Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 8
Durante los dos días siguientes, la pequeña cueva del Bosque de la Niebla de Sangre se convirtió en el escenario de una convivencia de lo más peculiar. Aquiles, debido a la gravedad de su herida y al desgaste que su cuerpo experimentaba al procesar los últimos residuos de la neurotoxina, se vio obligado a permanecer en su forma animal. Las alas le pesaban demasiado y su cuerpo demandaba un reposo absoluto que su instinto de guerrero detestaba, pero que su sensatez militar le obligaba a aceptar.
Así que se dedicó a observar.
Desde su rincón, con la cabeza apoyada sobre sus garras y sus agudos ojos dorados siempre semicerrados para no parecer demasiado obvio, Aquiles no perdió detalle de cada movimiento de Serena. Al principio, pensó que se trataba de una hembra serpiente común con algo de suerte, pero pronto se dio cuenta de que Serena era un enigma fascinante, una criatura que desafiaba toda lógica de este mundo.
Le maravillaba la forma en que tenía organizada lo que ella llamaba su "cocina". En lugar de amontonar los alimentos en el suelo para que se pudrieran o fueran devorados por los insectos, Serena había diseñado estanterías rudimentarias suspendidas con lianas y cañas de bambú. Clasificaba los tubérculos por tamaño, secaba las hierbas medicinales boca abajo en la zona más ventilada de la cueva y mantenía sus utensilios de piedra y madera impecablemente limpios.
Pero lo que más le desconcertaba era su método para purificar el agua. Aquiles la observaba verter el líquido marrón y turbio del riachuelo en la parte superior de ese extraño cilindro de bambú que había montado en la entrada. Veía cómo el agua se filtraba a través de las piedras, la arena y el carbón triturado, para luego salir por la base tan cristalina como el rocío de la mañana. En su mente de guerrero, el agua se bebía tal como se encontraba, y si te enfermabas, era simplemente porque tu espíritu era débil. Ver a Serena desafiar esa "ley natural" con un par de piedras y un trozo de tela cortado de su faja de lino lo dejaba sin palabras.
Y luego estaba su extraña costumbre de hablar sola. Serena no guardaba el respetuoso y temeroso silencio que las hembras de la tribu solían mantener en presencia de un macho dominante. Ella hablaba con el viento, con las plantas, con el horno de barro y, la mayoría de las veces, consigo misma, usando palabras sumamente extrañas que Aquiles jamás había escuchado en todo el continente de las bestias.
—A ver, mi querido caldo —decía Serena mientras revolvía un cuenco de piedra con una cuchara de madera tallada—. Hoy te falta un poco de cloruro de sodio y tal vez una pizca de carbohidratos complejos. Pero bueno, con este suelo tan ácido y la falta de un supermercado decente, bastante bien estamos haciendo la fotosíntesis indirecta. ¿Verdad, pajarito?
Aquiles daba un leve parpadeo con sus ojos dorados, limitándose a emitir un suave y bajo siseo desde el fondo de su garganta a modo de respuesta.
—Sí, ya sé que no me entiendes nada de lo que digo —continuaba ella con una sonrisa ligera, dándole una palmadita al aire—. Pero hablar sola me ahorra las visitas al psicólogo, y como aquí no tengo televisión ni internet, eres mi único público cautivo. Así que te aguantas mis monólogos sobre termodinámica y bioquímica.
Al tercer día, sintiéndose un poco más recuperado y sumamente ansioso por la inactividad, Aquiles decidió que ya era hora de ponerse en pie. No podía seguir postrado como una cría desvalida. Esperó a que Serena saliera un momento a recolectar leña fina para intentar levantarse.
Apoyó sus enormes garras en el suelo de piedra de la cueva. Tensó los músculos de sus muslos y, con un tremendo esfuerzo que le hizo apretar el pico, comenzó a erguirse. Sus alas, pesadas y rígidas por la falta de uso, se abrieron de golpe de manera instintiva para ayudarle a equilibrar su enorme cuerpo.
Fue un error de cálculo monumental.
La envergadura de sus alas era demasiado grande para el estrecho espacio de la cueva. Con el primer aleteo torpe para no caerse, su ala izquierda golpeó la estantería de bambú, tirando al suelo un par de cuencos vacíos que tintinearon con estruendo. Desesperado por recuperar el equilibrio, Aquiles dio un paso hacia atrás y su enorme garra trasera estuvo a punto de aplastar y demoler el horno de cúpula de barro que Serena tanto esfuerzo había dedicado a construir junto a la entrada.
—¡EPA! ¡Quieto ahí, pollo enorme! —un grito autoritario y sumamente agudo resonó desde la entrada de la cueva.
Serena acababa de regresar, cargando un fajo de leña en sus brazos. Al ver la escena del desastre inminente, dejó caer la madera al suelo y se abalanzó hacia adelante con una velocidad pasmosa.
Aquiles se congeló en el acto, con un ala medio extendida y la otra pata suspendida a escasos centímetros del techo del horno de barro. Sus ojos dorados se abrieron de par en par, fijos en la pequeña silueta de la serpiente que ahora se paraba justo frente a su enorme pico, con los puños apoyados en las caderas y una expresión de indignación absoluta en el rostro.
—¡Ni se te ocurra dar un solo paso más! —lo regañó Serena, apuntándolo con un dedo acusador directamente a la cabeza—. ¡Cuidado con esas alas de avión que me traes! ¿Tienes idea de cuántas horas pasé amasando arcilla fría y paja con mis propias manos para levantar este horno? ¡Si rompes mi horno de barro, te convierto en nuggets de la cadena de comida rápida más grasienta de mi antigua vida, ¿me oyes?! ¡En nuggets de oferta de los miércoles!
Aquiles parpadeó, completamente desconcertado. No entendía qué era un "nugget" ni qué significaba "oferta de los miércoles", pero el tono de voz de Serena era universal: era el regaño de una madre enojada, de una jefa de sección implacable, de alguien que no le tenía el más mínimo respeto a su estatus de Dios de la Guerra.
Cualquier otro macho de su especie habría respondido con un rugido ensordecedor que habría hecho temblar las paredes de la cueva para reafirmar su dominio. Pero Aquiles, mirando el ceño fruncido de la hermosa serpiente y la forma tan graciosa en que defendía su pequeña creación de barro, sintió que la rabia se le evaporaba por completo. En su lugar, una extraña y profunda diversión le cosquilleó el pecho.
Lentamente, bajo la mirada atenta de Serena, Aquiles retrajo sus gigantescas alas doradas con sumo cuidado, pegándolas a su cuerpo para ocupar el menor espacio posible. Luego, con un movimiento que denotaba una sumisión inaudita para el general del Clan Águila, bajó la cabeza hasta que su pico casi rozó el suelo, emitiendo un pequeño y lastimero graznido de disculpa.
Serena lo observó por unos segundos, manteniendo su postura severa, pero al ver la enorme masa de plumas y músculos encogerse de esa manera tan adorable, no pudo evitar que la comisura de sus labios se elevara. Soltó un suspiro resignado y relajó los hombros.
—Ay, de verdad... eres un peligro para la propiedad privada, grandullón —dijo, acercándose para acariciarle suavemente el plumaje de la cabeza, justo entre las orejas emplumadas que se agitaron ante el contacto—. Está bien, te perdono por esta vez porque sé que estás aburrido de estar tirado en el suelo. Pero la próxima vez que quieras hacer estiramientos de yoga, me avisas y te ayudo a salir al aire libre, ¿trato hecho?
Aquiles volvió a emitir un sonido bajo y suave, frotando ligeramente su pico contra el brazo de Serena. La calidez de su piel y la suavidad de su tacto le provocaron un estremecimiento agradable que recorrió toda su columna.
—Y por cierto —añadió Serena con una sonrisa traviesa mientras recogía la leña que había tirado—, no soy tu cena, así que no me mires con esa cara de hambre. Bastante trabajo tengo ya manteniéndome con vida como para tener que preocuparme de terminar en el estómago de mi propio paciente. Anda, vuelve a tu rincón antes de que te canses más de la cuenta.
Aquiles obedeció de inmediato, acomodándose de nuevo en su rincón con una docilidad que habría dejado estupefactos a todos los guerreros de su clan. Mientras observaba a Serena encender de nuevo la fogata con total naturalidad, el imponente general comprendió que, de alguna manera, esa pequeña y audaz serpiente ya había comenzado a adueñarse de su indomable corazón.