Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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el regreso
alex
Se le pusieron las mejillas coloradas.
Bajé y terminé todo lo más rápido que pude.
Cuando miré la hora, ya eran las cuatro.
Subí a mi habitación, respiré profundamente y traté de prepararme mentalmente antes de cruzar a la suya.
Cuando entré, ella estaba dormida.
Me causó ternura verla así.
Intentando no despertarla, me acosté a su lado. Solo quería quedarme ahí unos minutos antes de que llegaran.
Me tapé y la abracé por la espalda.
Cuando cerré los ojos, sentí que comenzó a moverse.
Abrí los ojos.
Ella me estaba mirando.
Le sonreí y volví a acomodarme.
Pero entonces sentí sus labios sobre los míos.
Me quedé quieto durante unos segundos, sorprendido.
Después correspondí al beso.
Ella no se apartó.
Al contrario.
Se dejó llevar.
El beso se volvió más intenso y, por un momento, olvidé todo lo demás.
Solo estábamos nosotros dos.
La miré a los ojos.
—Si algo te incomoda o querés parar, me decís y paro.
Se lo susurré al oído.
No quería que perdiera la confianza en mí.
Natalia asintió.
Y volvió a besarme.
El resto ocurrió casi sin palabras.
Cada movimiento fue lento al principio, como si los dos estuviéramos intentando entender lo que estaba pasando.
Hasta que dejamos de pensar.
Hasta que simplemente nos dejamos llevar.
Intentando no lastimarla me subí encima de ella y continuó con los besos. voy bajando al cuello para que ella se sienta más cómoda
—si algo te incomoda o quieres parar solo debes decirlo
Le susurré al oído para que no pierda la confianza
Yo estaba que se me explotaba el pantalón
Intente controlarme lo más que pude
Comencé levantando su remera.
La bese cerca del ombligo y subí hacia sus pechos y los lamí despacio hasta que largo un pequeño gemido
Eso me encendió aun mas
Le desabroche el corpiño y mientras se las lamía baje mi mano hacia su pantalón
La empecé a acariciar por fuera y soltó otro gemido
Esa era la señal para que continuara
Metí la mano adentro del pantalón y estaba toda mojada
Le corrí las bragas y empecé metiendo un dedo muy despacio para que se acomodara
Después metí otro y los empecé a mover cada vez con más intensidad hasta que ya estaba completamente mojada
Ya no aguantaba más, necesitaba metérsela
Le baje por completo el pantalón
Se la empecé a introducir muy despacio
Estaba muy estrecha y mojada
Se me ponía más dura
Note en su cara que le dolía pero le gustaba
No pare, seguí haciéndolo lento hasta que se acostumbro al tamaño y empecé a embestir cada vez más rapido
—Natalia
—mmm si?
—puedo meterla hasta el fondo?
—que no está hasta el fondo ya?!!
Solté una mueca
—apenas está en la mitad
—si
Dijo jadeando
Lentamente fui metiéndola toda y empecé otra vez suave para que no le doliera
—Alex
—dime
—quiero más
Esas palabras eran todo lo que quería escuchar
La giré boca a bajo y ahi puede ver ese tatuaje que escondía en la espalda
la introducí completa directamente
Sentí que se vino
—ahora falto yo hermosa
Empecé a darle más duro hasta que me termine
Más tarde, permanecí acostado a su lado, abrazándola.
Por primera vez desde que había vuelto a Puerto Marina, sentí que había cruzado una línea que jamás pensé que cruzaría con ella.
Miré el reloj.
Las cinco y media.
—Mierda… Deben llegar en cualquier momento.
Natalia me miró.
—Me voy a bañar, me cambio y bajo.
La ayudé a levantarse.
—Yo voy a mi habitación a bañarme y cambiarme. Si llegan, tengo que estar abajo primero.
Ella asintió.
Salí de la habitación y fui directamente a la mía.
Me duché, me cambié y bajé.
Natalia todavía no había aparecido.
Aproveché para preparar algo para que comiera.
Unos minutos después escuché pasos en las escaleras.
Natalia bajó.
Y justo en ese momento se abrió la puerta principal.
natalia
—Hola, hija.
—Hola, papá.
Mi padre se acercó y me abrazó.
Intenté disimular la molestia que sentía, pero no pude evitar hacer una pequeña mueca.
Él se separó inmediatamente.
—¿Qué te pasa?
—Nada, papá. Sin querer me caí en el baño y me golpeé.
Me miró preocupado.
—¿Estás bien? ¿Necesitás ir al médico?
—No, papá. Estoy bien.
Hice una pausa.
—¿Y ustedes cómo están?
Mi padre soltó una pequeña risa.
—Todavía estamos vivos, así que creo que estamos bien.
—Ja, ja. Qué chistoso.
Sonreí.
Pero mientras hablaba con mi padre, no pude evitar mirar de reojo hacia Alex.
Él estaba al otro lado de la habitación.
Y por la forma en que me miraba, supe que los dos estábamos pensando exactamente en lo mismo.
Lo que había ocurrido hacía apenas unas horas.
Y ninguno de los dos podía decir una sola palabra.