En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
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capitulo 20
El aire de la noche sobre el acantilado de Asque era helado, cortante como una hoja de afeitar. La niebla baja que solía cubrir el río gris se había disipado, dejando al descubierto la panorámica completa de la ciudad. Desde la altura de la torre oeste de la mansión, Asque parecía una cuadrícula de luces distantes, chimeneas humeantes y callejones oscuros donde la vida transcurría bajo la sombra constante de las patrullas de la Unión.
William llevó a Evelyn hasta el gran balcón de piedra que coronaba la torre. No usó la fuerza bruta, pero su presencia, erguida y tensa al lado de ella, era una muralla ineludible. El viento de la madrugada agitaba el vestido oscuro de Evelyn y despeinaba el cabello de William, cuya camisa negra permanecía entreabierta sobre el vendaje de su hombro herido.
Evelyn se abrazó a sí misma para protegerse del frío, manteniendo la vista fija en el abismo que se abría a sus pies.
—Mira allá abajo —ordenó William, señalando la extensión de la ciudad con la mano derecha—. Ese es el sector sur. El lugar por el que estás dispuesta a morir de hambre, por el que arriesgas la vida escondiendo suministros y protegiendo a traidores.
Evelyn no respondió; prefirió mantener los labios apretados, sabiendo que cualquier provocación encendería la frustración que emanaba del Comandante.
William dio un paso más hacia ella, acorralándola sutilmente contra la balaustrada de piedra pulida. La cercanía de su cuerpo trajo consigo el calor de su fiebre persistente y el olor a cuero y antiséptico. La confusión emocional que lo consumía desde el ataque a la mansión se reflejaba en la forma irregular de su respiración y en la vehemencia contenida de sus gestos.
—Estoy cansado de esta guerra entre nosotros, Evelyn —dijo él, y su voz, devorada en parte por el viento, sonó extrañamente humana, despojada del tono autoritario de las órdenes militares—. Cansado de que me mires como si fuera una peste, cansado de que busques veneno o dagas en cada rincón de esta casa. Te salvé la vida en la plaza, te traje a este lugar para protegerte del tribunal y te he dado un trato que ningún otro prisionero en la historia de la Unión ha tenido.
—Me diste una jaula de oro, William —replicó ella, girando la cabeza para mirarlo con dureza—. Y me pides que te agradezca la comida mientras mantienes a mi gente encarcelada en las mazmorras.
William apoyó ambas manos sobre la balaustrada, a cada lado del cuerpo de Evelyn, atrapándola en un marco de piedra y acero. Se inclinó hacia ella hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—Puedo darte todo Asque —susurró él, sus ojos azules brillando con un fervor obsesivo que rozaba la desesperación—. Puedo firmar el indulto de los prisioneros del sector cuatro mañana mismo. Puedo destinarse recursos de la capital para reconstruir las boticas de los barrios bajos, puedo frenar las patrullas nocturnas en tus calles. Puedo poner la autoridad de este uniforme a tus pies, Evelyn. Todo lo que pido a cambio es que te quedes aquí. Que te quedes a mi lado por tu propia voluntad, que dejes de luchar contra mí.
El ofrecimiento cayó sobre la noche con el peso de una tentación colosal. Aceptar significaba aliviar el sufrimiento de miles de inocentes, salvar la vida de sus compañeros de la resistencia y obtener una posición de poder inédita dentro de la tiranía de la Unión. Bastaba con dar un paso al frente, ceder a la atracción oscura que la ligaba a este hombre y aceptar el papel de consorte en la fortaleza.
Evelyn lo miró a los ojos. Vio en el azul de sus pupilas a un hombre dispuesto a quemar el mundo o a regalárselo con tal de no volver a quedarse solo en la oscuridad. Vio la obsesión desmedida de un niño que intentaba comprar con un imperio el afecto que la guerra le había arrebatado.
Lentamente, Evelyn levantó la mano y la apoyó sobre el pecho de él, sintiendo el latido pesado y acelerado de su corazón contra la seda de la camisa.
—Es una oferta tentadora, Comandante —dijo ella con una voz suave, casi piadosa, que hizo que William conteniera el aliento por una fracción de segundo—. Pero cometes un error. No puedes comprar la voluntad de alguien ofreciéndole trozos de la prisión que tú mismo construiste.
Se separó un centímetro de él, manteniendo la mirada firme.
—Prefiero mis cadenas en esta habitación a un trono construido sobre la sangre de mi gente —sentenció ella, las palabras saliendo heladas y definitivas—. No me quedaré a tu lado por voluntad propia jamás, William. Porque el día que acepte tu trono, me habré convertido en el mismo monstruo que tú eres.
El orgullo de William, cultivado a través de años de victorias militares y dominio absoluto, fue atravesado por la respuesta de Evelyn. La rigidez regresó a sus facciones en un instante; la vulnerabilidad expuesta se transformó en una helada coraza de furia contenida.
Sujetó a Evelyn del brazo con la firmeza justa para obligarla a alejarse del borde del balcón, arrastrándola de regreso hacia el interior de la torre.
—Entonces que así sea —dijo él, su voz convirtiéndose en un susurro gélido que retumbó en la escalera de piedra—. Rechazaste la única mano que podía salvar a tu gente.
La condujo de regreso a la habitación del ala norte con pasos rápidos y pesados. Al cruzar el umbral, la soltó con un gesto seco pero controlado. Evelyn trastabilló un paso antes de recuperar el equilibrio sobre la alfombra.
William se quedó en el umbral, con la mano apoyada en el marco de la puerta. Sus ojos azules la recorrieron una última vez, fríos, distantes y cargados de una determinación que ya no admitía réplica.
—No volverás a salir de esta habitación —declaró el Comandante, con la sentencia resonando en la estancia gótica—. No habrá más paseos por la galería, no habrá más visitas a mi despacho ni más negociaciones. Querías cadenas, Evelyn, y las tendrás. Pero asegúrate de entender algo: nunca vas a salir de esta mansión. Te quedarás aquí hasta que el último muro de esta ciudad se convierta en polvo.
William tiró de la pesada puerta de roble y la cerró de golpe. El sonido de la llave girando dos veces en la cerradura y el chasquido del cerrojo exterior de hierro sellaron el destino de Evelyn.
Se quedó de pie en medio del cuarto, escuchando los pasos distantes del Comandante alejarse por el pasillo, sabiendo que el límite de la obsesión se había traspasado y que la guerra entre ambos acababa de entrar en su fase más oscura.