Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.
Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.
Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.
Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.
Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.
Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.
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Bab 4
Capítulo 4
La mañana llegó despacio, junto con la luz del sol que se colaba por las rendijas de las cortinas de la habitación.
El hospital aún no estaba muy concurrido. Solo se escuchaban los pasos de las enfermeras en el pasillo y, de vez en cuando, el sonido de un carrito médico al pasar.
En la cama, Sergio seguía profundamente dormido. Su fiebre había bajado bastante comparada con la noche anterior, lo cual le daba a Sara un pequeño respiro. Ella casi no había pegado los ojos en toda la noche. No solo porque vigilaba sin cesar la condición de su hijo, sino porque su mente estaba demasiado agitada como para descansar de verdad.
Por Santiago, por el reencuentro de la noche anterior. Y por aquella mirada fría del hombre que seguía apareciendo una y otra vez en sus pensamientos.
Toc... toc...
La puerta fue golpeada suavemente antes de abrirse. Dos enfermeras entraron con el equipo de revisión.
—Buenos días, señora —saludó una de ellas con amabilidad.
—Buenos días... —respondió Sara en voz baja mientras se levantaba de la silla.
Una enfermera comenzó a tomarle la temperatura a Sergio, mientras la otra revisaba el goteo del suero que seguía cayendo lentamente.
—Qué bueno, la temperatura ya bajó —dijo una de las enfermeras con alivio—. Con suerte, para el mediodía estará más estable.
Sara asintió levemente.
—Gracias...
Las dos enfermeras se veían relajadas porque Sergio aún dormía. Mientras ordenaban el equipo, empezaron a conversar en voz baja. Sin embargo, en la quietud de la habitación, sus palabras se escuchaban con toda claridad.
—Oye, ¿sabías? —susurró una de las enfermeras—. El doctor Santiago se quedó anoche en el hospital.
—¿En serio? —la otra pareció sorprendida—. Pero si su turno terminó desde la tarde, ¿no?
—Sí, por eso me extrañó. Normalmente un especialista no se queda a menos que haya una cirugía o un paciente de urgencia.
—Y más si hay un médico general de guardia —añadió la otra—. No tendría por qué haberse quedado.
Sara, que permanecía de pie junto a la cama, bajó la mirada de inmediato. El corazón le latió un poco más rápido. No sabía por qué, pero con solo escuchar ese nombre bastaba para que sus emociones se descontrolaran otra vez.
—El doctor Santiago sí que es diferente —comentó una de las enfermeras con una sonrisa discreta—. Amable, sencillo, y eso que es el heredero de la familia Montero.
—Sí, eso lo sabe todo el mundo —respondió su compañera en voz baja—. Familia adinerada, guapo, con estudios en el extranjero. Pero lo raro es que nunca le he sabido de una pareja.
La otra soltó una risita.
—Alguien con ese dinero seguramente ya tiene una novia elegida por la familia.
—Claro, la familia Montero no va a aceptar a cualquiera como nuera.
Al escuchar aquello, la mano de Sara fue apretando poco a poco el borde de su propia blusa, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El pecho le dolía con algo que no podía explicar. Aunque sabía perfectamente que ya no era asunto suyo. Cinco años atrás, ella misma había decidido irse. Ella misma le había dicho a Santiago que lo odiaba. Y ahora, ¿con qué derecho le molestaba la posibilidad de que él estuviera con otra mujer?
Pero por más que intentara negarlo, seguía doliendo.
—¿Señora? —La voz de una de las enfermeras la sacó de sus pensamientos.
—¿Sí? —respondió rápidamente.
—La condición de su hijo ya mejoró. Es probable que el doctor Santiago pase esta mañana para la revisión final, si no se fue todavía.
Sara forzó una sonrisa delgada.
—Bien...
Las dos enfermeras salieron de la habitación al terminar de revisar a Sergio. La calma volvió a instalarse. Sara se sentó lentamente en la silla junto a la cama. Su mirada cayó sobre el rostro pequeño de su hijo, que aún dormía en paz. Pero sus pensamientos estaban muy lejos. Recordó a Santiago en la época de la preparatoria.
Aquel hombre siempre le decía que no le importaban el estatus ni la riqueza. Una y otra vez, Santiago le aseguraba que la familia Montero no cambiaría lo que sentía por ella. Pero ahora todo era distinto. Santiago ya no era aquel adolescente que perseguía el amor con sencillez. Era el doctor Santiago Montero. El heredero de una gran familia cuya vida seguramente ya estaba planeada a la perfección.
Mientras que ella no era más que una madre soltera con una vida hecha pedazos.
Sara agachó la cabeza. Los labios le temblaron, conteniendo algo que le oprimía el pecho.
—No debería esperar ya nada... —susurró apenas. Porque desde aquella noche de la separación, lo sabía. Había perdido a Santiago para siempre.
La luz de la mañana fue llenando la habitación poco a poco, trayendo una calidez que lentamente ahuyentaba el frío de la noche.
En la cama, Sergio se movió despacio. Sus pestañas diminutas parpadearon varias veces antes de abrirse por completo.
—Mamá...
Aquella vocecita sacó a Sara de su ensimismamiento al instante. Su expresión se suavizó en cuanto vio que su hijo había despertado.
—Sí, cariño... —respondió en voz baja, acercándose al borde de la cama—. ¿Cómo te sientes? ¿Todavía estás mareado?
Sergio negó con la cabeza. Tenía el pelo un poco revuelto, el rostro aún pálido, pero se veía mucho mejor que la noche anterior.
—Selgio ya se siente mejol... —dijo con su vocecita de niño pequeño.
Sara sonrió levemente al escucharlo.
Desde pequeño, Sara le había pedido a Sergio que la llamara mamá. A ella, esa palabra le sonaba más cálida y tierna.
Sergio levantó su manita y le tocó la mejilla a Sara con suavidad.
—Mamá no se pleocupe... —le dijo con su pronunciación aún imperfecta—. Selgio es fuelte...
Esas palabras tan sencillas le llenaron el pecho a Sara de calor y de un nudo a la vez. Este niño siempre trataba de tranquilizarla, incluso cuando él mismo estaba enfermo.
Sara le acarició el pelo a Sergio con ternura.
—Sí... mi niño es muy valiente —susurró llena de cariño. Sergio esbozó una sonrisa pequeña, los ojitos todavía medio adormilados. Pero unos segundos después, el teléfono de Sara sonó de pronto.
Sara miró la pantalla y frunció levemente el ceño al ver el nombre de una de sus empleadas. Con cuidado, se alejó un poco de la cama antes de contestar.
—¿Hola?
Una voz asustada le llegó desde el otro lado.
[Sara, ¿puedes venir? Aldo vino otra vez a la tienda.]
El rostro de Sara se tensó de inmediato.
—¿Aldo? —repitió en voz baja.
[Sí. Está pidiendo dinero otra vez. Lleva un buen rato armando escándalo y gritándole a las empleadas.]
Sara cerró los ojos un momento; la respiración se le hizo pesada. Aldo era hijo de su madrastra. Después de que la madre de Sara murió, su padre se había casado de nuevo con una mujer que traía un hijo llamado Aldo. Sin embargo, pocos años después, su padre también falleció. Desde entonces, la vida de Sara se había desmoronado. Aldo creció convirtiéndose en un hombre violento que solo aparecía para exigir dinero. Y cada vez que no se le daba lo que quería, el escándalo era inevitable.
[¿Sara?] La voz de la empleada volvió a escucharse, preocupada. [Nos da miedo que los clientes se incomoden...]
—Sí... ya voy —respondió Sara deprisa—. Por favor, no le sigan el juego. Voy para allá ahora.
La llamada se cortó.
Sara soltó un largo suspiro mientras se masajeaba la sien con suavidad.
—Mamá... —La voz de Sergio la hizo voltear.
El niño la miraba con sus ojos inocentes.
—¿Mamá se va? —preguntó con su pronunciación infantil.
Sara forzó una pequeña sonrisa y volvió a sentarse junto a la cama.
—Sí, cariño. Mamá tiene que ir un ratito a la florería.
—¿Ahola?
—Sí, pero solo un ratito —le dijo con dulzura mientras le acariciaba la mejilla—. A lo mucho media hora, y después mamá regresa.
Sergio pareció pensarlo unos segundos antes de asentir despacio.
—¿A Selgio lo cuida la enfelmelita?
—Sí —respondió Sara con ternura—. Mamá te deja con la enfermera de guardia un momento.
Sergio volvió a asentir, aunque se le notaba un poco reticente.
—Mamá no se talde mucho... —Esas palabras le apretaron el corazón a Sara. Le besó la frente con suavidad.
—No voy a tardar —le susurró—. Sergio es un niño bueno, así que nada de berrinches, ¿está bien?
—Sí...
Sara sonrió apenas. Pero detrás de esa sonrisa, la inquietud comenzaba a llenarle la mente otra vez.