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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

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Capítulo 9

Capítulo 9. A medio metro

—Quedó muy bien.

La voz grave sonó justo detrás de ella. Lucía se enderezó, se giró, y se encontró de frente —a medio metro, no más— con el cliente del vestido de su mamá. El del taller. El de la voz ronca.

—Ah. Señor… —Se dio cuenta, con un pequeño sobresalto, de que no sabía su apellido. Él tampoco se lo había dado.

—Max —dijo él.

—Max. —Lo repitió sin querer, y la palabra le quedó rara y tibia en la boca—. No sabía que… vendría a algo así.

—Me invitaron. —Una respuesta corta, casi seca, que no explicaba nada. Max había decidido hacía tiempo que ella lo conociera por lo que él era y no por lo que tenía; y aquí, rodeado de gente que lo trataba como a un trono con patas, le resultó extrañamente fácil no aclarar nada—. Vi tu trabajo desde allá. Es el mejor del salón.

Lucía sintió que le subía el color a las mejillas y se odió un poco por eso.

—Es de las dos, de la maestra Ofelia y mío —dijo, por costumbre de no adjudicarse méritos—. Yo hice el bordado.

—Ya sé cuál hiciste tú. —Lo dijo con una seguridad tranquila que la desarmó—. Se nota.

Se quedaron un momento en silencio, y en ese silencio pasó algo que ninguno de los dos habría sabido nombrar: el aire alrededor de ellos pareció espesarse, como si el bullicio del salón se apartara un paso para dejarlos en un cuarto invisible de dos.

Max, por fuera, era una estatua. Por dentro, libraba una guerra. La cercanía le había traído de nuevo el olor a gardenia, y con él la respuesta de su cuerpo, terca, imposible de razonar. Un mechón de pelo se le había escapado a ella sobre la mejilla, y él sintió el impulso, brutal y concreto, de estirar la mano y colocárselo detrás de la oreja. Cerró los dedos sobre la costura del pantalón y los frotó despacio, una y otra vez, como quien aprieta un freno para no estrellarse. No la tocó. No se permitió tocarla.

Para romper esa quietud que empezaba a pesarle, Lucía habló de lo único seguro que tenía a mano: el trabajo.

—¿Le puedo preguntar algo? El vestido de su mamá… ¿de qué color son sus ojos? Se lo pregunto en serio, es para la pedrería. Si son claros, le pongo cuentas con más brillo cerca de la cara; si son oscuros, mejor mate, para que no compita.

Max la miró un segundo largo, como si la pregunta lo hubiera tomado por sorpresa. Nadie le hablaba así. La gente a su alrededor hablaba de cifras, de contratos, de favores. Esta mujer le hablaba de la luz sobre unas cuentas de vidrio.

—Oscuros —dijo—. Como los míos.

Y lo dijo mirándola, de modo que la frase, tan simple, dejó a Lucía sin saber a dónde poner los ojos. Porque los de él sí que eran oscuros. Y estaban clavados en ella con una atención que no tenía nada de casual.

—Mate, entonces —murmuró ella, y se agachó a anotar algo en una libretita que sacó del mandil, más por huir de esa mirada que por apuntar nada.

Max la observó escribir. Observó la línea de su nuca inclinada, la manera en que se mordía apenas el labio al concentrarse, la punta del lápiz corriendo rápido. Y otra vez ese impulso, esa necesidad física de acercarse, de tocar, tuvo que ser aplastada bajo treinta y cinco años de disciplina.

—¿Y su mamá? —preguntó ella al fin, enderezándose, buscando de nuevo refugio en lo profesional—. Digo… ¿cree que le vaya a gustar?

—Mi madre es difícil de complacer. —Un asomo de algo amargo le cruzó la cara y desapareció—. Pero le queda bien lo elegante. Es de las que entran a un salón y quieren que se note.

—Entonces le subo un poco la pedrería del hombro. Para que se note desde la puerta. —Lucía sonrió, y fue una sonrisa real, de las que le nacían cuando hablaba de su trabajo.

Y Max, que había visto sonreír a mujeres estudiadas en cenas de gala para conseguir cosas de él, sintió que esa sonrisa pequeña, dedicada a un problema de costura, le hacía más en el pecho que todas las otras juntas.

—¿Siempre trabajas así? —preguntó, y él mismo se sorprendió de la pregunta, tan personal, tan fuera de su repertorio—. Como si cada vestido fuera el único que importa.

Lucía se encogió de hombros, un poco cohibida.

—Es que para la persona que se lo va a poner, sí es el único que importa. Un vestido no es tela nada más. Es cómo se va a sentir esa mujer cuando entre a algún lado. Si va a caminar derecha o encogida. Eso no se cose rápido. —Bajó la vista a sus propias manos—. Perdón. Me emociono. Mi familia dice que hablo de esto como si fuera cirugía.

—No —dijo Max, más rápido de lo que hubiera querido—. Está bien. Me gusta cómo lo dices.

Se hizo un pequeño silencio. Ella no supo qué contestar a eso, y él no supo por qué lo había dicho en voz alta.

Se dio cuenta, con alarma, de que si se quedaba un minuto más iba a hacer o decir algo de lo que no podría retractarse. El control de treinta y cinco años le pedía retirada.

—No quiero quitarte más tiempo —dijo, dando medio paso atrás—. Tienes trabajo. Gracias, Lucía.

Su nombre, en la boca de él, sonó a algo más que cortesía. Ella lo notó y no supo qué hacer con eso.

—Gracias a usted por venir —contestó, torpe, volviendo al usted sin saber por qué, como quien se pone un abrigo.

Max asintió, se dio la vuelta y caminó hacia la salida con las manos otra vez en los bolsillos y el pulso en las orejas. Se obligó a no voltear. Dio tres pasos. Cinco. A los siete, no pudo.

Volteó.

Y la encontró a ella mirándolo irse.

Los dos apartaron la vista al mismo tiempo, como dos ladrones descubiertos, y Lucía se agachó de golpe hacia el maniquí con las mejillas ardiendo, fingiendo un arreglo urgentísimo en un ruedo que estaba perfecto.

Max salió al aire fresco de la calle y se detuvo en la banqueta, respirando como si hubiera subido corriendo una escalera.

Su chofer, que lo esperaba junto al coche, le abrió la puerta. Max no subió enseguida. Se quedó un momento de pie, con la mano en el techo del auto, mirando hacia la entrada iluminada del salón como si pudiera ver a través de las paredes.

Treinta y cinco años convencido de que estaba roto. Treinta y cinco años tratando su propio cuerpo como una máquina averiada que había que esconder. Y bastaba medio metro de distancia con esa mujer, bastaba oírla hablar de aretes y de luz, para que todo ese cuerpo despertara y le exigiera cosas que él no sabía ni cómo pedir.

Fabián tenía razón. Si la dejaba ir, volvería a apagarse. Y ahora que sabía lo que era esto —esta corriente, este calor, estas ganas absurdas de sonreír solo—, ya no estaba dispuesto a volver a la oscuridad.

"A medio metro", pensó, aflojando por fin el puño dentro del bolsillo. "A medio metro de ella, y ya me cuesta respirar."

Subió al coche. Pero antes de arrancar, sacó el teléfono, abrió la conversación con la gardenia y, después de mucho dudarlo, escribió lo primero valiente que había hecho en años:

"Gracias por hoy. —M."

Lo mandó antes de arrepentirse.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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