Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 18
—Voy a ir mañana a primera hora, mamá, en cuanto abran las puertas. No te preocupes por nada, yo me encargo de hablar con el tío Diego y sacar esos ahorros —aseguró Irina, limpiándose las lágrimas de la cara con una mano temblorosa, obligándose a sonar fuerte por su madre—. Tú solo mantente al lado de papá. Mantenlo fuerte por mí.
—Te amo, mi niña. Te mantengo informada de cualquier cambio —susurró su madre con la voz ahogada antes de cortar la comunicación.
La llamada terminó e Irina se quedó con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el silencio sepulcral de su departamento. La comida que había sacado seguía sobre la encimera y el vaso de agua estaba intacto, pero se le había cerrado el estómago por completo. El dolor y la impotencia la golpearon como una ola helada; el mundo entero parecía haberse puesto de cabeza en cuestión de minutos.
Hace un instante su mayor molestia eran los Rivera, el juego de poder de Damian y las amenazas en el lobby, pero ahora todo eso parecía una soberana ridiculez. La vida de su padre dependía de ella, de su rapidez y de ese dinero.
Se dejó caer en la silla donde había colgado su chaqueta, escondiendo el rostro entre las manos mientras dejaba salir los sollozos que había reprimido para no asustar a su mamá. Lloró con rabia, cansada de que el destino la pusiera a prueba una y otra vez en menos de cuarenta y ocho horas. Sin embargo, tras unos minutos de desahogo, Irina levantó la cabeza y se limpió las lágrimas con determinación. Sus ojos oscuros volvieron a reflejar esa fuerza indomable que nadie lograba doblegar.
No había tiempo para desmoronarse. Tenía una misión clara para la mañana siguiente.
Se puso de pie, caminó hacia su archivador y sacó los documentos personales que su tío Diego podría necesitar en el banco para agilizar el trámite. Mientras los organizaba sobre la mesa, su mirada se desvió inevitablemente hacia su bolso tirado. De un bolsillo lateral sobresalía la elegante tarjeta negra con letras doradas de Antonio, el magnate de la competencia, y sobre el mesón de la entrada descansaba el contrato de la Textilera Galo.
Irina apretó los dientes, sintiendo cómo una fría resolución se instalaba en su pecho. Ahora el trabajo ya no era solo una cuestión de orgullo profesional o una pasantía para lucirse; era la única forma de mantener a su familia a flote en Roma una vez que trajeran a su padre. Si tenía que tragarse su orgullo, si tenía que exigirle a Damian Galo un adelanto millonario por los derechos de su campaña de otoño o si tenía que usar las ofertas de la competencia para presionar, lo haría sin pestañear. Los Alfas de la ciudad creían que podían gobernar su vida, pero mañana descubrirían que una humana desesperada por salvar a su familia era el rival más peligroso de todos.
A la mañana siguiente, Irina casi no recordaba cómo había logrado conciliar el sueño. Se levantó antes de que saliera el sol, con una rigidez en el cuerpo que no se debía al cansancio físico, sino a la enorme tensión que cargaba en los hombros. Se vistió rápido, tomó la carpeta con todos los documentos y los estados de cuenta familiares, y salió de su departamento justo cuando la luz del amanecer empezaba a teñir las calles de Roma.
Llegó a la sucursal del banco veinte minutos antes de la hora de apertura. Se quedó de pie frente a las grandes puertas de cristal, viendo cómo el tráfico de la ciudad cobraba vida, con el corazón latiéndole a un ritmo frenético. En cuanto el guardia de seguridad giró la llave para abrir al público, Irina fue la primera en entrar.
Caminó directamente hacia el área de las oficinas ejecutivas, buscando con la mirada el cubículo de su tío. Al verlo organizar unos papeles detrás de su escritorio de madera, Irina sintió un pequeño alivio en el pecho.
—¿Irina? —preguntó el hombre, levantando la vista sorprendido al verla entrar a esa hora—. Pero mi niña, ¿qué haces aquí tan temprano? Tu mamá me mandó un mensaje anoche sobre el accidente, pero...
—Tío Diego, por favor —lo interrumpió Irina, sentándose frente a él y colocando la carpeta sobre el escritorio con manos temblorosas—. Necesito que me ayudes a liberar los ahorros de mis padres hoy mismo. Mi mamá me llamó desesperada. No tienen los fondos suficientes para costear la clínica allá, y el papeleo internacional para trasladar a mi papá es una pesadilla. Urge transferir ese dinero para traerlo en un avión médico a Roma.
El rostro del tío Diego se ensombreció de inmediato. Dejó los papeles a un lado, entrelazó sus manos sobre el escritorio y soltó un suspiro pesado que heló la sangre de Irina.
—Irina... me mata tener que decirte esto en un momento tan delicado —empezó a decir su tío con la voz baja y llena de pesar—. Pero esa cuenta de ahorros mancomunada tiene una cláusula de protección a plazo fijo que tus padres firmaron el año pasado. Para liberar un monto tan alto antes de la fecha de vencimiento, se necesita la firma física y presencial de ambos, o en su defecto, una orden notarial apostillada desde el consulado donde están.
—¡Pero mi papá está grave en un hospital, tío! —exclamó Irina, sintiendo que la desesperación le cerraba la garganta—. No hay tiempo para trámites consulares ni apostillas. ¡Cada hora cuenta! Debe haber una forma, tú eres el gerente de esta sección.
—Aunque sea el gerente, el sistema central del banco bloquea los fondos automáticamente si no se cargan las firmas digitalizadas con el validador oficial —explicó Diego, mirándola con profunda impotencia—. Si meto mano para saltarme el protocolo, la alerta saltaría en la auditoría central y congelarían los fondos por sospecha de fraude durante treinta días. Eso sería peor, Irina. Lo único que puedo hacer es agilizar la solicitud desde aquí para cuando consigas el documento del consulado, pero eso tardará al menos tres o cuatro días hábiles.
Tres o cuatro días. Su padre no tenía ese tiempo.
Irina se quedó congelada en la silla, sintiendo que el piso se desvanecía bajo sus pies. El único recurso seguro que tenían para salvar la vida de su papá acababa de quedar atrapado en una red de burocracia bancaria imposible de romper en veinticuatro horas.
Se puso de pie lentamente, guardando los documentos en la carpeta con movimientos automáticos, con la mente trabajando a mil por hora.
—Gracias por intentarlo, tío. Tengo que ver qué hago —dijo en un susurro, saliendo de la oficina antes de que su tío pudiera detenerla.
Al salir del banco, el aire de la mañana la golpeó con fuerza. Irina apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo. La desesperación inicial se transformó rápidamente en una resolución fría y peligrosa. Sus ahorros estaban bloqueados, pero ella tenía una de las campañas más valiosas de la moda de Roma en sus manos, y dos Alfas multimillonarios obsesionados con su talento y su lealtad.
Miró su reloj: eran casi las diez de la mañana. Ya iba tarde para su horario en la textilera, pero el miedo a Vittoria o a los Rivera había desaparecido por completo. Caminó a paso firme hacia la estación del metro. Si tenía que usar el valor de sus diseños como moneda de cambio para salvar a su padre, lo haría. Damian Galo iba a tener que pagar el precio más alto por tenerla a su lado.