Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 7 — Recuerdos que quedaron atrás
La puerta de la mansión de los Wijaya se abrió de golpe.
Arman entró sin mirar atrás. Arrojó el saco sobre el sofá, se aflojó la corbata con brusquedad y se dejó caer sin más.
Respiró hondo, levantó la mano y se presionó el puente de la nariz con los ojos cerrados.
Silencio. Pero era evidente que su cabeza no paraba de dar vueltas.
—¿Qué te pasa, hijo? —La voz llegó desde la escalera.
Diana bajó con paso tranquilo, aunque la preocupación se le notaba en la cara.
Arman negó despacio, sin abrir los ojos.
—¿Ya se estabilizaron las acciones de la empresa? —preguntó Diana—. Vi en las noticias que Camila respondió a los periodistas. Parece que eso ayudó a desmentir las acusaciones de infidelidad.
Arman dejó escapar una risa amarga. Una sonrisa cínica se le dibujó en el rostro.
—¿Desmentir las acusaciones? —repitió. Abrió los ojos por fin y fijó la vista en el techo—. Mamá, todo el mundo sabe que Mela y yo nos divorciamos por Camila. —El tono era plano, sin afán de defenderse ni de negar nada.
—Aunque haya gente que nos defienda, ¿eso resuelve los problemas de la empresa?
Diana se quedó callada. La pregunta era demasiado real. —¿Y entonces? —dijo al fin, en voz baja—. ¿Vamos a quebrar?
Arman no respondió enseguida. Bajó la mano y miró al frente. La expresión se le volvió más afilada, más fría.
—Quédate tranquila —dijo por fin—. No importa que las acciones bajen o que algunos inversionistas se retiren. Lo que importa es que Atma Group no cancele la alianza con nosotros.
Atma Group era su socio más grande. El único que todavía sostenía a la empresa en pie.
Diana respiró hondo. La mandíbula se le endureció. —Todo esto es culpa de esa mujer ingrata —gruñó—. Le dimos la buena vida y va y pide el divorcio, dejando a la empresa patas arriba.
Lo miró con el semblante ensombrecido. —Pero, hijo, si la noticia sigue corriendo, podría... —No terminó la frase, porque sabía bien que una reputación rota no se repara fácilmente.
De pronto, una voz interrumpió desde la entrada.
—¿Y si nos casamos?
Arman y Diana giraron la cabeza al mismo tiempo hacia la mujer que estaba de pie en el umbral.
Camila avanzó como si aquella casa fuera suya. El vestido le ceñía el cuerpo a la perfección, sus pasos eran ligeros pero cargados de seguridad. Su sonrisa resultaba demasiado dulce para la situación.
—¿Viniste, mi amor? —Arman se puso de pie de inmediato a recibirla.
Camila sonrió y le tomó el brazo con suavidad.
—Estaba preocupada por ti —murmuró—. Sobre todo ahora que, después del divorcio, la empresa no anda nada bien.
Diana las observó con una expresión difícil de descifrar. —Hace un momento dijiste... ¿casarse? —repitió en voz baja.
Camila se volvió hacia ella y sonrió. —¿No es la mejor solución? Si nos casamos de forma oficial, todas las acusaciones se convertirán en historia vieja.
—La gente lo verá como una relación que ya existía desde hace tiempo. No como un escándalo nuevo —agregó.
Arman se quedó en silencio. Observó a Camila unos segundos, sopesando la lógica detrás de sus palabras. Tenía cierto sentido.
—Además, eso fortalecería la confianza de los inversionistas —añadió Camila.
Diana exhaló despacio. Sabía a dónde iba la conversación. —¿Y Atma Group?
Camila esbozó una sonrisa tenue. —Tengo entendido que ellos valoran mucho la estabilidad familiar en sus alianzas de negocios.
Arman arrugó el ceño.
—No digo que vayan a aceptar de inmediato —se apresuró a matizar Camila—. Pero es un buen paso.
Arman permaneció callado, con los pensamientos girándole a toda velocidad.
Amaba a Camila y tenía la intención de casarse con ella lo antes posible. Pero el divorcio era reciente. Si se casaba tan pronto, ¿no confirmaría aún más que había sido infiel?
Sin embargo, lo que Camila decía no estaba del todo equivocado. Podía ser una estrategia para estabilizar la empresa.
—Qué irónica es la vida —murmuró Arman. Finalmente se volvió y clavó los ojos en ella—. Si eso puede salvar la empresa, lo hacemos. Pero también tenemos que darle la vuelta a la narrativa. Sabes a qué me refiero, ¿verdad?
Camila asintió despacio. Mientras tanto, Diana recibió la noticia con los brazos abiertos. Se acercó y abrazó a Camila con cariño.
—Felicidades, querida. Por fin pronto serás mi nuera —exclamó.
Camila le devolvió el abrazo. —Por supuesto, doña Diana. Yo también llevo mucho tiempo esperando este día —respondió, con una sonrisa que decía más de lo que aparentaba.
La noticia del enlace entre Arman y Camila se propagó a toda velocidad.
Lo anunciaron en una entrevista, afirmando que retomarían la boda soñada que alguna vez habían planeado.
Camila era sumamente hábil con las palabras y logró que el público especulara con que Arman se había casado con Mela sin amarla.
La noticia llegó hasta el pueblo. La gente empezó a comentarla.
—Vi en la televisión que tu exmarido se va a casar otra vez, Mel.
La frase salió de una vecina que se cruzó con Mela por casualidad. Pero Mela se limitó a responder con un breve asentimiento y una sonrisa, sin mostrar la menor alteración.
Sin embargo, esa noche se quedó sola junto a la ventana.
El cielo del pueblo se veía más amplio. La luna brillaba sin que ningún edificio alto le estorbara.
Mela se abrazó los propios brazos. El viento nocturno le rozó la piel, frío, pero no tanto como lo que empezaba a aflorar dentro de su pecho.
Ya se había ido. Ya lo había soltado todo. Pero los recuerdos no podía dejarlos atrás.
Cerró los ojos despacio y la respiración se le volvió pesada.
Hubo un tiempo en que fue feliz. No por la casa grande ni por los lujos, sino por la lucha que habían librado juntos.
Mela todavía recordaba aquellas noches interminables en las que tuvo que soportar el dolor, la pérdida y una esperanza que se derrumbó cuando sufrió un aborto que casi la destruyó.
En aquel entonces, Arman estuvo a su lado. Le tomó la mano, le dio fuerzas y la hizo sentir segura.
Sonrió apenas. También recordaba cómo lloró el día en que volvió a quedar embarazada, después de una espera que pareció eterna.
Hasta que por fin un llanto pequeño llenó la sala de partos, y Arman estaba ahí, de pie junto a ella, con los ojos enrojecidos.
—Gracias, mi amor. Me diste una hija preciosa.
Esas palabras le hicieron sentir un amor y una felicidad que bastaron para sostenerla durante años.
Pero el tiempo siguió su curso. Y sin que ella se diera cuenta, todo empezó a cambiar.
Mela abrió los ojos. La mirada se le quedó vacía un instante, antes de que otro recuerdo le asaltara la memoria.
Camila.
Al principio, aquella mujer apareció como cualquier otra: se la presentaron como compañera de trabajo, y empezó a frecuentar la casa con una sonrisa amable.
Mela llegó a pensar que era una buena persona. Camila se llevaba bien con Lina, siempre le traía regalos, la sacaba a pasear, entendía cosas que Mela nunca había tenido tiempo de aprender.
No sospechó. Hasta que un día comenzó a notar lo que ya no podía ignorar. Miradas que duraban demasiado, sonrisas que no tenían razón de ser. Y al final, una verdad que lo hizo pedazos todo.
Mela aspiró despacio. El pecho le dolía. Pero esta vez no era rabia; era la punzada de la pérdida.
Y lo que más le dolía no era Arman, sino Lina.
La hija que esperó durante tanto tiempo, la que trajo al mundo arriesgando su propia vida, se había puesto del lado de otra mujer.
Mamá es muy anticuada.
Mamá siempre me prohíbe todo. En cambio la tía Camila siempre me da lo que quiero.
Mela agachó la cabeza cuando esas frases volvieron a resonarle. Sonrió apenas, pero con amargura. Después levantó el rostro, contempló la luna una vez más y dejó escapar el aire con lentitud.
—Extraño todo aquello. Pero no quiero volver. —Cerró la ventana, se dio la vuelta y dejó la luz de la luna afuera, junto con los recuerdos que ya no podrían arrastrarla hacia atrás.
Pero esos recuerdos le recordaban que un día amó con toda el alma, y que ahora estaba aprendiendo a quererse a sí misma.