A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPITULO 2: EL NOMBRE DEL MIEDO
Yeison Sarmiento debía trescientos mil pesos desde hacía dos meses, y en El Pozo eso no era una cifra: era un reloj.
No lo debía a un banco ni a un prestamista de esos que anuncian su número en un poste. Lo debía a Fredy "el Mono" Ochoa, que cobraba las vueltas menores para el combo de la loma alta, y que tenía la costumbre de sonreír mientras amenazaba, como si las dos cosas —la sonrisa y la amenaza— salieran de la misma boca sin ninguna contradicción. Yeison había pedido esa plata en un momento en que a su mamá, doña Nelly, le habían diagnosticado la presión alta con una gravedad que asustó al médico del centro de salud más que a ella misma, y los remedios no salían gratis en ningún barrio del mundo, mucho menos en uno como El Pozo, donde la salud también tenía su propia vacuna.
Al principio, Yeison pensó que sería fácil. Trabajaba dos turnos —de día en una ferretería del centro, de noche cargando bultos en la plaza de mercado— y calculó que en un mes tendría cómo pagar. No contó con que "el Mono" cobraba intereses que subían como la marea: al principio eran trescientos, después trescientos cincuenta, y para cuando Yeison se dio cuenta de que la cuenta nunca iba a cerrarse sola, ya llevaba dos meses de atraso y una reputación de "mal pagador" que en ese mundo pesaba más que cualquier deuda.
Mila no sabía nada de esto todavía. Lo que sí notó, en los días que siguieron a esa mañana del tinto frío, fueron cosas pequeñas: Yeison llegando más tarde de lo normal, con los zapatos embarrados hasta el tobillo como si hubiera caminado por partes de la loma que normalmente evitaba. Yeison contando el dinero de la cartera dos veces, como si contarlo una tercera vez fuera a hacer que apareciera más. Yeison callándose de golpe cuando ella entraba a un cuarto donde él estaba hablando por teléfono, bajando la voz hasta que se volvía un murmullo que Mila no lograba descifrar del todo, aunque alcanzaba a agarrar palabras sueltas: "la próxima semana", "yo respondo", "no se me va a perder".
—¿Con quién hablabas? —le preguntó una noche, mientras él guardaba el celular en el bolsillo con una rapidez que no encajaba con su costumbre de moverse despacio, como si nada en el mundo tuviera afán.
—Con un amigo del trabajo. Cosas de la ferretería.
Mila lo dejó pasar. No porque le creyera del todo, sino porque en su casa había una regla no escrita, tan vieja como ella misma: lo que Yeison decidía no contar, era porque prefería cargarlo solo. Su hermano tenía esa manera de protegerla que a veces se parecía más a un muro que a un abrazo, y Mila, que a los diecisiete años todavía creía que el amor de un hermano mayor era una especie de escudo permanente, no se imaginaba que ese muro también podía romperse.
El barrio, sin embargo, hablaba más de lo que Yeison callaba.
Fue Katiuska, la vecina de la esquina que vendía minutos de celular bajo un toldo azul desteñido, quien le soltó el primer indicio a Mila, sin querer, mientras le vendía cinco minutos para llamar a una tía en Bogotá.
—Dígale a su hermano que se cuide, mija. Por ahí andan diciendo que anda debiendo.
—¿Debiendo qué? —preguntó Mila, con el corazón adelantándose a la respuesta.
—Eso no sé. Yo solo repito lo que oigo. Pero por acá uno aprende: cuando empiezan a decir nombres en la tienda, es porque ya se los dijeron primero a la gente que cobra.
Esa frase se le quedó a Mila clavada como una espina que no dolía todavía, pero que avisaba que iba a doler. Esa misma tarde intentó hablar con Yeison de nuevo, esta vez de manera más directa, sentándose frente a él en la cama que compartía el cuarto pequeño de la casa, obligándolo con la mirada a que no se le escapara.
—Katiuska dice que andas debiendo. Que la gente ya sabe tu nombre.
Por primera vez desde el entierro que todavía no había pasado —aunque ninguno de los dos lo sabía— Mila vio algo que nunca antes había visto en la cara de su hermano: miedo. No el miedo de un susto pasajero, sino el miedo hondo, ese que se instala en los hombros y hace que la espalda se encorve un poco, como si el cuerpo entero se estuviera preparando para recibir un golpe.
—Es una vuelta que ya casi cierro, Mila. No te metas en esto.
—¿Cuánto debes?
—No importa cuánto. Importa que ya casi lo resuelvo.
—Yeison...
—¡Que no te metas! —la voz le salió más dura de lo que él mismo esperaba, y en cuanto la escuchó rebotar contra las paredes del cuarto, Yeison bajó los hombros, arrepentido, y le tomó la mano—. Perdóname. No es contigo la bronca. Es que... —se detuvo, se tocó la cicatriz de la ceja con el pulgar, ese gesto que Mila ya sabía leer como una alarma— es que esta gente no juega, hermanita. Y yo no quiero que te salpique nada de esto. Vos seguí estudiando, seguí con tus cosas. Yo lo arreglo.
Mila quiso preguntar quién era "esta gente". Quiso preguntar cuánto era "no importa cuánto". Quiso, sobre todo, preguntarle por qué después de tantos años de contarse todo, ahora la dejaba afuera justo cuando más falta le hacía adentro. Pero no preguntó nada de eso. Se quedó callada, tomándole la mano, mientras afuera el barrio seguía su ruido de siempre: una moto acelerando cuesta arriba, un perro ladrándole a nadie, la radio de algún vecino repitiendo una canción de despecho que en ese momento a Mila le pareció, sin saber por qué, una especie de mal presagio disfrazado de vallenato.
Esa noche, mientras Yeison dormía —o fingía dormir, porque Mila alcanzó a notar que respiraba distinto, más superficial, como quien tiene la cabeza llena de cuentas que no cuadran— ella se quedó despierta mirando el techo, repasando cada palabra de la conversación, tratando de encontrarle sentido a un miedo que todavía no tenía nombre.
No sabía, esa noche, que el nombre de ese miedo era Duque.
No sabía que Duque no era un cobrador cualquiera, sino la mano derecha de Efraín Roldán, el hombre que gobernaba la loma alta desde una casa de dos pisos que desde afuera parecía tan normal como cualquier otra. No sabía que la deuda de trescientos mil pesos, insignificante para cualquiera que no viviera en El Pozo, se había convertido para Duque en un asunto de principios, de esos que los hombres como él resuelven no con paciencia sino con pólvora.
Mila solo sabía, esa noche, que su hermano tenía miedo por primera vez en su vida, y que ese miedo, viniendo de alguien que siempre había sido su refugio, era la cosa más aterradora que había sentido jamás.
No se equivocaba en tener miedo. Se equivocaba, apenas un poco, en la magnitud de lo que venía.