Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 9: Los que duermen debajo
Los que duermen debajo
El túnel se tragó el sonido de la puerta al cerrarse.
La oscuridad era absoluta. No el tipo de oscuridad a la que los ojos pueden acostumbrarse, sino una negrura antigua, densa, que parecía tener peso propio. Solo la marca en el cuello de Kael emitía una luz ámbar suave, suficiente para iluminar un par de metros alrededor de ellos. Las paredes del pasaje eran de piedra negra, húmeda, cubierta de runas que nadie había tocado en siglos.
Damien no soltó su mano.
A través del vínculo, Kael sentía la tensión del alfa como si fuera propia: una alerta constante, una disposición a matar en cuanto algo se moviera. Pero debajo de eso había otra cosa. Una emoción más antigua. Respeto. Y un miedo muy controlado.
—No hables demasiado alto —susurró Damien—. Ellos escuchan incluso cuando duermen.
Kael asintió. El aire olía a tierra profunda, a humedad y a algo metálico que le resultaba inquietantemente familiar. Su propia sangre. O el eco de ella.
Caminaron en silencio durante varios minutos. El pasaje descendía en una pendiente suave. Cada tanto, Damien se detenía y colocaba la palma abierta sobre la pared, como si escuchara a través de la piedra. La marca de Kael latía con más fuerza cada vez que lo hacía, como si respondiera a lo que el alfa percibía.
—¿Qué hay aquí abajo? —preguntó Kael al fin, en voz muy baja.
Damien tardó en responder.
—Los primeros. Los que no quisieron adaptarse al mundo de arriba. Algunos eligieron el sueño eterno. Otros… simplemente esperaron. Tu sangre es la primera de su línea que baja a estas profundidades en más de trescientos años. Ellos lo saben.
Un escalofrío recorrió la espalda de Kael.
De pronto, la luz de su marca parpadeó.
Damien se detuvo en seco y lo atrajo hacia atrás, protegiéndolo con su cuerpo. El vínculo se tensó como un cable a punto de romperse.
—No te separes de mí —ordenó en un susurro áspero—. Pase lo que pase.
La oscuridad frente a ellos cambió.
No se iluminó. Se densificó. Como si algo enorme hubiera abierto los ojos después de un sueño demasiado largo. Una presencia antigua y pesada se extendió por el túnel, rozando la mente de Kael a través del vínculo. No eran palabras. Eran imágenes: tronos de hueso, lunas rojas más antiguas que la actual, y una mujer de cabello negro y ojos del mismo color ámbar que ahora brillaba en la marca de Kael.
La última reina.
Kael jadeó. La visión fue tan nítida que casi pudo oler la sangre de aquella mujer. Damien apretó su mano con fuerza, anclándolo al presente.
—Te están reconociendo —murmuró el alfa—. No luches contra la visión. Déjala pasar.
La imagen se disolvió con lentitud. En su lugar, una voz resonó dentro de la cabeza de Kael. No era Damien. Era algo mucho más viejo, más frío y, al mismo tiempo, extrañamente familiar.
*Sangre de mi sangre… has vuelto.*
Kael se llevó una mano a la sien. El dolor fue breve pero intenso. Damien lo sostuvo por la cintura para que no cayera.
—¿Qué fue eso? —preguntó Kael con la voz entrecortada.
—Un eco —respondió Damien—. El más antiguo de los que duermen aquí. Todavía no está despierto del todo… pero te ha sentido.
El túnel se abrió de pronto en una caverna amplia. La luz de la marca de Kael se expandió, revelando columnas naturales de piedra negra y un suelo cubierto de un polvo fino que crujía bajo sus botas. En el centro de la caverna había un altar bajo, tallado en la misma piedra. Sobre él descansaba un objeto envuelto en telas oscuras que el tiempo no había logrado destruir del todo.
Damien se tensó al verlo.
—No lo toques —advirtió de inmediato—. Todavía no.
Pero Kael ya había dado un paso adelante. Algo dentro de su sangre tiraba hacia el altar con una fuerza casi física. La marca ardía. El vínculo con Damien se llenó de alarma.
—Kael.
La voz del alfa era un aviso claro. Kael se detuvo a pocos pasos del altar, respirando con dificultad. El objeto envuelto parecía llamar su nombre sin palabras.
Damien se colocó frente a él, bloqueándole el camino.
—Esa es una reliquia de tu línea —explicó en voz baja—. La última reina la dejó aquí antes de desaparecer. Contiene un fragmento de su poder… y de su memoria. Si la tocas ahora, sin control, podría abrumarte. O despertar cosas que aún no estamos listos para enfrentar.
Kael miró el bulto envuelto. Su sangre cantaba. El poder que había sentido durante la pelea en el castillo volvía a removerse, inquieto.
—¿Y si es la única forma de defendernos de los que vienen atrás? —preguntó.
Damien sostuvo su mirada. A través del vínculo, Kael sintió el conflicto del alfa: el deseo de protegerlo enfrentado a la necesidad de darle más fuerza.
Antes de que pudiera responder, un sonido lejano llegó desde el túnel por el que habían entrado.
Pasos.
Muchos.
Y voces que no pertenecían a los perseguidores del castillo.
Damien maldijo en voz baja.
—Nos encontraron más rápido de lo que esperaba. Alguien les mostró el camino antiguo.
Tomó el rostro de Kael entre sus manos, obligándolo a mirarlo.
—Escúchame. Si usamos la reliquia, no habrá marcha atrás. Tu sangre se despertará por completo. El poder que sentiste arriba será solo una fracción. Pero también te convertirá en un faro. Todos los que duermen aquí abajo lo sentirán. Y no todos serán amistosos.
Kael respiró hondo. El olor de Damien lo anclaba. El vínculo latía entre ellos, fuerte y constante.
—Entonces no la usaré solo —dijo—. La usaremos juntos.
Damien lo observó un segundo más. Luego asintió una sola vez.
Se giraron hacia el altar. Damien deshizo las telas con cuidado. Dentro había un medallón antiguo de un metal negro que parecía absorber la luz. En el centro, una gema del mismo color ámbar que la marca de Kael brillaba débilmente, como si hubiera estado esperando.
En el momento en que Kael extendió la mano y la rozó, el mundo cambió.
Una oleada de poder lo atravesó. No fue dolor. Fue reconocimiento. Memoria. La sangre de la última reina se encontró con la suya y las dos se reconocieron como una sola. Imágenes inundaron su mente: batallas bajo lunas rojas, tronos de sombra, y una promesa susurrada en la oscuridad.
*Cuando el último de mi sangre regrese… los antiguos despertarán.*
Kael cayó de rodillas. Damien lo sostuvo de inmediato, rodeándolo con ambos brazos. El medallón quedó atrapado entre sus pechos. La luz ámbar se intensificó hasta iluminar toda la caverna.
Y entonces las paredes respondieron.
Runas que habían estado muertas durante siglos se encendieron una por una. Un murmullo profundo, como el sonido de muchas voces despertando al mismo tiempo, llenó el aire. El suelo tembló suavemente.
Damien apretó a Kael contra sí.
—Lo hiciste —susurró contra su cabello—. Los despertaste.
Desde las sombras de la caverna, figuras comenzaron a materializarse. No eran completamente sólidas todavía. Eran siluetas altas, envueltas en capas de oscuridad, con ojos que brillaban en distintos tonos de rojo y ámbar. Una de ellas, más alta que las demás, dio un paso adelante. Su voz resonó tanto en el aire como dentro de la mente de Kael.
—Sangre Real… has regresado.
Kael intentó ponerse de pie. Damien lo ayudó, sin soltarlo ni un segundo. El vínculo entre ellos ardía con la misma luz que la marca.
La figura antigua inclinó la cabeza, observando primero a Kael y luego a Damien.
—Y has traído a un Voss contigo. Interesante. La última vez que un príncipe de esa casa bajó aquí… fue para jurar lealtad a tu antepasada.
Damien no bajó la mirada.
—Juro protegerlo con mi existencia —dijo con voz clara—. Como mi línea juró entonces.
La figura antigua guardó silencio unos segundos. Luego extendió una mano espectral hacia Kael.
—Entonces demuéstralo, Omega de Sangre Real. Tu poder apenas despierta. Los de arriba ya rompen las puertas. Si quieres sobrevivir… y si quieres que los antiguos te reconozcan como legítimo… deberás completar lo que tu antepasada comenzó.
Kael sintió que el medallón en su mano latía al ritmo de su corazón. A través del vínculo, Damien le envió una certeza silenciosa y feroz:
*No estás solo.*
Kael apretó el medallón y levantó la mirada hacia la figura antigua.
—Dime qué debo hacer.
La silueta sonrió. O al menos eso pareció.
—Despierta del todo.
Las runas de la caverna estallaron en luz.
Y algo dentro de Kael… se rompió y se reconstruyó al mismo tiempo.