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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:546
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24 — El hombre de la fotografía

Valeria permaneció frente a la fotografía sin poder apartar la mirada. El hombre que aparecía junto a ella no era Gabriel, pero algo en su rostro le resultaba familiar. No era un desconocido. Era alguien que había visto en sus pesadillas, alguien cuya voz había escuchado desde niña sin poder identificarla. El hombre que estaba frente a ella sonrió.

—Ahora lo recuerdas.

Valeria retrocedió.

—Tú no eres mi padre.

—No.

—Entonces ¿quién eres?

—El hombre que te dio tu primer nombre.

—Mi nombre es Valeria.

—Ese fue el segundo.

Valeria sintió que el aire se volvía pesado.

—¿Cuál era el primero?

El hombre señaló la fotografía.

—Eira.

La palabra resonó en el pasillo.

—¿Qué significa?

—La que recuerda.

Valeria negó.

—Yo no soy ella.

—Lo fuiste.

—¿Y por qué no lo recuerdo?

—Porque Gabriel pidió que te quitaran la memoria.

Valeria apretó los puños.

—Otra vez Gabriel.

—Tu padre hizo lo que creyó necesario.

—¿Es realmente mi padre?

El hombre guardó silencio.

Valeria sintió un escalofrío.

—Contéstame.

—Gabriel es el hombre que te crió. Eso es cierto.

—Pero no es mi padre.

—No de sangre.

Valeria cerró los ojos.

De repente, una imagen apareció en su mente: Gabriel sosteniéndola cuando era bebé. Elena llorando. Y aquel hombre de la fotografía observándolos desde una puerta.

—¿Mi madre sabía quién eras?

—Sí.

—¿Y por qué me entregó a Gabriel?

—Porque sabía que la casa vendría por ti.

Valeria lo miró con rabia.

—Entonces todos decidieron mi vida por mí.

—Intentaron salvarte.

—¡No necesitaba que me salvaran!

El pasillo comenzó a temblar.

Las fotografías se desprendieron de las paredes y quedaron flotando en el aire.

El hombre mantuvo la calma.

—Eso es exactamente lo que quería escuchar.

—¿Qué?

—Por primera vez estás hablando como Eira.

Valeria miró las fotografías.

Una mostraba a la niña de la habitación cero.

Otra mostraba a las siete guardianas.

Otra mostraba la mansión antes de ser abandonada.

Y una última mostraba a Valeria adulta frente a la puerta de la habitación 18.

La fotografía había sido tomada mucho antes de que ella llegara allí.

—¿Cómo puede existir esa fotografía?

El hombre respondió:

—Porque algunas puertas no están sujetas al tiempo.

Valeria sintió que el miedo comenzaba a apoderarse de ella.

—¿Quién tomó esa fotografía?

—Yo.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Valeria quedó inmóvil.

—Eso no tiene sentido.

—Aquí el tiempo nunca tuvo sentido.

Una voz llegó desde el otro lado de la puerta.

—¡Valeria!

Era Vera.

Valeria corrió hacia ella, pero el hombre apareció delante.

—Todavía no.

—Apártate.

—Si sales ahora, nunca sabrás la verdad completa.

—Ya sé suficiente.

—No.

—¿Qué más falta?

El hombre señaló el final del pasillo.

Allí apareció una puerta blanca.

Sobre ella había una inscripción.

PADRE.

Valeria la observó.

—¿Qué hay detrás?

—La verdad sobre tu nacimiento.

—¿Y después podré salir?

—Si todavía quieres hacerlo.

Valeria abrió la puerta.

Al otro lado había una habitación completamente blanca. En el centro había una silla y, sentada en ella, una mujer.

Valeria dejó de respirar.

—Mamá...

Elena levantó la cabeza.

Pero esta vez parecía mucho más joven.

—Hola, hija.

Valeria se acercó lentamente.

—¿Eres real?

—No.

La respuesta la hizo detenerse.

—Entonces ¿eres un recuerdo?

—Sí.

Valeria se arrodilló frente a ella.

—Necesito saber la verdad.

Elena tomó sus manos.

—Tu verdadero padre se llamaba Gabriel.

Valeria frunció el ceño.

—¿El mismo Gabriel?

—Sí.

—Entonces ¿por qué él dice que no es mi padre?

—Porque olvidó quién era.

Valeria quedó confundida.

—¿Cómo?

—Gabriel hizo un pacto para salvarte.

—¿Con quién?

Elena miró hacia la puerta.

—Con el primer guardián.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Y qué entregó?

—Su memoria.

—¿Por eso no recuerda?

—Exactamente.

Valeria comenzó a comprender.

—Entonces él sabía que era mi padre.

—Sí.

—¿Y yo?

—Tú también lo sabías.

—Pero me quitaron el recuerdo.

Elena asintió.

—Para que la casa no pudiera encontrarte.

Valeria sintió lágrimas en los ojos.

—¿Por qué la casa me quería?

Elena bajó la mirada.

—Porque tú podías hacer algo que nadie más podía.

—¿Cerrar las puertas?

—No.

—¿Entonces?

Elena la miró directamente.

—Abrirlas todas.

La habitación quedó en silencio.

Valeria se levantó.

—Eso significa que yo no fui elegida para cerrar las puertas.

—No.

—Fui creada para abrirlas.

Elena asintió.

—Sí.

Valeria sintió un fuerte dolor en la cabeza.

Las paredes comenzaron a desaparecer.

—¿Mamá?

—Debes despertar.

—¿Dónde?

—En la iglesia.

—¿Y cómo vuelvo?

Elena sonrió.

—Ya estás volviendo.

Valeria abrió los ojos.

Estaba nuevamente frente a la primera puerta.

Gabriel corría hacia ella.

—¡Valeria!

Ella lo miró.

—Tú eres mi padre.

Gabriel se detuvo.

Su rostro se llenó de lágrimas.

—Sí.

—¿Por qué me mentiste?

—Porque tenía miedo de perderte.

—Ya me perdiste una vez.

Gabriel bajó la cabeza.

—Lo sé.

Valeria se acercó.

—Nunca más vuelvas a decidir por mí.

Gabriel asintió.

—Nunca.

Una campana sonó.

La segunda puerta comenzó a abrirse.

Alessia gritó:

—¡No entres!

Valeria la miró.

—Tengo que hacerlo.

—Esa puerta contiene tu miedo.

—Entonces será el siguiente que enfrente.

Vera corrió hacia ella.

—No vayas sola.

Valeria tomó su mano.

—No lo haré.

Gabriel miró a Alessia.

—¿Qué hay detrás de la segunda puerta?

Alessia palideció.

—Lo que más teme Valeria.

Valeria abrió la puerta.

La oscuridad la envolvió.

Y desde el interior llegó una voz idéntica a la suya.

—Esta vez no podrás escapar de mí.

La puerta se cerró detrás de ella.

Y, por primera vez, Gabriel escuchó a Valeria gritar.

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