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Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:717.7k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21

Desperté con olor a desinfectante.

Todo se veía blanco.

Demasiado blanco.

Parpadeé varias veces hasta que una sombra se movió junto a mí.

Dante apareció en mi campo de visión.

Tenía la camisa arrugada en los puños y el cabello un poco menos perfecto de lo normal.

Pero sus ojos estaban despiertos.

Muy despiertos.

—¿Ya despertaste?

Intenté contestar, pero la garganta me raspó.

—¿Cómo te sientes? —preguntó—. ¿Te duele algo? ¿Te falta el aire?

Su voz sonó baja.

Controlada.

Pero la preocupación se le veía en la cara.

Eso fue raro.

Más raro que despertar en un hospital.

—¿Dónde estoy?

—En urgencias. Te desmayaste en el coche.

Intenté moverme.

Dante me sujetó la mano antes de que pudiera levantar el brazo.

—No. Cuidado.

Miré hacia abajo.

Tenía una aguja clavada en el dorso de la mano y una bolsa de suero colgando junto a la cama.

—Ah.

—Exacto. Ah.

Su dedo seguía sobre mi muñeca.

Firme.

Cálido.

No me estaba apretando, pero tampoco me dejaba hacer tonterías.

—¿Quieres que llame al doctor?

Negué despacio.

—Estoy bien.

—Te desmayaste.

—Pero ya desperté.

Me miró como si mi lógica no le gustara nada.

—¿Qué dijo el doctor? —pregunté.

—Alergia aguda. Llegaste a choque.

Se me enfrió el cuerpo.

—¿Choque?

—Sí.

La palabra cayó entre los dos.

Dante no la adornó.

No intentó hacerla suave.

—¿Comiste algo raro? —preguntó—. ¿Tomaste algo?

Mi estómago se apretó.

La farmacia.

La pastilla.

La chica del mostrador diciéndome que podía pegar fuerte.

Ay, no.

Dante me vio la cara.

—Ximena.

Ese tono.

Directo.

De hombre que no iba a aceptar evasivas.

Bajé la mirada.

—Tomé una pastilla.

—¿Qué pastilla?

Me ardieron las orejas.

—Anticoncepción de emergencia.

Silencio.

El peor silencio posible.

Me dieron ganas de esconderme bajo la sábana.

—Salí del trabajo, pasé por una farmacia y la compré —seguí, porque si me callaba iba a ser peor—. No sabía que podía darme alergia.

Dante no dijo nada.

Yo empecé a sentirme más pequeña sobre la cama.

—Perdón.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué me pides perdón?

Abrí la boca.

La cerré.

Porque sonaba ridículo decir: perdón por matar a tus posibles hijos antes de que fueran hijos.

Porque sonaba más ridículo admitir que esa idea me había cruzado por la cabeza.

—No sé.

Dante respiró hondo por la nariz.

—No quieres embarazarte.

No fue pregunta.

Aun así, asentí.

—Acabamos de casarnos.

—Lo sé.

—Y nosotros...

No terminé.

No hacía falta.

Nosotros no éramos una pareja normal.

Nosotros todavía teníamos demasiadas cosas atravesadas: Lorena, mi familia, el matrimonio arreglado, la palabra cuñado rondándome la cabeza cada vez que él se acercaba demasiado.

Y aun así, anoche lo había dejado entrar en mi cama.

En mi cuerpo.

En mi memoria.

Dante soltó mi muñeca sólo para cubrirme la mano con la suya.

—El que debe disculparse soy yo.

Lo miré.

—¿Tú?

—Ayer no pensé en protección.

Se me calentó la cara.

Claro.

Directo al tema otra vez.

—Yo tampoco.

—Era mi responsabilidad.

—Dante...

—Lo era.

No discutió.

No buscó justificarse.

Tampoco me hizo sentir tonta por correr a una farmacia.

Eso me desacomodó más que un regaño.

—No vuelvas a tomar esa pastilla —dijo—. Si no quieres embarazarte, usamos protección. Siempre.

La palabra siempre me rozó la piel.

Porque hablaba de más noches.

De más veces.

De él volviendo a tocarme.

Me dio vergüenza que mi cuerpo entendiera eso incluso en una cama de hospital.

—Está bien —murmuré.

Dante asintió.

—El doctor quiere dejarte en observación esta noche. Te van a pasar más suero y medicamento.

—¿Toda la noche?

—Sí.

Mi estómago eligió ese momento para rugir.

Fuerte.

Traicionero.

Quise morirme.

Dante bajó la mirada a mi abdomen.

Luego a mi cara.

La esquina de su boca se movió apenas.

—No cenaste.

—No tuve tiempo de planear mi crisis médica.

—Yo tampoco cené.

Sacó el celular.

—Voy a pedir comida.

—No tienes que quedarte.

Levantó la vista.

—Sí tengo.

No lo dijo fuerte.

Pero lo dijo de una forma que no dejaba espacio.

Media hora después llegó comida sencilla: sopa, arroz, pollo, verduras, cosas de hospital sin ser de hospital.

Yo tenía una mano ocupada con el suero y la otra torpe por el cansancio.

Dante abrió los recipientes, acomodó todo en la mesita y tomó la cuchara.

—Puedo comer sola.

—Puedes. Pero vas a tirar la mitad.

—Qué confianza.

—Abre la boca.

Me quedé mirándolo.

Dante levantó la cuchara.

—Ximena.

Otra vez ese tono.

Mi cuerpo obedeció antes que mi orgullo.

Abrí la boca.

Él me dio la primera cucharada.

Luego otra.

Y otra.

Lo hacía con una paciencia extraña, como si alimentar a una mujer en una cama de hospital fuera parte de su agenda del día.

Yo no sabía dónde mirar.

Si miraba la comida, me sentía niña.

Si lo miraba a él, me acordaba de sus manos en mi cintura.

Y si cerraba los ojos, peor.

—No hagas esa cara —dijo.

—¿Cuál?

—Como si te estuviera torturando.

—Me estás dando de comer con una cuchara.

—Eso no es tortura.

—Depende de la dignidad de cada quien.

Ahora sí sonrió un poco.

Poco.

Pero lo vi.

Y mi pecho hizo una cosa rara.

No quise ponerle nombre.

Después de comer, Dante me dio las medicinas y un vaso de agua.

La comezón empezó a bajar.

El cuerpo me pesaba menos.

También me daba sueño.

—Duerme —dijo.

—¿Y tú?

—Voy a estar aquí.

—Dante...

—Duerme.

Me acomodó la sábana.

No de forma dulce.

Más bien práctica.

Como todo lo que hacía.

Pero se quedó.

Eso fue lo último que vi antes de dormir otra vez.

Cuando desperté, ya era de día.

La bolsa de suero estaba vacía.

La mano me dolía menos.

El cuerpo también.

Moví la cabeza despacio y lo vi.

Dante estaba dormido en una silla.

No se veía cómodo.

Nada cómodo.

Tenía los brazos cruzados, la cabeza inclinada apenas hacia un lado y la chaqueta doblada sobre el respaldo.

Se había quedado ahí toda la noche.

Por mí.

Me quedé mirándolo.

No entendía por qué.

Podía haber llamado a una enfermera privada.

Podía haber mandado a Saúl.

Podía haber pagado lo que fuera y dormir en su cama enorme, en su casa perfecta.

Pero estaba ahí.

En una silla incómoda.

Conmigo.

Hacía mucho nadie me cuidaba así.

Sin hacerlo parecer un favor.

Sin cobrármelo después.

Dante abrió los ojos.

Me cachó mirándolo.

Parpadeé y desvié la vista.

Qué oso.

Luego pensé: ¿por qué me escondo? Es mi esposo.

Mi esposo.

Todavía sonaba raro.

—¿Cómo amaneciste? —preguntó.

—Mejor.

Se levantó.

—Déjame ver.

—¿Ver qué?

No me contestó.

Se acercó y puso una mano en mi cara.

Me quedé tiesa.

Su palma era grande, tibia, con esa seguridad de hombre que toca sin pedir permiso porque asume que va a cuidar, no a lastimar.

El olor de su perfume me llegó limpio, amaderado.

Demasiado cerca.

Me acordé de anoche.

Otra vez.

Qué mente tan insistente.

Dante me sostuvo la cara y revisó mi piel.

—Ya no estás tan caliente. El color volvió.

—Ah.

Su pulgar rozó mi mejilla.

—Todavía tienes algunas ronchas.

—Se van a quitar.

—Eso dijo el doctor.

Me apretó la mejilla.

Suave.

Como si estuviera comprobando algo.

—¿Qué haces?

—Revisar.

—Eso no es revisar.

Volvió a apretarme.

Una vez.

Dos.

—Dante.

Ahora sí soltó.

Había una sombra mínima de burla en su boca.

No sonreía de verdad, pero casi.

Y yo, como idiota, me puse roja.

—¿Te quedaste toda la noche? —pregunté para cambiar de tema.

—Sí.

—¿Por qué?

Me miró.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué te quedaste?

Pareció que mi pregunta le resultaba absurda.

—Eres mi esposa.

—Sí, pero...

—Tuviste una reacción alérgica, te desmayaste y estabas con suero. ¿Qué esperabas que hiciera?

—Podías llamar a alguien.

—No.

Lo dijo rápido.

—No tenemos ese tipo de matrimonio —murmuré.

Dante se quedó quieto.

—¿Qué tipo de matrimonio tenemos, según tú?

Me arrepentí apenas la pregunta rebotó en mí.

—Uno arreglado.

—Eso no cambia que sea matrimonio.

—No hay sentimientos.

Su mirada se oscureció un poco.

—¿Me tomas por un hombre que se casa y se lava las manos?

—No dije eso.

—Lo estás diciendo.

Me quedé callada.

Dante apoyó una mano en la barandilla de la cama.

—Acepté casarme contigo. Eso significa que esta relación, con sentimientos o sin ellos, tiene peso. Tú tienes peso. Para mí.

Mi garganta se cerró.

No supe qué hacer con eso.

Con esa seriedad.

Con esa forma suya de decir algo sencillo y dejarme sin defensa.

—Gracias —dije al final.

Dante soltó aire, casi como si la palabra le diera incomodidad.

—Descansa. Voy por el doctor.

Antes de irse, me tocó la cabeza.

Rápido.

Pesado.

Como si fuera natural.

Cuando salió, mi celular empezó a sonar.

Era mi papá.

Lo miré unos segundos antes de contestar.

—Bueno.

—¿Qué pasó? ¿Por qué no llegaste a la empresa?

Ni buenos días.

Ni cómo estás.

Directo al control de asistencia.

Respiré hondo.

—Tuve una alergia aguda anoche. Me hospitalizaron. Necesito uno o dos días de permiso.

Hubo una pausa.

—¿Alergia? ¿Qué tan grave?

—Bastante. Me desmayé.

—¿En qué hospital estás? Tengo un cliente importante en la mañana, no puedo ir ahora, pero le digo a tu mamá que vaya.

—No hace falta. Dante está conmigo.

Otra pausa.

Más larga.

—¿Dante está ahí?

—Sí.

Mi papá no contestó enseguida.

Seguro estaba haciendo cuentas en su cabeza.

Un esposo recién casado dejando trabajo para acompañar a su esposa enferma se veía bien.

Un padre que no iba porque tenía un cliente, no tanto.

—Mándame el hospital —dijo al final—. Tu mamá va.

No quise discutir.

Le di el nombre.

Me dijo que descansara, que el trabajo podía esperar.

Colgó.

No pasó ni un minuto antes de que llamara mi mamá.

—Yuyu, ¿qué pasó? Tu papá me dijo que estás hospitalizada. Tú casi nunca te enfermas. ¿Qué comiste?

Cerré los ojos.

—Tomé anticoncepción de emergencia.

Silencio.

Podía escucharla respirar.

—¿Anticoncepción?

—Sí.

—Entonces tú y Dante...

—Somos esposos.

—Pero tú no debías...

Abrí los ojos.

Ahí estaba.

Otra vez.

—¿No debía qué, mamá? ¿Acostarme con mi esposo?

—No lo digo así.

—Sí lo dices así.

—Ximena...

—¿Piensas lo mismo que Lorena? ¿Que Dante sigue siendo de ella aunque se haya casado conmigo?

Mi mamá se quedó callada.

Eso fue respuesta suficiente.

Me dolió.

Menos de lo que habría dolido antes, pero dolió.

—Escúchame bien —dije—. Me casé con Dante. Si nada grave pasa, no pienso divorciarme. Si todavía quieres convencerme para que me quite de en medio y Lorena vuelva con él, no pierdas tu tiempo.

—Yo...

—No.

Me ardió la garganta.

—No quiero oírlo.

Mi mamá respiró hondo.

—Lo de la otra vez estuvo mal. Te dije cosas horribles porque estaba desesperada. Ya lo pensé. No voy a volver a pedirte eso.

No contesté.

—Si decidiste vivir con Dante, vive bien con él. A tu hermana... yo hablaré con ella.

Me quedé mirando la sábana.

—Qué bueno.

—¿Cómo sigues? Le voy a decir a Rosa que prepare caldo de pollo y te lo llevo.

—No vengas.

—Ximena.

—Ya casi me dan de alta. Y Dante está conmigo.

El silencio cambió.

Se volvió pesado.

—Sigues enojada conmigo.

No respondí.

—Dime qué quieres que haga. Si es por lo de tu divorcio, ya te pedí perdón. ¿Qué más necesitas?

Me cansé de golpe.

Un cansancio viejo.

De años.

No era sólo Dante.

No era sólo Lorena.

Era todo.

—Voy a colgar.

—Pero dime qué hice tan mal, Ximena. Si no me dices, ¿cómo quieres que lo arregle?

Miré el techo.

La presión en el pecho me dejó sin ganas de explicar nada.

—Adiós, mamá.

Colgué.

Bajé el celular.

Y entonces lo vi.

Dante estaba en la puerta.

No sabía cuánto había escuchado.

Su mirada estaba fija en mí.

Oscura.

Complicada.

Me acomodé contra la almohada, incómoda.

—¿Volviste?

Qué pregunta tan tonta.

Él entró.

—El doctor viene en camino.

—Ah.

No hablamos de la llamada.

Yo no quería.

Él no insistió.

El doctor llegó poco después, me revisó la piel, la presión, la respiración, los ojos. Dijo que las ronchas ya estaban bajando, que no había otra reacción rara y que podía irme con medicamento y reposo.

Dante escuchó todo.

Preguntó dosis.

Horarios.

Efectos secundarios.

Qué hacer si volvía la comezón.

El doctor le contestó con paciencia.

Yo sólo miraba.

Después una enfermera me explicó cómo tomar las pastillas. Dante fue a pagar y hacer el alta.

Cuando regresó, traía los papeles en una mano y mis medicamentos en la otra.

Se acercó y me tocó la cabeza otra vez.

—Mi mamá me llamó.

Me tensé.

—¿Tu mamá?

—Preguntó por qué no fui a la oficina. Le conté que estuviste hospitalizada por una alergia.

—Ah.

—Quiere que vayamos a comer a la casa.

Mi estómago se apretó.

—¿A comer?

—Sí.

—¿Con tu familia?

—Con la familia.

La imagen me cayó encima: una mesa enorme, demasiada gente, demasiadas miradas, demasiados Montalvo evaluando si yo sabía respirar de la forma correcta.

Se me cortó un poco la respiración.

Dante me observó.

—¿Como la vez pasada? —pregunté—. ¿Todos sentados alrededor de una mesa gigante?

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Andris Arias
jajajaj Ximena me hace reír enserio 🤣
Marta Calderón
reconoce que te mueres por él, todo cambiara en esa relación, ambos se sentirán más seguros
Yenireth Aular
la ameee❤️❤️
Betibel Barreto
esto se está poniendo interesante.
Cinthya Rosell
hsy no, otra vez con lo mismo, que alguien le explique a ximena que dante tiene sentimientos por ella y ella tan pero tan.../Determined/
Cinthya Rosell
ya me canso ximena , pobre dante dando todo por ella y ella bien cprtante y penosa
Books_00
Por fin, por fin se ve una emoción que no se siente tan forzada por parte de ella. Es algo muy bonito ver más emociones en Ximena que no sean solo vergüenza o inseguridad.
Maria Del Carmen Geronimo Suárez
/Smile/estuvo muy linda la novela
Katy Andreina Bravo
Aburrido y mucha monotonía aparte la protagonista parece gf
Llessica Ospina
hermoso
Edith G Lopez
Hermosa Novela 🥰
Andrea Mauricio
Me gusta mucho
Mirna Lobo
me hubiese gustado un capítulo sobre un embarazo ☹️😓
Mirna Lobo
me encantó felicidades escritora, al principio estaba un poco lenta por la actitud de ella, pero cuando avanzó estuvo muy buena, gracias 😊
Mirna Lobo
quién lo iba a decir tan serio pero tan fogoso 😜😍😍😍
Mirna Lobo
hahaha cochina te pusieron en tu sitio 🤣🤣🤣🤣
Mirna Lobo
espero que la ponga en su sitio a la resbalosa 😡😡
Nacho Cardozo
me encantó la novela 👌la sigo leyendo y comentando porque estuvo muy buenísima solo falto que si la embarazada de gemelos porque este si era muy apasionado 😍😍😈y me encantó 😍😍😈😈
Nacho Cardozo
me encantó excelente 👌 me fascinó de principio a fin si no comente fue por lo fascinante de su historia que quería seguir y seguir el próximo capitulo gracias por su novela excelente narración solo faltaron los bebés pero estuvo buenísima
Mirna Lobo
no puede ser tan mojigata por Dios, 😠 ponte pilas 😡😡😡
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