Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 17
...Nina....
Julián estaba sentado en el piso de la cocina de la abuela, afinando la guitarra como si fuera su casa. Había traído mangos, mandarinas, un racimo de plátanos que apenas cabía en la mesa.
—Mija, este muchacho sí sabe tratar a la gente —dijo la abuela desde la estufa, revolviendo el atole—. No como el otro, que llegó anoche empapado como perro callejero.
El otro. Santiago seguía en el sofá de la sala, tapado con dos cobijas, con la cara del color de la cera. La fiebre no le bajaba.
—¿Dormiste algo? —me preguntó Julián.
—Más o menos.
Me serví atole y me senté frente a él en el piso. La cocina de la abuela era chiquita. Olía a canela y a leña.
—Oye —dijo Julián, bajando la voz—, ¿y ese quién es exactamente?
—Ya te dije. Santiago.
—Ya, pero ¿qué es tuyo?
—Es... complicado.
—Siempre es complicado contigo, Nina.
Un ruido desde la sala. Santiago se había sentado en el sofá, las cobijas enredadas en la cintura. Nos miraba. Específicamente, miraba a Julián sentado a medio metro de mí.
—Buenos días —dijo Julián, tranquilo.
Santiago no contestó. Me miró a mí.
—¿Hay agua?
Le llevé un vaso. Cuando se lo di, me agarró la muñeca. Sus dedos quemaban.
—Sigues con fiebre —dije, soltándome—. Tómate el paracetamol.
—Ya me lo tomé.
—Nina. ¿Quién es él?
Lo dijo mirando hacia la cocina. No en voz baja. No le importaba que lo oyeran.
—Un amigo. De la prepa.
—Un amigo. ¿Y todos tus amigos te visitan a las ocho de la mañana con fruta?
—Santiago.
—Nada más pregunto.
La abuela le llevó atole y pan. Santiago obedeció cuando ella le dijo que se acostara. A mí no me obedecía jamás, pero a ella sí.
Media hora después, Julián se fue. En la puerta, con la guitarra al hombro:
—Te escribo más tarde. Hay algo que tengo que contarte. Sobre la maestra Herrera. —Su cara cambió—. Te mando mensaje en la noche.
Lo vi irse bajo la lluvia, caminando largo y suelto como siempre, y cuando cerré la puerta sentí el peso del silencio caerme encima. La abuela se había ido a rezar.
Santiago y yo. Solos.
Me senté en la silla frente al sofá. Él tenía los ojos cerrados pero no dormía. Lo sabía por la respiración —demasiado controlada, demasiado pareja.
—Sé que estás despierto.
Abrió un ojo.
—¿Ya se fue tu amiguito?
—No empieces.
Se sentó despacio. El labio partido se le había hinchado. Los nudillos morados.
—Tengo que preguntarte algo —dije—. ¿Por qué nunca me dijiste que viviste con una mujer en la universidad?
El silencio que siguió fue denso. Santiago me miró como si le hubiera hablado en un idioma que no conocía.
—¿Qué?
—Tu compañero Adrián. Me lo dijo. Que tenías novia en la universidad, que vivían juntos. —Tragué saliva—. Que dormían juntos.
Santiago se quedó muy quieto. Demasiado quieto. Y entonces hizo algo que no esperaba.
Se paró en la cama —porque el sofá era una cama desplegable— y se quedó de pie sobre el colchón, descalzo, con la cobija colgándole del hombro como una toga romana, la cara roja de fiebre, temblando de pies a cabeza, y me señaló con el dedo.
—¿QUE NO SOY VIRGEN?
—Baja la voz, la abuela está—
—¿¡ESO TE DIJO ESE IMBÉCIL!?
—Santiago, siéntate, te vas a caer—
—Nina Salcedo, mírame a los ojos. —Se tambaleó pero no se bajó. La fiebre le brillaba en los ojos como gasolina prendida—. ¿Tú me viste la primera noche? ¿Me viste? No encontraba ni por dónde. Tuve que buscar un tutorial en el teléfono cuando te quedaste dormida. UN TUTORIAL. ¿Y tú crees que estaba fingiendo?
Me tapé la cara con las manos.
—No. Esto es peor que un insulto —siguió, tambaleándose—. Esto es una ofensa a mi dignidad como hombre.
—Por favor bájate de la cama.
—¿Por eso me tratabas como basura? ¿Porque un idiota que no me ha visto en cinco años te dijo que yo tenía experiencia?
—Él dijo que vivías con alguien—
—¡ERA MI PRIMA! —Se sentó de golpe, como si las piernas le fallaran—. Mi prima Valentina. Estudiaba contaduría y no tenía dónde quedarse. Dormía en la sala. ADRIÁN LA VIO SALIR DEL BAÑO UNA VEZ Y ASUMIÓ... ese chismoso de mierda...
Me quedé mirándolo. Sentado en el colchón, despeinado, sudoroso, indignado hasta el tuétano. Santiago Reverte, capitán de aerolínea, metro ochenta y cinco, temblando de fiebre y de rabia porque alguien había puesto en duda su inexperiencia sexual.
Algo se me desarmó por dentro.
Porque sí. Recordaba la primera vez. Sus manos que no sabían dónde ir. La forma en que me preguntó tres veces si estaba bien, si le dolía, si quería que parara. Ningún hombre con experiencia pregunta tres veces.
—Bueno —dije, y me salió la voz rara—. Tal vez me equivoqué.
—¿TAL VEZ?
—Me equivoqué. Ya. Perdón.
Se dejó caer de espaldas. Miraba el techo, respirando agitado.
—Todo este tiempo. Me tratabas como si te hubiera traicionado y era por ESO. Por un chisme.
—No sabía que era un chisme.
—¿Y no podías preguntarme? ¿No podías simplemente abrir la boca antes de decidir que era un mentiroso?
Me senté al borde de la cama. Su mano buscó la mía. Entrelazó sus dedos con los míos. Quemaba.
—Me estoy muriendo de fiebre —dijo.
—Lo sé.
—Y me duele todo.
—Lo sé.
—Y aun así lo único que me importa es que me creas.
Le apreté la mano. Se giró hacia mí. Los ojos vidriosos, la boca seca.
—Ven.
—Estás enfermo.
—Ven.
Me jaló y caí junto a él en la camita de la abuela. Angosta, de una plaza, crujía con cada movimiento. Olía a lavanda y a jabón de pasta. Santiago me rodeó con los brazos y su calor era casi insoportable —treinta y nueve grados por lo menos.
Me besó. Sabía a paracetamol y a agua tibia. Sus labios temblaban contra los míos. Le agarré la cara con las dos manos y estaba hirviendo, los ojos cerrados con fuerza. Algo entre la desesperación y la ternura.
La cama crujió fuerte. Pensé en la abuela rezando a tres cuartos de distancia y me quise morir de vergüenza, pero Santiago no se detuvo. Me buscó debajo de la ropa con las manos torpes —esas manos que nunca habían sabido ser suaves y que yo ahora entendía por qué— y cada crujido del colchón sonaba como una delación pública.
—Espera. Santiago. Para.
Se detuvo. Me miró, confundido, con los ojos de cristal.
—No traes... —Le hice una seña. Tardó tres segundos en entender.
—Mierda.
Se dio vuelta. Me dio la espalda. Se quedó quieto.
—Duérmete —dijo, con la voz rasposa.
Me quedé mirando su espalda. Los omóplatos bajo la camiseta húmeda. La nuca donde el pelo se le rizaba. Respiraba con esfuerzo, controlándose, y me dieron ganas de reírme y de llorar al mismo tiempo.
No pude dormir. Me quedé acostada junto a él escuchando la lluvia, su respiración haciéndose más profunda hasta que se durmió de verdad. Le toqué la frente: seguía caliente, pero menos. Le quité un mechón de pelo de los ojos.
«Un tutorial», pensé. «Buscó un tutorial.»
Dios mío.
Saqué el teléfono. Las once de la noche. Un mensaje de Julián en WhatsApp:
"Nina, la maestra Herrera está muy mal. La familia se la llevó a su casa, los doctores dicen que ya no hay nada que hacer. Quiero ir a verla mañana. Vamos unos cuantos de la generación. ¿Vienes?"
La maestra Herrera. Se me cerró la garganta. La que nos enseñó literatura en segundo y tercero de prepa. La que me prestó su copia de Cien años de soledad con las esquinas dobladas. La que me dijo el último día de clases, con esa voz de cigarrillo y libros viejos: «Nina, tienes algo adentro que la mayoría de la gente no tiene. No lo desperdicies.» Y yo me puse a llorar ahí mismo, delante de toda la clase, y ella me abrazó sin decir nada más.
Escribí: "Sí, voy. ¿A qué hora?"
Julián tampoco dormía: "Te recojo a las 9. Le aviso a los demás."
"Ok. Gracias por avisarme."
"Nina."
"¿?"
"Me da gusto que vengas."
Dejé el teléfono. Santiago dormía con la boca entreabierta, un brazo colgando fuera del colchón. Me acosté de nuevo. Cerré los ojos. Pensé en la maestra Herrera sentada en su escritorio, con los lentes al borde de la nariz, leyendo a Neruda en voz alta mientras afuera los chavos jugaban futbol y el mundo era simple.
Me dormí llorando sin hacer ruido.
...Santi....
Desperté y tardé diez segundos en saber dónde estaba. Techo bajo. Olor a lavanda. Cama angosta. Nina dormida a mi lado, con la cara hinchada y marcas de almohada en la mejilla.
La fiebre había bajado. Me quedé viéndola dormir. Tenía una pestaña suelta en el pómulo. Se la quité con el pulgar sin despertarla.
«Me equivoqué», había dicho anoche. «Perdón de verdad.» Meses tratándome como si le diera asco, y todo por un chisme de Adrián.
Nina abrió los ojos. Me vio.
—Hola —dije.
—Hola. —Me tocó la frente—. Mejor.
Fue a la cocina. Escuché a la abuela preguntarle si su "novio" ya se sentía mejor. Nina no la corrigió. Me quedé con eso.
La abuela me preparó caldo de pollo con arroz. Dos platos. Me miraba comer con esa satisfacción que tienen las abuelas cuando alguien devora su comida.
Nina estaba recargada en el marco de la puerta, tomando café. Me miraba con algo suave.
—Tengo que ir a ver a una maestra de la prepa —dijo—. Está enferma.
—Te llevo.
—Estás enfermo tú también.
—Ya estoy mejor. Te llevo.
—Julián me va a recoger.
Me levanté de la silla.
—Yo. Te. Llevo.
El timbre sonó a las nueve en punto. Julián Ríos, puntual como metrónomo, guitarra al hombro. Bajé antes que Nina. Abrí la puerta.
—Vine por Nina —dijo.
—Ya tiene quién la lleve.
Me sostuvo la mirada. Un tipo alto, casi tanto como yo, pero delgado. Manos de guitarrista. Ojos tranquilos. El tipo de hombre que nunca levanta la voz y por eso es más peligroso que los que gritan.
Nina apareció detrás de mí. Nos miró a los dos en la puerta, parados como perros marcando territorio.
—Julián, Santiago me lleva.
Julián la miró. Después me miró a mí. Sonrió apenas.
—Está enfermo —dijo Nina—. Tengo que cuidarlo. Si lo dejo solo es capaz de manejar con fiebre por toda la ciudad buscándome.
Julián se rio. Una risa de verdad, sin rencor.
—Eso sí te lo creo. Nos vemos allá entonces.
Se fue. Caminó hasta su sedán viejo color verde olivo, y antes de subirse levantó la mano. Un saludo limpio, sin drama. Lo odié un poquito menos.
Subimos a mi camioneta. Todavía me temblaban las manos al agarrar el volante, pero Nina no tenía por qué saberlo. Manejé despacio. Las calles mojadas brillaban con el sol de la mañana que por fin se había asomado.
Nina iba callada. De vez en cuando la veía tragar saliva, apretar los labios.
—¿Cómo se llama tu maestra?
—Herrera. Nos daba literatura. —Pausa—. Es de las personas que te cambian la vida sin darse cuenta.
En una intersección, a unas cuadras de llegar, vi algo por el retrovisor. Un repartidor en moto había derrapado en una curva mojada. La moto tirada de lado, envases de comida desparramados en el asfalto, el tipo sentado en el suelo agarrándose la rodilla.
Frené. Me orillé.
—¿Qué haces? —dijo Nina.
Me bajé y caminé hacia el repartidor. Un chavo joven, veintipocos, con la chamarra rota en el codo. Tenía la cara de alguien que sabe que si la comida llega fría le descuentan, y si no llega, peor.
—¿Estás bien?
—Sí, es que se resbaló... la calle está mojada y...
Se le quebró la voz. De la frustración.
Me agaché. Recogí los envases —algunos se habían abierto, una sopa derramada en el pavimento. Los intactos los metí de vuelta en la mochila. Revisé la moto: palanca del freno doblada. Encontré unas pinzas abajo del asiento, la enderecé, levanté la moto, la puse sobre el caballete. Saqué la cartera y le di lo que traía —suficiente para el espejo roto y la comida perdida.
—No, señor, de verdad no...
—Tómalo. —Se lo puse en la mano y se la cerré—. Revisa la llanta trasera, está baja.
Volví a la camioneta. Nina me miraba. No dijo nada cuando me subí. Manejé tres cuadras en silencio.
...Nina....
Lo vi agacharse en el asfalto mojado a recoger envases de comida. Con las manos de nudillos morados. Con fiebre. Con la misma ropa de ayer.
Lo vi arreglarle la moto a un desconocido como si supiera exactamente cómo se siente que se te caiga todo al piso cuando no puedes darte el lujo de que se te caiga nada.
Había algo en Santiago que yo no conocía. Algo que tenía que ver con calles mojadas y turnos de noche y comida que se enfría. Algo que él no me había contado y que tal vez nunca me contaría, pero que estaba ahí, debajo de todo —debajo del uniforme de capitán, debajo de la camioneta, debajo de esa cara dura que ponía para que nadie le viera las grietas.
No le dije nada. Le puse la mano en el muslo, sin pensarlo, y la dejé ahí.
Él no volteó a verme. Pero puso su mano sobre la mía.
Llegamos al barrio de la maestra Herrera. Casas viejas con buganvilias en las bardas, un perro echado en la banqueta. Santiago se estacionó frente a la casa de la esquina —pintura descascarada, helechos en la ventana.
Me solté el cinturón. No me bajé todavía.
—Gracias por traerme.
—Obvio.
—¿Santiago? Lo que dije anoche. Que tal vez me equivoqué. —Hice una pausa—. No fue tal vez. Me equivoqué. Punto.
Algo le cruzó por la cara. Algo más frágil que el orgullo.
—Bueno —dijo, y se le torció la boca en algo que quería ser sonrisa—. Ya era hora.
Me bajé. El sol me pegó en la cara, tibio, limpio, como una disculpa del cielo por tanta lluvia. A lo lejos, la guitarra de Julián sonaba desde adentro de la casa. Ya había llegado.
Caminé hacia la puerta. Y a mitad de camino, escuché la puerta de la camioneta cerrarse atrás de mí.
Santiago me alcanzó. Caminó a mi lado sin decir nada. Sin pedir permiso. Sin preguntar si podía entrar.
Caminamos juntos.
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