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La Novia que Él Humilló

La Novia que Él Humilló

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Eva Belmont

Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.

Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.

Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.

Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.

Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.

Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.

Ahora, es ella quien decide.

NovelToon tiene autorización de Eva Belmont para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

El silencio de la mañana siguiente no era incómodo.

Era atento.

Isadora se despertó antes del despertador, los ojos abriéndose lentamente, como si el cuerpo necesitara tiempo para recordar dónde estaba. La habitación aún estaba envuelta por la penumbra suave del amanecer. Por algunos segundos, todo lo que ella sintió fue su propio corazón, demasiado calmo para alguien que había pasado la noche entera consciente de lo que casi había sucedido.

Casi.

La palabra resonó en su mente con una fuerza inesperada.

Ella se levantó despacio, evitando movimientos bruscos, como si el propio cuerpo pudiera denunciar el torbellino interno que intentaba mantener organizado. Fue hasta el baño, se lavó el rostro, encaró el espejo.

No había culpa reflejada allí.

Había claridad.

Isadora se reconocía. Y eso, por sí solo, ya era una victoria.

Se vistió con cuidado y salió de la habitación. La casa estaba silenciosa, pero viva. El olor a café recién hecho venía de la cocina. Miguel estaba despierto.

Ella lo encontró de espaldas, apoyado en el mostrador, camisa social clara, mangas dobladas, el semblante demasiado tranquilo para alguien que tampoco había dormido bien.

— Buenos días — ella dijo.

Miguel se giró lentamente.

— Buenos días.

La mirada entre ellos duró un segundo más de lo habitual. Ninguna incomodidad. Ninguna urgencia en romper el silencio.

— ¿Dormiste bien? — él preguntó.

Isadora asintió.

— Lo suficiente.

Miguel pareció entender todo lo que aquella respuesta contenía.

— ¿Café? — ofreció.

— Por favor.

Ellos se sentaron a la mesa, cada uno con su taza. El ritual era el mismo de otras mañanas, pero algo había cambiado. No era tensión. Era consciencia. Como si ambos estuvieran atentos a cada gesto, cada pausa.

— Sobre anoche… — Miguel comenzó.

Isadora levantó levemente la mano.

— Lo sé — dijo. — Y no creo que necesite volverse algo mayor de lo que fue.

Él la observó con atención.

— Concuerdo — respondió. — Pero tampoco quiero fingir que no sucedió.

Ella respiró hondo.

— No fue un error — dijo. — Fue una señal.

Miguel apoyó la taza sobre la mesa.

— ¿Una señal de qué?

Isadora pensó por algunos segundos antes de responder.

— De que estamos más próximos de lo que el acuerdo preveía — dijo. — Y eso exige cuidado. No alejamiento.

Miguel asintió lentamente.

— Exactamente lo que pensé.

Hubo un alivio silencioso entre ellos.

— Yo no quiero apresurar nada — ella continuó. — Pasé tiempo demás intentando caber en expectativas que no eran mías.

— Ni yo — él dijo. — Y no tengo interés en transformar eso en algo confuso.

Isadora sonrió levemente.

— Gracioso cómo lo confuso siempre parece más intenso.

— Y casi siempre más destructivo — completó él.

Después del café, cada uno siguió su rutina. Isadora fue para el trabajo con la mente más ligera de lo que imaginaba. No había ansiedad. Ni expectativa. Apenas una sensación extraña de estabilidad emocional.

Ella no se estaba perdiendo.

Estaba eligiendo.

En medio de la tarde, recibió un mensaje de Miguel.

“Voy a llegar más tarde hoy. No me esperes.”

Ella respondió casi de inmediato.

“Está bien.”

Y percibió que era verdad.

A la noche, Isadora llegó antes que él. Se bañó, se puso una ropa cómoda y fue para la terraza. La ciudad estaba iluminada, viva, indiferente a los cambios silenciosos que sucedían dentro de apartamentos comunes.

Ella pensó en Henrique. No con rabia. No con añoranza. Pensó como si pensase en algo que ya no tenía más poder de interferir.

Cuando Miguel llegó, ya pasaba de las diez.

— Disculpa el horario — dijo él, entrando.

— No necesitas — respondió ella. — Cada uno tiene su ritmo.

Él pareció apreciar la respuesta.

— Me gusta eso — dijo. — No necesitar explicar todo.

— Explicaciones demás suelen esconder inseguridades — ella respondió.

Él sonrió levemente.

Cenaron algo simple. Conversaron poco. El cansancio volvía las palabras innecesarias.

Después, se sentaron en el sofá.

No había vino. Ni clima construido. Apenas dos adultos compartiendo el fin del día.

— ¿Puedo hacerte una pregunta? — Miguel dijo.

— Puedes.

— ¿Tienes miedo de enamorarte?

Isadora sintió el impacto de la pregunta, pero no retrocedió.

— Tengo miedo de olvidarme de mí — respondió. — El amor en sí no me asusta. Lo que él ya costó, sí.

Miguel asintió.

— Yo tengo miedo de depender — confesó. — De necesitar de algo que no pueda controlar.

Ella lo encaró.

— Tal vez sea por eso que estamos aquí — dijo. — Porque ninguno de los dos quiere desaparecer en el otro.

El silencio que se siguió fue confortable.

Miguel apoyó el brazo en el respaldo del sofá. Isadora mantuvo las manos sobre sus propias piernas. La proximidad existía, pero no presionaba.

— Nuestro acuerdo aún existe — él dijo. — Pero está evolucionando.

— Como todo lo que es vivo — ella respondió.

Miguel se giró para ella.

— Si en algún momento tú sientes que esto está yendo rápido demás…

— Yo hablo — ella garantizó. — No voy a callarme más para preservar algo que me lastima.

Él asintió.

— Ni yo.

Aquella noche terminó sin casi.

Sin tensión explosiva.

Sin fuga.

Cada uno siguió para su habitación con la sensación de que algo estaba siendo construido de forma diferente. No a base de urgencia o miedo de perder, sino de elección continua.

Isadora se acostó con el corazón tranquilo.

Ella no se estaba enamorando a ciegas.

Estaba abriendo espacio.

Y eso, para alguien que pasó tanto tiempo encogiéndose, era el gesto más íntimo que podría hacer.

Del otro lado de la pared, Miguel también demoró en dormir. No por ansiedad, sino por reconocimiento.

Él sabía.

El casi había sido apenas el comienzo.

Y él no sentía necesidad de controlar el ritmo.

Porque aquello…

aquello merecía tiempo.

1
Norma Bachi
la verdad no me atrapo para nada,
Norma Bachi
no entiendo cuál es el juego de Caterina
Margarita Jaime
Catarina manipula todo a su antojo
Martha Teresa Torres Castañeda
no inventes que hombre tan tonto. lo dejaron y horita esta.como tonto cuidando al a ex seria bueno que lo deje su pareja actual
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