerza de la frase—. Yo tengo cuidado. Nadie sabe quién soy. Nadie sabe que ellos existen, a no ser los habitantes de aquí.
Cecilia aprieta mi dedo con fuerza y Leonel se mueve un poco en la cuna, pero no se despierta.
—Yo también lo sé —Nora recuerda—. Y no voy a abrir la boca, tú sabes eso.
—Lo sé —respondo, sintiendo el pecho ablandarse—. Tú eres todo lo que tengo.
Nos quedamos calladas por algunos segundos.
—¿Viste algo extraño por ahí? —ella pregunta, de repente—. ¿Alguien diferente en el pueblo? ¿Gente haciendo preguntas…?
—No, nada —respondo, sincera—. Aquí todo el mundo se conoce. Quien aparece de afuera, la gente comenta, y hasta ahora nadie nuevo se quedó más de dos días.
Nora asiente, pero continúa con la expresión preocupada.
—Es que desde que te fuiste, parece que el clima cambió por aquí. De vez en cuando escucho rumores y chismosas conversando escondidas en el baño de la empresa —ella empieza— Nada directo, ¿sabes? Solo rumores.
Mi estómago se contrae.
—¿Qué tipo de rumores?
Ella mira para el lado, como si tuviera miedo de que alguien escuche, incluso estando sola en el apartamento.
—El señor D’lucca anda inquieto desde los últimos meses —susurra—. Escuché a una de las chicas conversando en el baño, que él está revolviendo cosas de hace un año. Pidió acceso a grabaciones de cámaras del día en que estuviste en la empresa. Creo que debe ser precisamente aquel día en que saliste y dijiste que ibas a tirar los papeles en su cara. —dijo ella— Y, solo para que sepas. Al inicio, él me llamó en la oficina y me llenó de preguntas. Yo juro que no abrí la boca. Cuando él quiso saber de ti, yo dije que no tenía idea, incluso fingí un desmayo y le eché la culpa a aquel accidente en que me golpeé la cabeza. Él se pegó a mí amiga, como una garrapata. Solo me dejó en paz porque Mauricio, aquel que trabaja con él, le pidió que me dejara en paz. Pero no fue nada fácil deshacerme de él.
Siento la piel erizarse, a pesar del calor leve que entra por la ventana.
—Perdóname amiga, yo salí de ahí y dejé el problema para ti —yo dije.
—No necesitas disculparte. Pero no es para meterte miedo. Sabes cuando él quiere algo…
—Él lo consigue —completo, sin querer—. Pero creo difícil que me encuentren aquí, estoy segura. Y además de todo, ya pasó un año. Si fuera así, él ya me habría encontrado.
Yo me acuerdo de las manos firmes, de la mirada avellana, de la calma que daba miedo.
—Tomaste todas las precauciones, Milla —Nora insiste—. Nuevo número, nuevo país, documentos en orden. Hiciste todo bien. Y además de todo, creo que él ni siquiera descubrió que estabas embarazada cuando saliste de aquí, si no, él te habría buscado antes.
Yo miro a mis hijos.
—Él no sabe, tienes razón. Tal vez nunca lo supo. —intenté convencerme de eso.
Cecilia termina el biberón y empieza a jugar con él. Yo saco el biberón de su boca, la coloco de pie en mi regazo. Ella suelta un eructito y ríe, satisfecha.
—Necesitas descansar más —Nora comenta—. Estás con ojeras hasta el queixo.
—Ven aquí a cambiar de lugar conmigo, entonces —rebato—. Quiero ver que seas capaz de cuidar de dos al mismo tiempo.
Ella da una carcajada alta.
—Primero necesito encontrar un hombre guapetón de la mafia, para embarazarme de gemelos y desaparecer.
La broma me hace recordar de todo nuevamente. Por un segundo, yo no consigo reír.
Nora se da cuenta.
—Disculpa, Milla. Fue idiota de mi parte.
—Todo bien —miento—. Ya me acostumbré.
Mentira.
La verdad es que, por más que yo repita para mí misma que hice lo correcto, una parte de mí aún siente rabia.
Rabia de él, por existir de aquel modo intenso que marca.
Rabia de mí, por haber dejado que una noche estropee tanta cosa.
—¿Y los pescadores? —Nora cambia de asunto—. ¿Aún te ayudan con pescados y verduras?
—Sí. Ellos son buenos conmigo —respondo.
—Menos mal.
La conexión da una leve atascada, su imagen se vuelve un borrón, y yo escucho la voz entrecortada.
—A… di… gar… —hasta que la pantalla queda totalmente negra.
Yo cierro los ojos por un instante, respirando hondo.
—Óptimo —resongo—. Chao para ti también, internet.
Cecilia empieza a resongar, pidiendo para bajar de mi regazo.
La coloco en el suelo, y ella sale gateando con velocidad, yendo directo para la cuna del hermano. Se apoya en las rejas, se pone de pie y empieza a golpear, llamándolo a su manera.
—Ma-má… ma-ma… —ella balbucea.
Leonel abre los ojos despacio, irritado con la interrupción del sueño.
Cuando ve a la hermana, frunce la pequeña ceja, como si estuviera pensando si vale la pena levantarse.
Al final, se sujeta en el borde de la cuna y se pone de pie, medio desgarbado.
Yo los observo, sintiendo la alegría en mi pecho. Son solo dos bebés de un año, peleando por atención, descubriendo el mundo. Ellos no tienen idea de quién es el padre. No tienen idea de lo que yo huí.
Para ellos, nuestra casa sencilla y el mar allá afuera son todo lo que existe.
—Ustedes son mi secreto más bonito —susurro, aproximándome a la cuna.
Cecilia estira los brazos para mí, mientras Leonel se sujeta en mi vestido con sus manitas pequeñas.
Del lado de afuera, oigo el sonido distante de un barco llegando. Un pescador más volviendo, un día más normal en el pueblo.