Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 13
Maximilian
Patear a aquel hombre fue gratificante.
Más de lo que debería haber sido.
Y no me arrepiento.
Lo hice con fuerza, con precisión, con la certeza de que no volvería a levantarse pronto. No fue ira descontrolada; fue una reacción clara y directa. Una amenaza neutralizada. Nada más. Nada menos.
Caminamos hasta el apartamento en silencio. Camila iba a mi lado, erguida, con la respiración aún acelerada, pero sin rastro de pánico en los ojos. Esa mujer no se rompía fácilmente. Eso me gustó. Me preocupó también.
—¿Qué buscabas en tu bolso? —le pregunté al entrar.
—Gas pimienta.
Abrió el bolso y me mostró una pequeña botella. Parecía un perfume caro, discreto, elegante.
—No parece un arma.
—Precisamente por eso funciona —respondió.
Asentí. Inteligente.
Tomamos asiento. Yo en uno de los sillones; ella en el sofá. La distancia entre nosotros era corta, pero el ambiente estaba cargado de una incomodidad nueva, más peligrosa que el silencio anterior.
—Esto no es ideal —dije finalmente.
—No —coincidió—. Definitivamente no lo es.
—Eres mi empleada.
—Y tú eres mi jefe.
—Y nos acostamos.
—Varias veces —añadió sin rodeos.
La miré. No bajó la mirada. No se disculpó. No se justificó.
—Las reglas existen por una razón —continué—. No mezclo trabajo con relaciones personales.
—Yo tampoco —respondió—. Pero no siempre se puede controlar el contexto.
—Podemos controlarlo ahora.
—¿Cómo?
Buena pregunta.
—Profesionalismo absoluto —dije—. Nada fuera de la oficina. Nada dentro de la oficina. Nada ambiguo.
—Eso suena… muy alemán —comentó con ironía.
—Funciona.
—¿Y si no funciona?
La observé unos segundos. Evaluando. Calculando.
—Entonces tomaremos otra decisión.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. No era incómodo. Era tenso. Expectante.
Cada uno se fue a su habitación esa noche. O al menos eso intentamos.
Porque todo lo conversado se perdió en la mañana.
A las seis en punto, la encontré en la cocina. El sol apenas entraba por la ventana. Ella llevaba una camiseta holgada, el cabello recogido de forma desordenada. Nada calculado. Nada ensayado.
Nos miramos.
Y fue suficiente.
Fue tan espontánea, que en menos de cinco minutos, ella estaba jadeando sobre la encimera, de la cocina. Puedo decir esto: ninguno de los dos desayunó. El café quedó intacto. El reloj avanzó sin pedir permiso.
Cuando salí del apartamento, tenía claro que había cruzado una línea. Otra vez.
Y que tendría que pagar el precio.
La jornada laboral empezó con normalidad aparente. Reuniones. Reportes. Silencios incómodos. Camila fue impecable. Profesional. Distante. Como si la mañana no hubiera existido.
Sebastián Arismendi, en cambio, decidió hacerse notar.
Pidió la palabra en una reunión de análisis financiero y empezó a lanzar cifras como si las sacara del lugar más oscuro de su cuerpo.
—Si incrementamos el EBITDA reduciendo costos operativos en un 60% sin afectar la estructura —dijo con seguridad—, podemos duplicar el margen neto en un trimestre.
Parpadeé.
—Eso implicaría despedir al 70% del personal —añadió—, pero el mercado lo absorberá.
Miré a Camila. Ella levantó una ceja imperceptiblemente.
—Además —continuó—, propongo invertir en derivados de alto riesgo para compensar la volatilidad del flujo de caja.
—¿Con qué respaldo? —pregunté.
—Con confianza —respondió.
Silencio absoluto.
—¿Está sugiriendo apostar el capital de la empresa sin análisis de riesgo, sin cobertura y sin proyección real? —dije con calma.
—El riesgo es parte del crecimiento —respondió, inflado.
Pensé, con una claridad inquietante:
¿Este hombre cómo se graduó de un magíster?
—Gracias, Arismendi —dije—. Eso es todo.
Lo anoté mentalmente. No por venganza. Por método.
Los egos inflados siempre caen solos. Solo hay que darles cuerda suficiente.
Cuando la reunión terminó, supe algo con certeza:
Camila Reinhart no era un error en mi empresa.
Sebastián Arismendi sí.
Y yo no suelo equivocarme dos veces.