El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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9: EL PRIMER "TE DESEO"
Tres semanas. Veintiún días durmiendo con el enemigo.
Veintiún noches mirando al techo, sabiendo que sus ojos grises me veían desde alguna cámara. Veintiún noches en las que su cuerpo estaba a centímetros, pero su voluntad era un muro de hielo.
Ya no lloraba. Aprender que él disfrutaba mis lágrimas me había secado por dentro. Ahora solo existía. Respiraba. Sobrevivía en la jaula de esmeralda.
Esa mañana bajé a desayunar. Él ya estaba ahí, leyendo el periódico como si fuera un marido normal. Como si no fuera mi carcelero. Como si no me hubiera confesado que veía hasta cómo me duchaba.
No me miró. “Siéntate. Come.”
Obedecí. El silencio era peor que los gritos. El sonido de los cubiertos contra la porcelana me taladraba el cráneo.
“Sábado”, dijo de pronto, sin levantar la vista del diario. “Iremos a la casa de campo. Mis padres quieren conocer a mi esposa.”
Se me heló la sangre. Sus padres. La familia de la Rosa. La realeza de este país.
“¿Para qué?”, la pregunta se me escapó, amarga. “¿Para exhibirme como trofeo? ¿Cómo la pobre que compraste?”
Él bajó el periódico. Lento. Y me miró. Esa mirada que desnudaba el alma.
“Para que entiendas en qué familia te metiste, Esmeralda”. Su voz era filo. “Y para que ellos entiendan que tú no eres Valeria. Que tú eres peor.”
¿Peor?
Antes de que pudiera preguntar, su celular vibró. Lo miró, frunció el ceño y se levantó. “Tengo una junta. Compórtate hoy. No me hagas ir a buscarte.”
Y se fue. Dejándome con el corazón desbocado y esa palabra en la cabeza. Peor.
Pasé el día como fantasma. La casa era enorme, vacía, llena de ojos invisibles. Para la tarde, no aguanté más. Necesitaba aire. Necesitaba no sentirme vista.
Salí al jardín trasero. El único lugar donde, ilusamente, creía que las cámaras no llegaban. Había una tormenta formándose. El cielo estaba negro. El aire, eléctrico.
Me quité los zapatos. La hierba húmeda bajo mis pies fue el primer alivio real en semanas. Cerré los ojos. Respiré. Por un segundo, no era la esposa de Emiliano de la Rosa. Solo era Esmeralda.
Un trueno rugió. Abrí los ojos.
Y él estaba ahí.
Bajo el arco de piedra, recargado, con las manos en los bolsillos. Sin traje. Camisa blanca, mangas arremangadas, mojada por la llovizna que empezaba a caer. Me estaba mirando. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?
“No deberías estar descalza”, dijo. Su voz compitió con otro trueno. “Te vas a enfermar.”
“¿Y te importa?”, escupí. La lluvia empezó a caer más fuerte, empapándome el vestido delgado. No me moví. “¿O solo te preocupa que tu propiedad se dañe?”
Él se apartó del arco. Caminó hacia mí bajo la lluvia. Cada paso era un latido en mi garganta.
Se detuvo frente a mí. La lluvia nos empapaba a los dos. Su camisa blanca se pegaba a su pecho, marcando cada músculo. El agua corría por su mandíbula, por su cuello. Se veía salvaje. Menos CEO. Más animal.
“Me importa”, dijo. Y su voz era ronca. Diferente. “Me importa cada maldita cosa que te pase, Esmeralda. Aunque me odies por eso.”
Alzó una mano. Pensé que me golpearía. Que me besaría a la fuerza otra vez. Cerré los ojos, esperando.
Su mano no fue a mi cara. Fue a mi pelo. Apartó un mechón empapado que se me había pegado a la mejilla. Su toque fue… suave. Casi tierno. Y eso me aterró más que su furia.
“¿Por qué?”, susurré, sin abrir los ojos. “¿Por qué me compraste? ¿Por qué yo?”
Su pulgar rozó mi pómulo. Temblando. ¿Él? ¿Temblando?
“Porque cuando te vi en esa galería”, su voz era un susurro roto por la lluvia, “con tu orgullo roto y tu dignidad intacta… supe que eras la única cosa en este mundo que no podía comprar. Y eso, Esmeralda…”
Abrió los ojos. Y lo que vi me rompió.
No había hielo. No había cálculo. Había fuego. Hambre. Obsesión pura.
“…eso me hizo desearte como no he deseado nada en mi maldita vida.”
Y entonces me tocó.
No fue un beso. Su mano bajó de mi cara a mi cuello. Luego a mi hombro. Sus dedos se clavaron en la tela mojada de mi vestido, justo en el tirante. No lo arrancó. Lo acarició. Su pulgar dibujó círculos en mi piel desnuda, justo donde el cuello se une con el hombro.
Un toque. Solo uno.
Pero fue como si me hubiera marcado con hierro.
Jadeé. El sonido se perdió en la tormenta. Mi cuerpo traicionero se arqueó hacia él, buscando más de ese contacto que quemaba.
Él lo vio. Lo sintió. Y sonrió. No su sonrisa cruel. Una sonrisa oscura. Victoriosa.
“Ahí está”, murmuró, su frente contra la mía. La lluvia nos ahogaba. “Esa es la Esmeralda que quería ver. La que me desea de vuelta aunque lo niegue.”
Me soltó tan brusco como me había tocado. El frío de la lluvia reemplazó el fuego de su mano.
“Nos vamos a la casa de campo en una hora”, dijo, su máscara de hielo volviendo a caer. “Sécate. Y ponte algo que yo no pueda romperte con solo mirarte.”
Se dio la vuelta y se fue. Dejándome temblando bajo la lluvia, con la piel ardiendo donde él me tocó y el eco de sus palabras envenenándome el alma:
Te deseo.
Él lo había admitido. Y peor: mi cuerpo lo había admitido también.