Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.
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Capítulo 23
Capítulo 23: El emperador y la investigación
El silencio en la sala del trono era del tipo que precede a las ejecuciones.
Tres filas de columnas de mármol negro se alzaban hasta la bóveda dorada como costillas de una bestia colosal. Las antorchas ardían en soportes de hierro forjado, proyectando sombras largas y temblorosas sobre el suelo de obsidiana pulida. Al fondo, sobre un estrado de siete escalones, el Trono del León Dorado resplandecía bajo la luz de los candelabros con un brillo que parecía venir de dentro, como si el oro mismo estuviera vivo.
Y sobre el trono, inmóvil como una estatua tallada en piedra y rencor, el Emperador Josué observaba al hombre arrodillado ante él.
Josué tenía cincuenta y tres años. Las sienes grises le enmarcaban un rostro que alguna vez fue hermoso, pero que el poder y la desconfianza habían cincelado hasta convertirlo en algo más parecido a un arma que a una cara. La mandíbula cuadrada. Los pómulos altos. Y los ojos —esos ojos de halcón que habían visto caer dinastías, que habían ordenado purgas sin pestañear, que habían leído traición en sonrisas perfectamente inocentes— fijos en el jefe de espías con una intensidad que podría haber derretido acero.
—Repítelo —dijo Josué. Su voz no se elevó. No necesitaba elevarse. En treinta y un años de reinado, el emperador había descubierto que los hombres temían más un susurro calculado que un grito.
El jefe de espías, un hombre delgado como un filo de cuchillo al que llamaban «La Sombra», tragó saliva.
—Majestad. De los cinco asesinos capturados tras el atentado contra Su Alteza el príncipe, tres murieron antes del interrogatorio. Veneno. Llevaban cápsulas de cicuta negra cosidas en el forro de sus cuellos. Se las tragaron en el momento de la captura.
—¿Y los otros dos?
—Vivos, Majestad. Pero en estado de delirio. Los sanadores creen que también ingirieron algún tipo de sustancia, aunque en menor dosis. No son del todo coherentes. —La Sombra hizo una pausa, y cuando continuó, su voz descendió medio tono—. Sin embargo, en sus delirios, ambos repitieron lo mismo. Un nombre. No un nombre real. Un nombre en clave.
Josué no habló. No necesitaba hablar. Su silencio era una orden.
—«El Cuervo Negro» —dijo La Sombra—. Ambos lo mencionaron por separado, en momentos distintos, sin posibilidad de coordinación. «El Cuervo Negro nos envió. El Cuervo Negro pagó en oro imperial. El Cuervo Negro dijo que el príncipe no debía llegar al amanecer.»
El emperador no se movió. No parpadeó. Pero sus dedos, que descansaban sobre los brazos dorados del trono tallados en forma de garras de león, se cerraron lentamente hasta que los nudillos quedaron blancos.
—Un cuervo —murmuró—. Alguien se cree muy poético.
—Majestad, nuestros agentes ya están rastreando toda conexión posible. Pero el nombre no aparece en ningún registro previo. Es una red nueva, o una red que ha permanecido oculta durante años.
—Lo segundo es peor que lo primero —dijo Josué—. Una red nueva es torpe. Comete errores. Una red que ha sobrevivido años sin ser detectada... —Dejó la frase suspendida en el aire como una sentencia de muerte—. Quiero cada cuervo del imperio en una jaula antes de que termine la luna. Cada contacto, cada intermediario, cada moneda que haya cambiado de manos. Moviliza a todos los agentes de la Red Imperial. Todos.
La Sombra inclinó la cabeza hasta que su frente casi tocó el suelo.
—Será como ordena Su Majestad.
—Retírate.
Los pasos del jefe de espías se alejaron como un eco que se ahoga. La puerta de roble macizo se cerró con un sonido grave, definitivo, y el emperador quedó solo.
Solo con las columnas. Solo con las sombras. Solo con el peso de una corona que no se quitaba ni para dormir.
Josué se levantó del trono con la lentitud deliberada de un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no puede escapar. Bajó los siete escalones y caminó entre las columnas de mármol, sus botas resonando contra la obsidiana. En la penumbra, las columnas talladas con escenas de batallas antiguas parecían esconder figuras vivas entre los relieves. Los ojos del emperador las recorrieron una por una, como si de verdad esperara encontrar conspiradores agazapados detrás de cada una.
Alguien había intentado matar a su heredero.
No a un noble menor. No a un funcionario prescindible. A Federico. Al príncipe heredero del Imperio Dorado.
¿Por qué?
Josué llegó hasta el ventanal que dominaba el muro oriental de la sala. Desde allí podía ver la capital extendiéndose como un tablero de ajedrez: los distritos nobles al oeste, los mercados al sur, las barracas militares al norte. Cada cuadra era una pieza. Cada familia noble, un jugador. Y alguien acababa de hacer un movimiento que cambiaba la partida entera.
¿Era un intento de alterar la sucesión? ¿Algún primo lejano, algún bastardo ambicioso, algún general con delirios de grandeza que creía que eliminando a Federico podría sentar a su propia marioneta en el trono? ¿O era algo más sutil? ¿Alguien que no quería matar al príncipe, sino forzar la mano del viejo emperador? Provocar una reacción. Empujarlo a cometer un error.
Los ojos de halcón se entrecerraron.
—Quien seas —murmuró Josué al cristal frío—, me conoces muy mal si crees que voy a entrar en pánico.
Giró sobre sus talones.
—¡Guardia!
La puerta se abrió al instante.
—Que venga el príncipe Federico. Ahora.
***
Federico llegó en menos de un cuarto de hora.
Entró en la sala del trono con el paso firme de un soldado, no el andar cauteloso de un cortesano. Llevaba el brazo izquierdo vendado y sujeto con un cabestrillo de seda negra, pero su espalda estaba recta como el filo de una espada y sus ojos —los mismos ojos de halcón de su padre, aunque más jóvenes, menos envenenados por décadas de sospecha— sostenían la mirada imperial sin bajarlos.
Josué lo observó acercarse. Cada paso. Cada músculo. Buscando debilidad. Buscando miedo. No encontró ninguno.
«Bien», pensó el emperador. «Eso es lo mínimo que espero de mi sangre.»
—¿Cómo está el brazo? —preguntó Josué. La pregunta parecía casual. No lo era. Nada que saliera de la boca de este hombre era casual.
—Superficial —respondió Federico, deteniéndose a tres pasos del trono. No se arrodilló. El protocolo dictaba que el príncipe heredero solo debía arrodillarse en ceremonias formales. Pero ambos sabían que si Josué hubiera querido verlo de rodillas, habría bastado una mirada—. El acero no tocó hueso ni tendón. Los sanadores dicen que en dos semanas tendré movilidad completa.
—¿Y tus hombres?
—Dos heridos. Ninguno de gravedad. Alejandro Durán llegó a tiempo.
El nombre quedó suspendido entre ellos como una moneda lanzada al aire.
—Alejandro —repitió Josué—. Sí. Háblame de eso. ¿Cómo supo el Duque de Hielo que ibas a ser atacado?
Federico no vaciló. Había esperado esa pregunta.
—Recibió una carta anónima la mañana del atentado. La carta describía la ruta, la hora y el número aproximado de atacantes. Alejandro reunió a sus hombres y cabalgó hasta interceptarme.
—¿Una carta anónima? —Josué ladeó la cabeza. El gesto era casi felino—. ¿Sin sello? ¿Sin firma?
—Sin sello, sin firma, sin marcas identificables. Papel común. Tinta negra estándar. Sin particularidades caligráficas evidentes.
—¿Quién la entregó?
—Un mensajero callejero. Pagado en monedas de cobre. No recuerda al remitente. «Una figura con capucha», fue todo lo que dijo.
El emperador dejó escapar un sonido que no era exactamente una risa. Era algo más frío. Más cortante.
—Qué conveniente. Una carta anónima. Un mensajero fantasma. Y resulta que la información era perfectamente precisa. —Los ojos de halcón taladraron a su hijo—. ¿A quién sospechas?
Federico se tomó un instante antes de responder. No por duda, sino por precisión.
—Los asesinos no eran mercenarios comunes, padre. Su equipo era de calidad militar. Las ballestas tenían mecanismo de repetición, un diseño que solo fabrican tres armeros en todo el imperio, todos ellos bajo contrato exclusivo con familias mayores. Su coordinación táctica indica entrenamiento formal. Meses de preparación, como mínimo. —Hizo una pausa—. Esto no fue obra de una facción menor. Alguien con recursos considerables está detrás.
Josué asintió lentamente. Sus dedos tamborilearon sobre el brazo del trono.
—¿Y la carta? ¿Quién sería tan amable como para escribir una carta anónima salvando al príncipe heredero? —La ironía goteaba de cada palabra—. Solo hay dos posibilidades. O es un traidor dentro de las filas del enemigo, alguien que perdió los nervios en el último momento y decidió venderse... o quien escribió esa carta es alguien extraordinario. Alguien con acceso a información que no debería tener, con motivos que no podemos ver, y con la inteligencia suficiente para no dejar rastro.
Federico permaneció inmóvil. Pero algo se movió detrás de sus ojos. Un recuerdo. Un destello.
Lentamente, su mano derecha se deslizó hacia el interior de su jubón y extrajo un objeto pequeño, doblado con cuidado. Un pañuelo de seda. El color, púrpura pálido, estaba desvaído por los años hasta convertirse en algo entre lila y gris, como el cielo justo antes de un amanecer de invierno. En una esquina, bordadas con hilo de plata que aún conservaba un tenue brillo, había flores diminutas. Lirios del valle.
El emperador notó el gesto.
—¿Qué es eso?
La expresión de Federico cambió. Fue un cambio sutil —una ligera relajación de la mandíbula, un suavizamiento casi imperceptible en la línea de los labios— pero en un rostro entrenado para la impasibilidad, fue como ver una grieta abrirse en una muralla de acero.
—Hace cinco años —dijo Federico, y su voz descendió a un registro que Josué no le había escuchado usar jamás—, durante mi inspección de la frontera sur, me sorprendió una crecida repentina del río Ventana. El puente cedió. Caí al agua con dos de mis guardias. Ellos murieron.
Josué frunció el ceño. Recordaba el incidente. Lo había archivado como un percance menor, uno de los muchos riesgos de gobernar un imperio con fronteras salvajes.
—En el momento más crítico —continuó Federico, y sus dedos se cerraron alrededor del pañuelo con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la fuerza de sus manos de espadachín—, cuando la corriente me arrastraba hacia los rápidos y yo ya no podía luchar más, una mujer apareció. Llevaba el rostro cubierto con un velo. Me sacó del agua. Me arrastró hasta la orilla. Vendó la herida de mi cabeza con este pañuelo. —Levantó la seda pálida—. Cuando desperté, ella se había ido.
El silencio que siguió fue diferente al silencio habitual de la sala del trono. Era un silencio que contenía algo vivo.
—Cinco años —dijo Josué—. ¿Y no la has encontrado?
—No. He buscado en cada aldea de la frontera sur. He enviado agentes. He ofrecido recompensas discretas. Nada. —Federico giró el pañuelo entre sus dedos—. Solo sé una cosa de ella. Llevaba un perfume distintivo. Lavanda silvestre. Un aroma inconfundible, fresco y limpio, como...
Se detuvo.
Sus ojos, que habían estado fijos en el pañuelo, se abrieron imperceptiblemente. Una fracción de segundo. Un latido del corazón. Pero en ese latido, algo se conectó en su mente con la violencia de un rayo cayendo sobre un campo seco.
Lavanda.
La carta anónima. Cuando Alejandro se la había mostrado, cuando Federico la había sostenido entre sus dedos examinando cada detalle, había notado algo en el papel. Algo que descartó como irrelevante en el caos del momento. Un aroma tenue, casi fantasmal, atrapado entre las fibras del papel.
Lavanda silvestre.
El mismo aroma.
El corazón de Federico latió una vez, fuerte, como un tambor de guerra.
Pero el emperador ya se había levantado del trono. Josué caminaba hacia la pared norte de la sala, donde un mapa colosal del imperio cubría la piedra de suelo a techo. Ríos pintados en azul. Montañas en marrón. Fronteras en rojo. Territorios marcados con los blasones de las grandes familias como manchas de tinta sobre un pergamino demasiado disputado.
—No voy a tratar este atentado como un incidente aislado —declaró Josué, plantándose ante el mapa con las manos cruzadas detrás de la espalda. Su sombra se proyectaba sobre el imperio pintado como la silueta de un gigante—. Voy a usar esta oportunidad para investigar a fondo todas las facciones de la corte. Todas.
Su dedo señaló el territorio del noreste, marcado con un águila negra.
—Los Montalbán. Controlan las minas de hierro. Tienen ejército privado.
El dedo se movió al sur.
—Los Castellar. Tres generaciones de almirantes. La mitad de la flota imperial les es leal a ellos antes que a mí.
Al oeste.
—Los Navarra. Banqueros. El oro compra espadas, y ellos tienen más oro del que deberían.
Federico escuchaba, pero su mente estaba en otra parte. En un río desbordado cinco años atrás. En unas manos enguantadas que lo arrancaron de la muerte. En un aroma a lavanda que ahora ardía en su memoria como una brasa desenterrada.
—Quiero informes completos de cada familia mayor antes de que termine el mes —continuó Josué—. Movimientos financieros. Alianzas matrimoniales. Compras de armas. Viajes recientes. Todo. —Se volvió hacia su hijo—. Y tú, Federico, te recuperarás. Te necesito entero para lo que viene.
—Sí, padre.
La respuesta fue automática. Perfecta. Pero debajo de las palabras, debajo del tono firme y la postura militar, el príncipe heredero del Imperio Dorado estaba pensando en lavanda.
***
Al otro lado de la capital, en una sala de visitas que olía a té de jazmín y preocupación paterna, Serena Bridge miraba las manos de su padre.
El Conde Edmund Bridge tenía cincuenta y ocho años, pero sus manos parecían de setenta. Nudillos gruesos por la artritis. Venas marcadas como ríos en un mapa viejo. Manchas de tinta en los dedos índice y medio de la mano derecha, vestigios de un hombre que aún revisaba personalmente cada documento de sus dominios porque nunca confió del todo en los secretarios.
Y temblaban.
Las manos del conde Edmund temblaban mientras sostenía la taza de té, y Serena sintió algo afilado clavársele entre las costillas. No era un puñal. Era peor que un puñal. Era culpa.
En su vida anterior, nunca le dijo a su padre cuánto había sufrido. Sonreía en las visitas. Decía que todo iba bien. Mentía con la misma elegancia con la que bordaba, y su padre, un hombre recto y honesto pero no especialmente perceptivo, le creía. Hasta el final. Hasta que fue demasiado tarde.
Ahora, mirando las canas que cubrían sus sienes como escarcha temprana y las arrugas que el tiempo y la angustia habían grabado alrededor de sus ojos, Serena comprendió algo que en su primera vida no tuvo la lucidez de ver: su padre siempre supo. Quizás no los detalles. Quizás no la magnitud. Pero supo que su hija no era feliz, y ese conocimiento lo había envejecido más que cualquier enfermedad.
—Serena —dijo el conde, y su voz grave tembló en los bordes como un arco tensado al máximo—. Basta. Deja de malgastarte con ese canalla.
—Padre...
—Tu hermano mayor tiene razón. —Edmund dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco que hizo tintinear la porcelana—. Roland me escribió desde la frontera norte. Tres páginas. ¿Sabes lo que dice un general que apenas tiene tiempo para firmar sus propias órdenes cuando escribe tres páginas sobre su hermana pequeña? Dice que vales más que esto. Y tiene razón.
Los ojos de Serena ardieron. No lloró. Había gastado todas sus lágrimas en otra vida.
—Lo sé, padre. Ya lo sé. —Su voz fue suave, firme, y contenía algo que el conde no recordaba haber escuchado antes: control. No la resignación dócil de una esposa atrapada. Control. El tipo de control que tienen las personas que han decidido exactamente lo que van a hacer—. Estoy trabajando en ello.
Edmund la miró con la intensidad desesperada de un padre que siente que el tiempo se le escapa entre los dedos.
—Roland está dispuesto a representarte formalmente en un divorcio. Lo sabes, ¿verdad? Un general del ejército imperial respaldando la petición. Eso tiene peso.
—Lo sé.
—Y Sebastián... —El conde se inclinó hacia delante. Su voz bajó, como si temiera que las paredes escucharan—. Sebastián dice que como Gran Juez del Tribunal del Sur, puede asegurarse de que obtengas el máximo de derechos legales. Tu dote completa. Compensación por los años de matrimonio. Protección legal contra represalias de la familia Flores.
Serena sintió el calor de la gratitud expandirse en su pecho como un trago de vino caliente en una noche helada. Sus hermanos. En su vida anterior, cuando finalmente cayó, ellos habían rugido de rabia, pero ya era tarde. Esta vez no sería tarde. Esta vez ella no caería.
Pero todavía no podía irse.
—Padre. —Serena tomó las manos temblorosas de Edmund entre las suyas. Las sostuvo con firmeza, con la misma firmeza con la que una vez sostuvo un pañuelo empapado contra la herida de un desconocido en la orilla de un río—. Necesito un poco más de tiempo.
—¿Tiempo? ¿Para qué?
—Para terminar lo que empecé. —Sus ojos, oscuros y profundos como pozos sin fondo, sostuvieron la mirada de su padre sin vacilar—. Hay asuntos pendientes. Deudas que me deben. Cada persona que me debe algo... va a pagar. Hasta el último céntimo. Hasta la última humillación.
Edmund abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
No reconocía a su hija.
La Serena que él recordaba era dulce, obediente, la clase de muchacha que pedía permiso para salir al jardín. Esta mujer que tenía delante, con la espalda recta y los ojos llenos de un fuego oscuro y calculado, era alguien completamente diferente. Alguien que daba miedo y esperanza a partes iguales.
—¿Estás segura de lo que haces? —preguntó el conde en un susurro.
Serena sonrió. Era una sonrisa pequeña, precisa, sin un gramo de dulzura y con un kilo de determinación.
—Nunca he estado más segura de nada en mi vida, padre. En las dos que he tenido.
Edmund frunció el ceño, confundido por la última frase. Pero antes de que pudiera preguntar, Serena le sirvió más té, le preguntó por los cultivos de la temporada y desvió la conversación con una habilidad que habría hecho llorar de envidia a cualquier diplomático de la corte.
***
Esa noche, en un corredor del palacio imperial donde la luz de las antorchas no llegaba del todo, el Príncipe Federico estaba de pie junto a una ventana ojival.
Solo.
La capital se extendía ante él bajo un manto de estrellas y faroles. Los tejados de las mansiones nobles brillaban como escamas de un dragón dormido. Al este, distinguible por las torres gemelas que flanqueaban su entrada principal, la mansión del Marqués de Flores dormía en la oscuridad.
Federico levantó el pañuelo de seda púrpura.
La tela estaba gastada por cinco años de contacto con sus dedos. Los lirios del valle bordados habían perdido la mitad de sus pétalos de hilo. El color se había apagado hasta volverse casi transparente. Pero él conocía cada fibra, cada hilo, cada imperfección. Lo había guardado más cerca que cualquier medalla, que cualquier sello imperial, que cualquier joya de la corona.
—Lavanda —murmuró, y la palabra se condensó en el cristal frío como un fantasma efímero.
La carta anónima. El aroma atrapado en el papel. Lavanda silvestre. El mismo aroma exacto que durante cinco años lo había perseguido en sueños, en mercados, en cada habitación donde alguien encendía un ramillete de hierbas frescas.
Su instinto —ese instinto de cazador que había heredado de su padre pero que usaba con menos crueldad y más paciencia— le gritaba algo que su razón aún no se atrevía a confirmar.
La mujer que lo salvó del río. La persona que escribió la carta anónima. Eran la misma. Tenían que ser la misma.
Y si eran la misma...
Los ojos de Federico se clavaron en las torres gemelas de la mansión Flores, recortadas contra el cielo nocturno como dos dedos señalando al cielo.
... entonces estaba más cerca de lo que jamás imaginó.
El príncipe heredero cerró el puño alrededor del pañuelo y permaneció inmóvil junto a la ventana, mirando hacia el este, mientras la noche avanzaba y las estrellas giraban lentamente sobre un imperio que no sabía lo que se le venía encima.
gracias
quien es Leopoldo