Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.
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Capítulo 14 - Juramento de sangre
Damaris recibió a Beatriz el primer lunes después de la Epifanía.
Las celebraciones de diciembre habían permitido que ambas pospusieran el encuentro. Siempre había una misa, una recepción o un invitado capaz de servir como excusa. Enero, en cambio, había limpiado el calendario. La ciudad amaneció cubierta por una niebla salada y las dos mujeres se quedaron sin lugares donde esconder su conversación.
Damaris ordenó servir el té en el invernadero.
No eligió aquel sitio por intimidad. Lo eligió porque Beatriz detestaba el perfume de las magnolias.
Los árboles cultivados bajo cristal no tenían flores en invierno, pero Damaris conservaba pétalos secos dentro de latas herméticas. Pidió a la cocinera que añadiera dos al agua. El aroma resultante era tenue, dulce y ligeramente podrido, como una carta de amor abierta después de muchos años.
Beatriz llegó vestida de negro.
No llevaba luto. Hacía tiempo que había comprendido que ciertos colores permitían ocultar mejor las manchas.
—Gracias por venir —dijo Damaris.
—Tu nota no parecía una invitación.
Damaris señaló la silla frente a ella. Entre ambas, la mesa de hierro sostenía una tetera blanca, dos tazas y un plato de pastas de almendra que ninguna tocaría.
—Eduardo está haciendo preguntas —dijo.
Beatriz no se sentó inmediatamente.
—Eduardo lleva siete años haciéndolas.
—Ahora utiliza a Ernesto. Revisa agentes, rutas y nombres de capitanes. Guillermo cree que se interesa por la tabacalera. Yo no.
—Quizá deberías sentirte orgullosa. Tu futuro yerno muestra iniciativa.
—No vine a escuchar ironías.
—Yo sí vine a servirlas.
Beatriz ocupó la silla. Damaris llenó las tazas. El vapor subió entre las dos y llevó consigo el perfume de magnolia.
La mano de Beatriz se detuvo sobre el mantel.
—No deberías preparar esto.
—Es solo té.
—Nunca fue solo una flor para ti.
Damaris contempló los pétalos hinchados que flotaban en la tetera. Había llevado una magnolia en el cabello la primera noche. Blanca, recién cortada, sujeta detrás de la oreja con un alfiler de perla. Después la flor quedó aplastada contra el suelo de la capilla, empapada en algo más oscuro que el agua bendita.
—Necesito que Guillermo mantenga el acuerdo —dijo.
—El contrato está firmado.
—Los contratos pueden romperse. Los hijos también.
Beatriz levantó la taza, pero no bebió.
—Diane no ama a Eduardo.
—El amor no figura entre las cláusulas.
—Y Eduardo está buscando a su hija.
Damaris sostuvo la mirada de Beatriz.
—No digas esa palabra aquí.
—¿Hija?
El cristal del invernadero devolvió la palabra en un eco casi imperceptible.
—Si Guillermo descubre que lo ayudas, no podré protegerte.
Beatriz dejó la taza.
—Nunca me has protegido.
El perfume de magnolia pareció espesarse.
Damaris regresó, sin desearlo, a la capilla de San Jerónimo.
Habían pasado veinticuatro años. Entonces Damaris tenía diecisiete y Beatriz diecinueve. Sus familias asistían a retiros en la casa religiosa durante el verano. El padre Ramón confesaba a las muchachas por la tarde y elegía para las conversaciones privadas una sacristía sin ventanas.
Beatriz comenzó a cambiar aquel verano.
Dejó de reír durante la cena. Se negaba a entrar sola en la iglesia y quemó una mantilla porque conservaba, según dijo, el olor del incienso. Cuando Damaris preguntaba, respondía que estaba enferma. Todos aceptaban la explicación porque la enfermedad de una joven resultaba más cómoda que la culpa de un sacerdote.
La noche de la magnolia, Damaris siguió a Beatriz.
La vio atravesar el claustro y entrar en la sacristía. Esperó junto a la puerta. Al principio solo oyó la voz grave del padre Ramón. Después, un banco arrastrándose. Luego Beatriz dijo no.
Una vez.
Dos veces.
A la tercera, Damaris entró.
Ramón tenía una mano cerrada alrededor de la muñeca de Beatriz y la otra sobre su boca. La casulla abierta dejaba ver la camisa. En el suelo había un rosario roto. Beatriz sangraba por el labio.
—Sal de aquí —ordenó el sacerdote.
Damaris tomó el primer objeto que encontró sobre la mesa: un crucifijo de bronce utilizado durante las procesiones.
—Suéltala.
Ramón soltó a Beatriz y avanzó hacia ella.
—No comprendes lo que has visto.
—He comprendido suficiente.
El sacerdote intentó quitarle el crucifijo. Damaris lo sujetó con ambas manos. Forcejearon junto a los escalones del presbiterio. Ella recordaba el aliento de vino de Ramón, la piel húmeda de sus dedos y el sonido del alfiler cuando la magnolia se desprendió de su cabello.
Beatriz gritó.
Damaris empujó.
Ramón cayó hacia atrás.
El borde de piedra del primer escalón recibió su nuca. El golpe fue pequeño, casi decepcionante. Un sonido seco. Nada parecido a los truenos con que Dios castigaba a los culpables en los sermones.
El sacerdote abrió los ojos, pero ya no miraba.
La sangre avanzó bajo su cabeza y alcanzó la magnolia caída.
Beatriz fue la primera en arrodillarse.
—Está muerto.
Damaris todavía sostenía el crucifijo.
—Nosotras no hicimos nada.
—Lo empujaste.
—Porque estaba atacándote.
—Nadie creerá eso.
Beatriz conocía a la familia de Ramón. Su hermano presidía el consejo municipal. Dos primos trabajaban para el obispado. El sacerdote había confesado a mujeres durante quince años y construido una reputación con los silencios de aquellas a quienes lastimaba.
Damaris miró la puerta abierta. Más allá, el claustro seguía vacío.
—Ayúdame a moverlo.
En el extremo de la capilla se realizaban reparaciones. Los obreros habían levantado varias losas y dejado una cavidad destinada a una tubería. Las muchachas arrastraron el cuerpo sobre una alfombra. Ramón era más pesado muerto, como si todos sus pecados hubieran regresado al cuerpo de una sola vez.
Beatriz lloraba sin ruido. Damaris no lloró. Dio instrucciones.
Bajaron el cadáver a la cavidad. Colocaron con él el rosario roto y la casulla manchada. Damaris quiso arrojar también el crucifijo, pero Beatriz se lo quitó.
—No —dijo—. Esto demuestra que intentaste ayudarme.
—También demuestra que estuvimos aquí.
Al final lo acomodaron en la cavidad, envuelto en el pañuelo de Beatriz. Cubrieron el cuerpo con tablas y tierra. Al amanecer, los obreros colocaron una losa nueva sin saber que sellaban una tumba.
A media mañana descubrieron la ausencia del sacerdote. El superior registró su habitación y encontró dinero, una botella vacía y cartas de mujeres cuyos nombres nadie leyó en voz alta. La versión más cómoda nació antes del almuerzo: Ramón había huido con fondos de la parroquia.
Interrogaron a las muchachas por separado. Beatriz no consiguió dejar de temblar. Damaris contó que ambas habían pasado la noche en el dormitorio, bordando hasta tarde. Describió el dibujo del mantel, la hora en que apagaron la lámpara y una conversación inventada sobre vestidos. Mintiera con tanta serenidad que la religiosa terminó ofreciéndole una pasta de miel.
Fue entonces cuando Damaris descubrió que la verdad no siempre vencía. A menudo solo aguardaba a que alguien construyera una mentira más habitable.
Antes de separarse, Beatriz cortó la palma con un fragmento del rosario y entregó el vidrio a Damaris.
—Nuestra sangre guarda la verdad —dijo.
Damaris se hizo el mismo corte.
Unieron las manos sobre el crucifijo.
—Ninguna hablará —juraron.
Durante años, Damaris creyó haber protegido a Beatriz.
Luego aprendió que una verdad guardada adquiría valor.
El presente regresó con el sonido de una cucharilla contra porcelana.
Beatriz continuaba frente a ella, más pálida que cuando llegó.
—Tú me pediste ayuda aquella noche —dijo Damaris.
—Me pediste que te ayudara a ocultarlo.
—Te habrían acusado de seducirlo. Tu padre te habría encerrado antes de permitir que el apellido apareciera en un juicio.
—Lo sé.
—Entonces no digas que nunca te protegí.
Beatriz miró su mano derecha. La cicatriz de la palma era ya una línea blanca, pero el pulgar la recorrió como si aún doliera.
—Proteger a alguien no te convierte en su dueña.
—No soy dueña de nada. Guillermo lo es. Por eso necesito que sostengas el acuerdo.
—Ya conseguí que aceptara a Diane.
—Conseguirás que mantenga a Eduardo dentro del camino. Sin investigaciones que pongan en peligro el matrimonio. Sin escándalos sobre Isabel ni la niña.
—Me pides que abandone a mi hijo.
—Te pido que protejas a ambas familias.
—No. Me recuerdas que puedes denunciarme.
Damaris tomó su taza.
—El padre Ramón murió en tus brazos. Tu pañuelo quedó con el cuerpo. Tu sangre permanece en el crucifijo.
—Y tus manos lo empujaron.
—Mi apellido no controla jueces. El tuyo sí. ¿A cuál de las dos crees que llamarían asesina?
La crueldad de la pregunta no hizo que Damaris apartara la mirada. El miedo era una herramienta. Había salvado a Diane del hambre, a Ernesto de la quiebra y a cincuenta y tres familias del desempleo. Si necesitaba utilizarlo una vez más, se dijo que aquello no la convertía en monstruo. Solo en la única persona dispuesta a hacer lo necesario.
Beatriz se levantó.
—Hablaré con Eduardo. No prometo detenerlo.
—No es suficiente.
—Es cuanto recibirás.
Damaris abrió el relicario que llevaba al cuello. Dentro conservaba una magnolia seca y un trozo ennegrecido del rosario de Ramón.
—Podría contarle a Guillermo por qué temes tanto a las capillas.
Beatriz contempló el relicario. Algo cambió en su rostro. El miedo no desapareció; se hundió hasta un lugar más frío.
—Hazlo —dijo.
Damaris no esperaba la respuesta.
—¿Qué?
—Cuéntaselo. Y cuando pregunte por qué guardaste durante veinticuatro años la prueba de un crimen, explícale que necesitabas conservarme obediente.
Beatriz se inclinó sobre la mesa. El vapor de magnolia dividió su rostro en dos mitades.
—Los favores, Damaris, se cobran dos veces. Primero cuando se conceden. Después, cuando alguien decide recordar el precio.