Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 2. EL PESO DE LA CORONA
Por primera vez en mucho tiempo, me encontraba encabezando una junta en la oficina. Era algo que realmente no me gustaba. Siempre he odiado tener que hablar en público, incluso si ese público está compuesto por mis propios empleados. Siempre he preferido dirigir desde atrás, moviendo los hilos en la sombra, sin necesidad de ser la cabeza visible que se lleva todas las miradas.
Sin embargo, la situación por la que estaba atravesando la empresa era demasiado complicada. Debía ser yo mismo quien informara a los jefes de departamento sobre la realidad del negocio. Tenían que conocer las alarmantes cifras que estábamos manejando para que comprendieran que, en este preciso momento, necesitábamos aunar los esfuerzos de todos si queríamos sobrevivir.
Estábamos enfrentando la entrada del otoño y las finanzas seguían sin mejorar. Lográbamos mantener a nuestros clientes habituales, pero las campañas que nos encargaban ya no eran suficientes para sostener los gastos fijos. El país entero atravesaba una gran crisis económica y eso hacía que el consumo general fuera menor. Lo primero que recortan las empresas en tiempos difíciles es la publicidad; prefieren reducirla a simples carteles y breves anuncios digitales que renuevan muy de cuando en cuando.
La situación era preocupante. Teníamos que abrirnos de inmediato a un mercado de clientes mucho más grandes, corporaciones que necesitaran realizar varias campañas publicitarias de gran presupuesto al año. Sabía que eso supondría el triple de trabajo para el equipo, pero era la única forma de mejorar nuestros números sin tener que abandonar a las pequeñas empresas familiares que nos habían apoyado desde el principio. La agencia que fundó mi padre tenía que cambiar y crecer para adaptarse a los nuevos tiempos, o moriría.
Aún recuerdo la primera vez que vine a trabajar aquí. Tenía poco más de dieciséis años y las vacaciones de verano acababan de comenzar. Le dije a mi padre que quería pasar mis meses libres trabajando en la empresa. Él sonrió con orgullo y me ofreció una silla a su lado en el despacho presidencial, pensando que, como algún día iba a dirigirla, querría aprender el oficio desde arriba.
Para su sorpresa, le pedí empezar desde el puesto más bajo disponible. Quería conocer la empresa desde todas las perspectivas posibles. Sentía que el día que me tocara encabezarla, debía saber exactamente qué significaba y cuánto costaba cada puesto de trabajo. Así que aquel verano lo pasé limpiando los despachos y los servicios.
Cuando el verano terminó y tocó volver al instituto, me negué a dejar el trabajo. Había empezado a valorar lo que significaba tener un sueldo propio; me hacía sentir independiente y capaz de pagarme mis propios hobbies. Conforme pasaron los años, a la vez que cursaba mis estudios en la universidad, fui rotando por cada área: fui recepcionista, secretario, auxiliar contable y auxiliar creativo.
Al terminar la carrera, pasé a ser el asistente directo de mi padre para aprender a dirigir la empresa. A pesar de todo ese esfuerzo que cargaba a mis espaldas, sabía que la mayoría de mis empleados pensaban que yo era solo el niño mimado de papá, alguien que había recibido el trono en bandeja de plata y que no valoraba el esfuerzo ajeno. Nada más alejado de la realidad.
Hace cinco años, mi padre sufrió un accidente de tráfico. Aunque por fortuna no fue grave, afectó levemente su movilidad. Fue entonces cuando decidió que era momento de jubilarse y me nombró director general de la empresa. Desde ese instante, intenté mantenerme fiel a su manera de trabajar y a su visión humana de los negocios.
El problema es que los tiempos cambian demasiado rápido. La tecnología se actualiza de un día para otro y nosotros nos hemos quedado un paso por detrás, volviéndonos invisibles para las grandes compañías. Hasta hace un par de años no me preocupaba, pero con las dificultades económicas actuales, los encargos no han dejado de bajar.
Y aquí me encontraba ahora, de pie en la sala de juntas, frente a las personas que dependían de mi gestión y sin saber muy bien cómo empezar. ¿Cómo podía explicarles lo que le estaba pasando a nuestra empresa sin sembrar el pánico? ¿Cómo decirles que si no conseguíamos que Sailing Dreams, la mayor agencia de ocio del país, formara parte de nuestra cartera de clientes, empezarían a llover los despidos masivos?
Tomé una respiración profunda, ajusté mi chaqueta y clavé mi mirada en los presentes, deteniéndome un segundo más en Sofía, quien parecía algo inquieta.
—Primero de todo, quiero agradecerles la rápida asistencia dado que se les ha avisado de esta reunión a primera hora de la mañana —comencé a hablar, forzando una voz firme y segura—. Pero es estrictamente necesario hacerles partícipes de la preocupante situación que está atravesando la empresa.
Hice una pausa mientras Tom, con rostro serio, se levantaba para repartir el material.
—En este momento, Tom, nuestro director del departamento de contabilidad, les está haciendo entrega a cada uno de una carpeta que contiene un informe exhaustivo de las cuentas de la empresa. Si lo abren por la página ocho, observarán una tabla comparativa con las cifras de los años anteriores y las del año actual.
Esperé a que se escuchara el crujido de las hojas al pasarse.
—Si se fijan en el gráfico, la curva va en un rápido descenso, sobre todo en los últimos meses. Si esto continúa así, según los cálculos efectuados por el área contable, en dos o tres meses tendremos que empezar a prescindir de personal. Para evitar todo esto, necesitamos con urgencia atraer a clientes más grandes que requieran un mayor volumen de campañas. Una de esas empresas es Sailing Dreams.
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala.
—Actualmente van a lanzar un nuevo formato vacacional y necesitan una campaña publicitaria sin precedentes. La agencia que solía trabajar con ellos está en quiebra debido a una mala gestión, por lo que buscan un nuevo aliado. Tienen muchas propuestas sobre la mesa, pero gracias a un buen amigo, hemos conseguido una entrevista con ellos dentro de dos semanas para presentarles un proyecto.
Apoyé mis manos sobre la mesa, mirando fijamente a cada uno de los directores.
—Por ello, les pido la máxima cooperación y, sobre todo, absoluta discreción. El resto de los empleados no debe saber nada de la crisis por el momento para evitar el caos. Eso es todo por ahora, pueden volver a sus puestos de trabajo. Salvo la señorita Sofía. Quédese, por favor, tenemos que hablar a solas sobre la campaña.