Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 18 LA VERDAD DETRÁS DE LA MENTIRA
Habían pasado tres días desde que volví a la mansión.
Las cosas entre Dante y yo seguían siendo tensas, pero de una tensión distinta a la de antes. Ya no había frialdad, ni orgullo herido que nos separara. Había una especie de cuidado mutuo, como si ambos camináramos sobre cristales, temiendo romper lo poco que habíamos recuperado. Él me preguntaba cada mañana si había dormido bien, si necesitaba algo. Yo le preparaba el café como le gustaba cuando se levantaba temprano para ir a la oficina. No hablábamos de la pelea. No hablábamos de Sofía ni de las fotos. Pero ambos sabíamos que el tema seguía ahí, flotando en el aire, esperando el momento adecuado para salir.
Esa tarde estábamos en el salón con Don Eliseo, tomando el té y revisando unos papeles de la fundación, cuando sonó el timbre de la puerta. Clara fue a abrir y volvió un minuto después con un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje oscuro sencillo, de rostro serio y mirada atenta. Era el investigador privado que Dante había contratado.
—Señor Ferrer —dijo el hombre, saludando con un gesto breve de la cabeza—. Tengo noticias importantes.
Dante se puso de pie de inmediato.
—Pasa, Álvarez. Siéntate.
El hombre se sentó frente a nosotros. Sacó una carpeta de cuero marrón de su maletín y la abrió sobre la mesa. Miró a Don Eliseo y luego a mí, como si preguntara si podía hablar delante de nosotros.
—Puedes hablar delante de ellas —dijo Dante, firme—. Todo lo que me digas, ellas lo tienen que saber también.
Álvarez asintió. Sacó varios papeles de la carpeta y los extendió sobre la mesa: recibos, copias de mensajes de texto, fotos pequeñas de personas entrando y saliendo de lugares.
—He averiguado quién mandó las fotos anónimas a la señora Aitana —empezó, directo, sin dar vueltas—. Fue Victoria Montalvo. Y contó con la ayuda de su hermana, Sofía.
Sentí cómo el corazón me daba un vuelco y luego se me caía a los pies. Miré los papeles sobre la mesa. Uno de ellos era un recibo de pago a un fotógrafo particular, firmado por Victoria. Otro era una copia de mensajes entre ella y Sofía, fechados días antes de que yo recibiera el sobre.
> **Victoria**: Ya he hablado con el fotógrafo. Se encargará de tomar las fotos en los momentos adecuados.
> **Sofía**: Ten cuidado de que no se entere nadie. Si Dante se da cuenta, todo se arruina.
> **Victoria**: No te preocupes. Cuando Aitana las reciba, dudará de él. Se pelearán. Y tú estarás ahí para consolarlo.
Leí las líneas una y otra vez, como si quisiera grabarlas en la memoria. Las manos me temblaban. Todo era verdad. Todo había sido una trampa. Una mentira urdida por las dos hermanas para separarnos. Y yo me lo había creído. Yo había dudado de Dante. Le había dicho cosas horribles. Me había ido de la mansión pensando que él me era infiel.
—Hay más —continuó Álvarez, señalando otros papeles—. También he averiguado que Victoria ha estado hablando con algunos socios antiguos de la familia Ferrer. Quiere convencerlos de que usted, señor Ferrer, está distraído por su matrimonio, que ya no es capaz de dirigir los negocios como antes. Quiere desacreditarlo para que su familia recupere el poder en los consejos de administración.
Dante no dijo nada. Estaba sentado, mirando los papeles, con la mandíbula tensa, los puños cerrados sobre la mesa. Podía ver la rabia hirviendo dentro de él, contenida, a punto de estallar.
Yo me levanté de la silla. Necesitaba aire. Me sentía mareada, culpable, estúpida. Caminé unos pasos hacia la ventana, mirando hacia el jardín sin ver nada.
—Fui una tonta —dije, y la voz me salió rota—. Me lo creí todo. Sin preguntarte, sin darte una oportunidad de explicarte. Te hice daño sin razón.
Dante se levantó. Se acercó a mí despacio. Me puso una mano en el hombro, haciéndome girar hacia él. Sus ojos no tenían rencor. No tenía reproches. Solo tenía una tristeza suave.
—No eres tonta —dijo, muy bajito—. Ellas lo planearon muy bien. Sabían qué hacer para que dudaras. Y yo… yo también tuve la culpa. No supe demostrarte lo suficiente que solo había ti para mí. Dejé que se metieran entre nosotros.
—Pero te dije cosas horribles —insistí, y las lágrimas por fin se me salieron, rodando por las mejillas—. Te dije que este matrimonio había sido un error. Que quería terminar el contrato.
Él me secó una lágrima con el dorso del dedo, muy suavemente.
—Y yo también te dije cosas que no debía. Cosas que no sentía. Estábamos los dos ciegos por el dolor y el orgullo. No es solo tu culpa. Es de los dos.
Don Eliseo, que había estado escuchando todo en silencio, se puso de pie. Tenía el rostro serio, enfadado.
—Esto no se puede quedar así —dijo, con voz firme—. Esas dos chicas han jugado con los sentimientos de esta familia. Han intentado destruir lo que tenemos. Tenemos que desenmascararlas.
—Sí —asintió Dante, girándose hacia el investigador—, pero no todavía. Necesitamos más pruebas. Álvarez, sigue investigando. Quiero saber todo lo que hacen, todo lo que planean. Cuando tengamos suficiente, las enfrentaremos delante de todos. Que nadie vuelva a dudar de lo que son.
Álvarez asintió, recogió sus papeles y se marchó después de despedirse.
Nos quedamos solos los tres en el salón. El silencio era distinto ahora. Ya no había secretos entre nosotros, al menos no sobre esto. La verdad había salido a la luz, y aunque dolía, también nos quitaba un peso enorme de encima.
Me acerqué a Dante. Levanté una mano y la apoyé suavemente en su pecho, sintiendo el latido de su corazón bajo mi palma.
—Lo siento mucho —dije, mirándolo fijamente a los ojos—. De verdad. Nunca más volveré a dudar de ti.
Él puso su mano sobre la mía, apretándola suavemente contra su pecho.
—Y yo prometo que nunca más te daré razones para hacerlo —respondió, muy serio, muy sincero.
Nos quedamos así un rato, mirándonos, sintiendo la cercanía del otro, sabiendo que lo que nos había separado había sido una mentira, y que lo que nos unía era mucho más fuerte que cualquier trampa.
Don Eliseo sonrió suavemente desde la mesa, y luego se marchó silenciosamente para dejarnos solos.
Cuando quedamos a solas, Dante me atrajo hacia sí con un movimiento suave. Me rodeó la cintura con los brazos, y yo apoyé la cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir con fuerza y regularidad. Sus brazos me apretaban con cuidado, como si temiera romperme, como si quisiera asegurarse de que yo estaba realmente allí, con él.
—No voy a dejar que nadie nos vuelva a separar —dijo al oído, muy bajito, como una promesa.
Cerré los ojos. Apreté su camisa entre mis dedos.
—Yo tampoco —respondí.
Fuera, el sol empezaba a ocultarse, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Dentro, por primera vez en semanas, sentí paz.
Sabía que todavía había batallas que librar. Victoria y Sofía seguirían con sus planes. Las amenazas anónimas que Álvarez había mencionado de pasada seguían ahí, esperando. El pasado de la familia Ferrer todavía guardaba secretos que no habíamos descubierto.
Pero también sabía que ya no estaríamos solos para enfrentarlo todo.
La verdad nos había dolido. Pero también nos había devuelto el uno al otro.
Y eso era lo único que importaba.