Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.
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EL PRIMER BAILE DEL GLACIAR
La victoria con los inversores europeos había transformado la atmósfera del Corporativo Riquelme. Ya no era solo el "Viernes de Salsa"; la alegría se había vuelto endémica. Sin embargo, para Ariadna, el cambio más profundo era interno. La coraza de hielo que había protegido su corazón durante una década se estaba derritiendo, revelando a una mujer apasionada y vibrante que había estado demasiado tiempo prisionera del protocolo.
Esa noche, para celebrar el éxito, la familia Guedez había organizado una pequeña fiesta en su modesta casa en el barrio de La Candelaria. Donato había prometido "una parranda llanera y caribeña que dejaría a los inversores europeos con la boca abierta".
Ariadna, por primera vez en su vida, no se sentía fuera de lugar. Había rechazado la oferta de su chófer y había llegado en el coche de Jonh, un viejo sedán que olía a gasolina y a frescura. Había dejado su traje sastre en el armario y llevaba un vestido de seda rojo pasión, ligero y vaporoso, que acentuaba su figura y la llenaba de una confianza desconocida.
La casa de los Guedez estaba llena de vida. La música de salsa atronaba desde un equipo de sonido portátil, y el aire estaba impregnado del aroma irresistible de las arepas y el sancocho. La abuela Catalina, con un delantal blanco impecable, bailaba animadamente con el patriarca, Arturo, quien, con una copa de ron en la mano, parecía haberse quitado veinte años de encima.
Jonh, con una camisa de lino blanca que resaltaba su piel bronceada y unos pantalones de mezclilla ajustados, se acercó a Ariadna con una sonrisa que le aceleró el corazón.
—Bienvenida a la verdadera sala de juntas, Jefa —dijo Jonh, guiñándole un ojo—. Aquí las decisiones se toman con el corazón y el cuerpo.
Ariadna, con el rostro sonrojado por la emoción y el ron, aceptó su mano. Jonh la guió hacia el centro de la sala, donde una improvisada pista de baile de baldosas desgastadas esperaba.
La canción que empezó a sonar fue «La cura» de Frankie Ruiz. La percusión atronadora, los metales brillantes y la voz desgarradora del cantante llenaron la sala. Ariadna sintió una punzada de pánico. Sabía lo que era la salsa, la había escuchado, pero nunca la había bailado. Había sido programada para el control, no para la improvisación.
—No sé bailar esto, Jonh —confesó Ariadna, con voz temblorosa.
Jonh la miró a los ojos, con una ternura que la desarmó.
—No se preocupe, Jefa. Solo déjese llevar. El ritmo no se piensa, se siente. El Glaciar se va a convertir en un volcán.
Jonh tomó la mano derecha de Ariadna y colocó su brazo izquierdo suavemente en su cintura. Su tacto era firme y cálido. Con la otra mano, guió sus pies. Al principio, Ariadna estaba rígida, sus pasos eran torpes y calculados, como si estuviera ejecutando una coreografía corporativa.
Jonh, con paciencia infinita, la sostuvo. Empezó a marcar el ritmo con su propio cuerpo, un vaivén suave y sensual que obligó a Ariadna a responder. Sus caderas empezaron a moverse, casi imperceptiblemente al principio, siguiendo la clave de la percusión.
—Eso es, Jefa. Sienta el tumbao —susurró Jonh, con su voz grave y cálida, muy cerca de su oído.
De repente, la música pareció cambiar. Ya no eran solo notas y percusiones; era una energía que fluía a través de sus cuerpos. Jonh, con un movimiento suave pero firme, guió a Ariadna en un giro elegante. El vestido rojo de seda se abrió como una flor, y Ariadna, por primera vez en su vida, no sintió miedo de perder el control.
Sus pasos empezaron a fluir. Ya no pensaba en el movimiento; lo sentía. Sus caderas marcaban el ritmo con una precisión sorprendente, como si su cuerpo hubiera estado esperando este momento durante años. Jonh, sorprendido y fascinado, la miró a los ojos. En ellos vio una pasión y una alegría que nunca antes había presenciado.
La salsa se convirtió en un lenguaje entre ellos. Un diálogo silencioso, apasionado y vibrante que trascendía las palabras y las jerarquías. Ariadna, el Glaciar, se había fundido. Su frialdad se había transformado en un fuego que ardía en su interior, un fuego que se reflejaba en el ritmo de sus caderas y en la intensidad de su mirada.
Jonh, el Músculo de Oro, la guió con maestría. Juntos, ejecutaron giros, contratiempos y pasos dobles con una armonía y una gracia que dejaron a todos los asistentes con la boca abierta. La abuela Catalina dejó de bailar con Arturo y aplaudió con entusiasmo. Donato, con una cerveza Polar en la mano, gritó: "¡Eso es, hijo! ¡El Glaciar se ha derretido!"
La canción terminó con un acorde final y rotundo. Ariadna, con el corazón latiéndole con fuerza y el rostro sonrojado por el esfuerzo y la emoción, se apoyó en Jonh. Estaba sin aliento, pero más viva que nunca.
Jonh, con una sonrisa radiante, la sostuvo. Sus ojos claros brillaban con una mezcla de admiración, deseo y un profundo afecto.
—¡Jefa! —exclamó Jonh, con voz entrecortada—. ¡Eso ha sido… glorioso! El Glaciar no solo se ha derretido; ¡ha entrado en erupción!
Ariadna, con una risa contagiosa que resonó en la pequeña casa, se acercó a Jonh y lo abrazó. Un abrazo fuerte, sincero, que selló no solo un momento musical, sino un cambio irreversible en su vida.
—Gracias, Jonh —susurró Ariadna, con voz temblorosa—. Gracias por enseñarme que la vida, y el ritmo, no se controlan; se bailan.
Jonh la miró a los ojos y, con un gesto tierno, apartó un mechón de cabello de su rostro.
—Siempre estaré aquí, Jefa. Para bailar con usted, para enseñarle los pasos y para celebrar cada momento. El Glaciar hawaiano ya no existe. Ahora solo hay una mujer apasionada que sabe sentir el tumbao.
Esa noche, en la modesta casa de La Candelaria, el Glaciar y la Salsa habían bailado su primer tango… o más bien, su primera salsa, y el resultado había sido el amor. El protocolo corporativo se había derrumbado, y en su lugar, había nacido un ritmo nuevo, vibrante e invencible. La auditoría de la vida de Ariadna había arrojado un resultado definitivo: el amor era el activo más valioso de todos, y ella, finalmente, había aprendido a invertir en él.