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Tras el divorcio, el millonario me eligió a mí

Tras el divorcio, el millonario me eligió a mí

Status: Terminada
Genre:Hijo/a genio / Traiciones y engaños / Casada con el millonario / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.

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Capítulo 22

Capítulo 22: En casa, contigo

Sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido en voz alta, se fueron mezclando las vidas.

Empezó por cosas chicas. El cepillo de dientes de Max que apareció un día en el vaso del baño de ella. La bata de ella colgada en la puerta del cuarto de él. Café de dos tazas en las mañanas que Estela pasaba en el departamento de Max, ese piso enorme con ventanales al parque desde donde la ciudad se veía como un mapa. Los fines de semana en que él pasaba por Teo a la guardería sin que hiciera falta pedírselo, y llegaba con el niño dormido en brazos y una bolsa de pan de la panadería buena.

Estela no recordaba haber vivido nunca así. Con Adrián, la casa había sido siempre un escenario: ella cocinaba, ella ordenaba, ella esperaba, y él pasaba por ahí como un huésped elegante que llegaba tarde y se iba temprano. Con Max era distinto. Max se metía a la cocina. Max lavaba los trastes con las mangas arremangadas mientras ella se quejaba del rodaje. Max se acordaba de que a ella no le gustaba el cilantro, de que tomaba el café amargo, de que dormía del lado izquierdo, de que le daba frío en los pies. Cosas que en siete años nadie se había molestado en aprender.

Una mañana Estela despertó tarde, con el sol ya alto, presa del pánico de haber dejado a Teo sin desayuno. Salió corriendo a la cocina y se detuvo en la puerta. Max estaba en la barra, con el pelo revuelto y una camiseta vieja, haciendo hot cakes en forma de dinosaurio —torcidos, feísimos, quemados de una orilla—, y Teo, encaramado en un banco, le daba instrucciones muy serias sobre cómo debía ser la cola del estegosaurio. Los dos discutían la cola de un dinosaurio de masa a las nueve de la mañana como si fuera un asunto de Estado.

Estela se quedó recargada en el marco, sin que la vieran, con una mano en el pecho. Así se veía, entonces. Así se veía una casa donde a una la esperaban. Le costó tragar. Nunca, en toda su vida de casada, había bajado a una cocina y encontrado a alguien haciéndole el desayuno a su hijo. Siempre había sido ella la que madrugaba, la que servía, la que sostenía. Que la sostuvieran a ella, aunque fuera con un dinosaurio quemado, le pareció de pronto la cosa más extraordinaria del mundo.

Una noche de viernes, con Teo ya dormido en el cuarto de visitas que Max le había arreglado —cama de coche de carreras y todo, sin que nadie se lo pidiera—, Estela estaba en la cocina batallando con la tapa de un frasco de aceitunas, terca, sin querer pedir ayuda por puro orgullo.

—Dame. —Max apareció detrás de ella, le rodeó la cintura con un brazo, y con la otra mano le abrió el frasco de un giro, sin esfuerzo, sin quitárselo del todo, apoyando la barbilla en su hombro.

—Presumido —dijo ella.

—Tramposo. Le pusiste demasiada fuerza y la apretaste más. —Le besó el cuello, ahí donde sabía que a ella se le erizaba la piel—. ¿Qué tanto haces? Deja eso.

—Estoy cocinando.

—Son las once de la noche.

—Tengo hambre.

—Yo también —murmuró él contra su oreja, y no hablaba de aceitunas.

Estela se rio, se dio la vuelta entre sus brazos, y le echó las suyas al cuello. Se besaron ahí, contra la barra de la cocina, sin prisa, con esa confianza nueva de dos cuerpos que empiezan a conocerse de memoria. El frasco de aceitunas quedó olvidado. Max la levantó y la sentó en la barra, se acomodó entre sus rodillas, y el beso se fue haciendo hondo, largo, con las manos de ella metidas en su pelo y las de él subiéndole despacio por la espalda bajo la blusa.

—Se va a despertar el niño —alcanzó a decir Estela, sin mucha convicción.

—Duerme como piedra. —Max le mordió apenas el labio inferior—. Y la puerta de tu cuarto tiene seguro. Lo puse yo.

—Tú lo tienes todo pensado.

—Todo lo que tiene que ver contigo, sí.

La cargó de la barra sin dejar de besarla y la llevó al cuarto entre risas ahogadas y tropezones, y ahí, con la puerta cerrada y la ciudad brillando muda tras el ventanal, se quisieron otra vez, más lento que la primera noche, con la calma de quienes ya no tienen que demostrarse nada. Fue tibio y fue nuestro, pensó Estela después, medio dormida sobre el pecho de él, con la mano de Max dibujándole círculos perezosos en la espalda. Hogar. La palabra le vino sola, y le dio un poco de miedo de lo bien que le quedaba.

Se quedaron despiertos hasta tarde, hablando en la oscuridad de puras tonterías: de cómo era él de niño, de una vez que Teo le dijo a Max que roncaba, de la escena que ella tenía que rodar el lunes. Y en algún momento Max, con la voz baja y casual, demasiado casual, dijo:

—Múdate conmigo.

Estela se quedó quieta.

—Los dos —siguió él, acariciándole el pelo, sin darle peso, como quien tantea el agua con un pie—. Tú y Teo. Hay espacio de sobra. El niño ya tiene su cuarto. Estarían seguros. Yo estaría… —Se detuvo, y por una vez pareció el que no encontraba las palabras—. Estaría en paz. Nunca he estado en paz, Estela. Contigo aquí, en la mañana, sí. No sabes lo que es eso para mí.

Ella cerró los ojos, con la cara contra su pecho, y el corazón se le puso a golpear. Porque quería decir que sí. Quería con toda el alma. Ahí, en ese cuarto tibio, con ese hombre que la cuidaba como nadie la había cuidado, la respuesta era tan sencilla como abrir la boca.

Y sin embargo algo la frenó. No fue duda de él. Fue duda de ella.

Porque volvió a acordarse. De la oleada. De aquella noche en el cóctel en que su propio cuerpo se le había rebelado y había latido por Adrián como si una mano invisible lo empujara desde adentro. De la certeza de que aquel primer amor, el de los veinte años, el que la había borrado página a página, tal vez nunca había sido suyo. De que había una fuerza, algo que ella no entendía, que un día se le había metido en el pecho y le había puesto un corazón que no era el suyo.

¿Y si volvía a pasar? ¿Y si esto que sentía por Max, tan limpio, tan cierto, tan suyo, también se lo podían arrancar un día como le habían arrancado lo otro? No confiaba en sí misma. Después de descubrir que su propio corazón podía mentirle, ¿cómo iba a entregar a su hijo entero a una vida nueva sin estar segura de que lo que sentía era de verdad ella la que lo sentía?

—Max —dijo, despacio, sin abrir los ojos—. Dame tiempo.

Él no se tensó. No se ofendió. Solo la abrazó un poco más fuerte y le besó la coronilla.

—Todo el que quieras —murmuró—. Yo llevo quince años esperando. Unos meses más no me matan.

Estela sonrió contra su piel, agradecida. Pero mucho después, cuando la respiración de él ya se había vuelto larga y pareja, ella seguía despierta en la oscuridad, con la mirada en el techo, dándole vueltas a la única pregunta que no la dejaba entregarse del todo, la que se había hecho junto a un ventanal semanas atrás y todavía no lograba cerrar:

¿Cómo iba a estar segura de nadie, si ni siquiera estaba segura de su propio corazón?

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Blanca Montero Angulo
Insisto lo amooooooo. ojalá existiera un hombre así 😍😍😍😍😍😍😍💕💕💕💕💕💕💕
Blanca Montero Angulo
Maldito Adrian Valadez 😡😡😡😡😡😡😡😡😡.
Blanca Montero Angulo
Aaaaahhhgggg la beso 😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍💕💕💕💕💕💕
Blanca Montero Angulo
De por sí ni tomabas en cuenta al bebé. 😡😡😡😡😡😡😡😡😡
Blanca Montero Angulo
😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍💕💕💕💕💕💕💕💕
Blanca Montero Angulo
Que hermoso su hermanito 😭😭😭😭😍😍😍😍😍
Blanca Montero Angulo
Vieja decrépita desgraciada 😡😡😡😡😡😡😡😡
Blanca Montero Angulo
No preguntó, porque lo sabe todo imaginó 😂😂😂😂🤔🤔🤔🤔🤔🤔
Blanca Montero Angulo
Me encanta 💕💕💕💕💕
Blanca Montero Angulo
😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭
Blanca Montero Angulo
Cosito hermoso 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭. si te tienen que proteger a tí 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭
Blanca Montero Angulo
😭😭😭😭😭😭😭pobresita. ya yo me hubiera ido
Ivyta🇦🇷💙💛💙
me encanto! muchas gracias!!!
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