Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 21
El amanecer en la mansión Bianchi no trajo claridad, sino una neblina mental que pesaba más que la resaca física. David se observó en el espejo del vestidor, ajustándose el nudo de la corbata con una rigidez casi violenta. Sus labios todavía conservaban el hormigueo del beso robado en la escalera; un beso que sabía a rabia, a posesividad y a una verdad que se negaba a procesar.
Sentía una náusea moral que no lograba sacudirse. Para David, ese arrebato no había sido un acercamiento hacia su esposa, sino una traición imperdonable hacia "la mujer de la discoteca". En su mente distorsionada por la obsesión, besar a Anna era manchar el recuerdo de la única persona que lo había hecho sentir vivo. Se sentía sucio, como si hubiera profanado un altar sagrado con la mujer que solo representaba un contrato y una obligación.
—Es solo carne —se mintió a sí mismo, apretando la mandíbula—. Fue el alcohol. Fue la ira contra Arturo. Ella no es ella.
Decidió que la única forma de purgar esa "traición" era levantar un muro de hielo tan alto que ni siquiera la luz del sol pudiera atravesarlo. Si la tentación era el cuerpo de Anna, él se encargaría de convertir ese cuerpo en un desierto de indiferencia.
Bajó al comedor con el paso pesado de un verdugo. Anna ya estaba allí, sentada en su lugar habitual, revisando una tablet con una elegancia mecánica. Al verlo entrar, ella no levantó la vista, pero David notó un leve estremecimiento en sus hombros, una reacción física que él decidió aplastar de inmediato.
—Buenos días —dijo Anna, su voz modulada con esa precisión analítica que solía irritarlo, pero que hoy buscaba desesperadamente como un ancla.
David no respondió. Se sentó a la cabecera de la mesa, ignorando el plato de frutas que el servicio había dispuesto. El silencio se prolongó, volviéndose denso, casi sólido.
—Sobre lo de anoche... —empezó Anna, dejando la tablet sobre el mantel. Sus ojos verdes buscaron los de él, mostrando una vulnerabilidad humana que David se obligó a no ver—. Creo que el alcohol nos llevó a un terreno que no estaba en el contrato. Deberíamos establecer límites más claros para evitar... confusiones.
David levantó la mirada. Sus ojos grises eran dos láminas de metal frío, desprovistos de la chispa de deseo que había ardido horas antes.
—No hay nada que discutir, Anna —sentenció él, su voz cortante como un cristal roto—. Lo de anoche fue un error deplorable producto de la embriaguez. No volverá a ocurrir. De hecho, a partir de hoy, reduciremos nuestras interacciones al mínimo estrictamente necesario para las abuelas y los socios. No quiero que vuelvas a acercarte a mí fuera de los eventos públicos.
Anna sintió como si le hubieran dado una bofetada invisible. La frialdad extrema de David era un arma que ella no sabía cómo combatir. Había esperado rabia, quizás otra confrontación posesiva, pero este desprecio absoluto la hirió en un lugar que su lógica no podía proteger.
—Entiendo —respondió ella, y aunque su voz se mantuvo firme, sus dedos se cerraron con fuerza sobre la servilleta de lino bajo la mesa—. Supongo que tu "lealtad" hacia un fantasma es más fuerte que el respeto hacia la mujer que tienes enfrente.
David se puso de pie bruscamente, el sonido de la silla chirriando contra el mármol rompió la tensión de forma violenta.
—No hables de lo que no entiendes. Tú eres mi esposa por un acuerdo financiero. Ella... ella es algo que tú jamás podrías ser. No vuelvas a compararte, ni a intentar usar tus "artimañas" de mujer para confundirme. Mantén tu distancia profesional, Anna. Es lo único que sabes hacer bien.
Salió del comedor sin mirar atrás, dejando a Anna rodeada por el eco de sus palabras crueles.
Anna se quedó inmóvil, mirando el lugar vacío de David. Por primera vez, su mente analítica falló. No pudo procesar la magnitud del dolor que sentía. Había jugado a ser dos personas para conquistarlo, y ahora descubría que David estaba dispuesto a odiar a la versión real de ella para proteger el recuerdo de su propia mentira.
La sensualidad del beso de la noche anterior se había transformado en un veneno de culpa para él y en una herida abierta para ella. Anna sintió que su máscara de hielo empezaba a pesar demasiado. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido errático de su corazón, y por un segundo, se permitió odiar a la "mujer de la discoteca". Esa otra versión de sí misma era su mayor rival, la responsable de que el hombre que empezaba a amar la tratara como a una intrusa en su propia vida.
David, en su despacho, golpeó el escritorio con el puño. Se sentía un cobarde, pero la culpa era un grillete. Cada vez que recordaba el sabor de Anna, sentía que le fallaba a la extraña que huyó. No sabía que estaba huyendo de la luz para abrazar una sombra que tenía el mismo rostro, la misma piel y el mismo corazón que acababa de romper. El alejamiento de David no era protección; era el inicio de un abismo que amenazaba con tragarse lo poco que quedaba de su matrimonio de papel.