Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.
Mientras tanto, el karma no descansaba.
Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.
Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.
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Episodio 23
El sol de la mañana se filtraba por las ventanas del apartamento, que ahora lucía de nuevo limpio y fragante gracias a los empleados que trajo doña Sara.
Pero para Sebastián, la limpieza exterior no podía barrer la mugre que se le acumulaba por dentro. Estaba sentado al escritorio, frente a pilas de documentos que llevaba semanas ignorando.
A su lado, doña Sara permanecía de pie, rígida, contemplando la pantalla del portátil que mostraba la gráfica en picada de las acciones del Grupo Montero.
—Tu madre se va a la oficina hoy. Quiero ver en persona los estados financieros del último semestre —dijo doña Sara con frialdad, sin mirarlo—. Y tú, resuelve tus asuntos personales antes de que pierdas hasta el derecho a la herencia.
Sebastián apenas asintió. Cuando doña Sara salió, un asistente financiero entró con cara descompuesta. Dejó una carpeta gruesa sobre el escritorio.
—Señor Montero... aquí está el detalle de los cargos de su tarjeta de crédito ilimitada de este mes. El banco ya llamó tres veces esta mañana porque el límite se rebasó por mucho —informó el asistente con la voz temblorosa.
Sebastián frunció el ceño.
—El límite es de millones. ¿Cómo puede haberse rebasado en un mes?
Abrió la carpeta. Los ojos se le desorbitaron. Las cifras ahí escritas le abofeteaban la cara una y otra vez.
Boutique francesa — miles de dólares. Bolso de piel exótica — miles más. Clínica de belleza VIP — otros miles. Joyería de diamantes — una fortuna.
Todas las transacciones hechas en las últimas tres semanas. Todas a nombre de Clarissa.
Sebastián estaba a punto de marcarle cuando la puerta se abrió. Clarissa entró con cara de pocos amigos, cargando bolsas de compras de marca.
Parecía no importarle que la noche anterior doña Sara la hubiera echado a patadas. Regresó como si el lugar le perteneciera.
—¡Sebastián! ¿Por qué me rechazaron la tarjeta en la boutique? ¡Qué vergüenza! ¡Mis amigas lo vieron todo! —gritó Clarissa azotando las bolsas sobre el sofá.
Sebastián se levantó, estrujando la carpeta hasta arrugar las hojas.
—¿Y todavía preguntas por qué? ¡Mira esto, Clarissa! ¡Cientos de miles de dólares en un solo mes! ¿Crees que soy una máquina de imprimir billetes?
Clarissa bufó. Se sentó en el sofá cruzando las piernas, examinándose las uñas recién pintadas.
—¿Solo eso? Sebastián, eres el director general del Grupo Montero. ¿En serio te vas a preocupar por esa cantidad? Necesito mantener mi imagen como tu futura esposa. No querrás que me vea descuidada como Valentina, ¿verdad?
—¡No metas el nombre de Valentina en tu boca! —bramó Sebastián—. ¡Valentina jamás pidió una bolsa de miles de dólares! ¡En todos los años que estuvo conmigo, siempre ahorraba pensando en nuestro futuro! ¡Y tú te gastas el dinero de mi empresa cuando las acciones se están desplomando!
Clarissa se puso de pie con los ojos ardiendo de furia.
—Ah, ¿entonces ahora me comparas otra vez con la pueblerina? ¡Escucha bien, Sebastián! ¡Yo volví contigo porque me prometiste la vida que merezco! ¡Si vas a ser un tacaño, mejor me voy ahora mismo!
La frase "me voy ahora mismo" normalmente habría puesto a Sebastián de rodillas rogándole.
Siempre creyó que Clarissa era la única que lo entendía en medio de la presión empresarial. Le aterraba la soledad. Le aterraba perder el amor del pasado.
Pero esta vez, algo era diferente. La bofetada de su madre la noche anterior todavía le ardía, y la imagen de Valentina, independiente y serena en Villa Esperanza, le había abierto los ojos.
—Vete —dijo Sebastián en voz baja pero firme—. Vete si es lo que quieres.
Clarissa se quedó helada. No esperaba esa respuesta. La cara bonita se le retorció en una mueca de cinismo.
—¿Hablas en serio? ¿Crees que puedes sobrevivir sin mí? ¿Quién te va a acompañar cuando tu madre autoritaria te presione? ¿Quién te va a consolar?
Clarissa se le acercó, y su dedo índice le tocó el pecho.
—Acuérdate, Sebastián... yo conozco muchos de tus secretos. Sé de ciertas transacciones turbias que hiciste para tapar las pérdidas de la empresa el mes pasado. Si me voy, no me iré con las manos vacías. Me aseguraré de que el nombre del Grupo Montero termine de hundirse en los medios.
Sebastián sintió un escalofrío. Miró a Clarissa con espanto. La mujer a la que idolatró resultaba no ser solo una parásita, sino una víbora venenosa lista para morderlo en su momento más débil.
—¿Me estás amenazando?
—Solo estoy negociando lo que me corresponde, cariño —susurró Clarissa con una sonrisa ladina—. Reactiva mi tarjeta, pon este apartamento a mi nombre, y me quedo callada. Si no, las fotos de nuestras fiestas y los reportes internos que me guardé van a parar a manos de tus competidores esta misma tarde.
Sebastián sentía que el mundo se le venía encima. Atrapado entre la dignidad hecha trizas y la necesidad de proteger la empresa. Y al mismo tiempo, extrañaba a Valentina con una intensidad que le rompía.
Si Valentina estuviera aquí, le daría calma, no amenazas. Lo cuidaría, no lo extorsionaría.
Sebastián se desplomó en la silla del escritorio y se cubrió la cara con las manos. La risa bajita de Clarissa le repugnaba los oídos.
—La decisión es tuya, Sebastián. Sé un hombre obediente, o húndete agarrado a tus recuerdos de Valentina —dijo Clarissa mientras caminaba hacia la recámara, como si la expulsión de doña Sara la noche anterior hubiera sido una brisa pasajera.
Afuera, sin que ninguno lo supiera, doña Sara estaba inmóvil en el pasillo. Había regresado por el celular que olvidó. Escuchó cada palabra, cada amenaza, cada suspiro de frustración de su hijo.
Los ojos de doña Sara se afilaron como navajas.
—Hay que arrancar esta plaga de raíz —murmuró para sí misma.