Holaaa regrese con una nueva hosyrtoa que espero que les encante
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4
La noche cayó sobre Valdoren con una calma engañosa.
El ataque del trol había dejado marcas profundas en la pequeña aldea. Varias viviendas permanecían con los techos destruidos, los corrales seguían vacíos y el miedo se había instalado en los ojos de cada habitante.
Por primera vez en generaciones, las puertas permanecían cerradas antes de que el sol desapareciera.
Nadie quería volver a mirar hacia el bosque.
Dentro de la modesta casa de los Devane, el aroma de un guiso de verduras y pan recién horneado llenaba la cocina.
Elenna colocó los platos sobre la mesa mientras Rowan terminaba de encender la chimenea.
—Hoy comeremos juntos... como cuando eras niña —dijo el hombre con una sonrisa cansada.
Laira intentó corresponderle.
Desde el ataque apenas había pronunciado unas cuantas palabras.
No podía olvidar aquellos ojos.
Los del Archimago.
Había algo en ellos que la inquietaba.
No eran crueles.
Tampoco bondadosos.
Eran los ojos de alguien que había visto demasiados siglos pasar.
Alguien incapaz de sorprenderse por el dolor.
—¿Sigues pensando en él? —preguntó Elenna mientras servía la sopa.
Laira levantó la mirada.
—¿Es cierto todo lo que dicen?
Su madre intercambió una breve mirada con Rowan.
Los dos parecían debatirse entre responder... o guardar silencio.
Finalmente fue Rowan quien habló.
—Las historias siempre exageran.
—No todas —respondió Elenna en voz baja.
Laira frunció el ceño.
—¿Lo conocen?
—No personalmente.
—Pero sí conocemos su historia.
La joven dejó la cuchara sobre la mesa.
Desde pequeña le habían fascinado las leyendas.
Y la forma en que su madre había pronunciado aquellas palabras hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.
Elenna permaneció unos segundos observando el fuego de la chimenea antes de comenzar.
—Cuando yo era niña, mi abuela solía contar una historia que todos los ancianos del valle conocían.
Decía que hace muchísimos siglos existió un joven hechicero cuyo talento superaba al de cualquier otro mago.
Era brillante.
Valiente.
Y, según cuentan, también tenía un corazón noble.
Laira escuchaba sin pestañear.
—Pero estalló una guerra.
Una guerra tan terrible que los reinos estuvieron al borde de desaparecer.
El joven mago hizo todo cuanto pudo para salvar a su pueblo.
Sin embargo...
la magia nunca era suficiente.
Cada victoria traía nuevas pérdidas.
Cada batalla le arrebataba a alguien.
Dicen que una noche, desesperado, aceptó un antiguo ritual prohibido.
Un hechizo capaz de convertirlo en el mago más poderoso del mundo.
Pero toda magia exige un precio.
—¿Qué tuvo que entregar? —preguntó Laira casi en un susurro.
Elenna sostuvo la mirada de su hija.
—Su corazón.
La habitación quedó en silencio.
Solo el crepitar de la leña acompañaba las palabras de la mujer.
—No hablo del órgano.
Hablo de todo aquello que nos hace humanos.
Su capacidad de amar.
De sentir compasión.
De llorar.
Desde aquella noche se convirtió en el protector del Imperio...
pero también en el hombre más temido del continente.
Dicen que nunca sonríe.
Que jamás perdona.
Que para él una vida vale exactamente lo mismo que mil, si con ello protege el equilibrio de la magia.
Laira sintió un nudo en la garganta.
Aquella descripción coincidía demasiado con el hombre que había visto esa tarde.
—¿Y qué ocurrió después?
Elenna sonrió con melancolía.
—Ahí es donde empieza la parte que nadie sabe si es una leyenda... o una profecía.
Mi abuela decía que algún día aparecería una joven capaz de devolverle aquello que perdió.
No con un hechizo.
No con una espada.
Sino recordándole cómo era sentir.
Laira soltó una pequeña risa.
—Eso suena más a un cuento romántico que a una leyenda.
—Quizá lo sea.
O quizá las mejores leyendas siempre esconden una parte de verdad.
La conversación terminó allí.
Pero las palabras de Elenna permanecieron dando vueltas en la mente de Laira durante toda la noche.
A la mañana siguiente, incapaz de permanecer encerrada, Laira tomó su cesta de hierbas y se internó nuevamente en el bosque.
El aire olía a tierra húmeda.
Todo parecía haber recuperado la calma.
Sin embargo...
ella tenía la extraña sensación de que alguien la observaba.
Sacudió la cabeza.
—Solo son los nervios...
Continuó caminando hasta escuchar un sonido.
No era el canto de un ave.
Tampoco el rugido de un animal.
Era un relincho.
Débil.
Doloroso.
Laira dejó caer la cesta y comenzó a seguir el sonido entre los arbustos.
Lo encontró en un pequeño claro.
Un joven pegaso de pelaje completamente negro y alas enormes yacía atrapado entre las raíces de un viejo roble caído.
Una de sus alas sangraba.
El animal mostró los dientes al verla y agitó las alas con desesperación.
—Tranquilo...
No voy a hacerte daño.
El pegaso relinchó con fuerza.
Laira avanzó muy despacio.
Sus movimientos eran suaves.
Sin amenazas.
Sin miedo.
Cuando por fin estuvo lo bastante cerca, extendió lentamente la mano.
El animal dejó de resistirse.
Sus enormes ojos plateados se clavaron en los de la muchacha.
Por un instante...
el bosque entero quedó en silencio.
Laira sintió la misma calidez que había sentido al tocar el árbol antiguo.
Una energía suave recorrió su brazo.
Las heridas del pegaso comenzaron a cerrarse lentamente.
Las plumas dañadas recuperaron su brillo.
La sangre desapareció.
El animal parpadeó confundido.
Después apoyó la cabeza contra el hombro de Laira con una docilidad impropia de una criatura salvaje.
Ella sonrió sin comprender lo que acababa de ocurrir.
—Creo... que ya estamos empatados.
El pegaso soltó un pequeño resoplido, como si hubiera entendido cada una de sus palabras.
A lo lejos, ocultos entre la espesura, dos ojos dorados observaban la escena sin apartarse un solo instante de la muchacha.
Y cuando el pegaso inclinó la cabeza ante ella...
aquella presencia desapareció entre las sombras del Bosque Oscuro.
Porque la noticia que acababa de presenciar...
cambiaría el destino de todos los reinos.