César Montenegro lo tiene todo: un imperio financiero, poder absoluto y una armadura de hielo forjada tras la peor traición. Desde que su prometida y su mejor amigo intentaron destruirlo, juró que ninguna mujer volvería a cruzar sus defensas. Las mujeres son pasatiempos de una noche. Sin nombres, sin promesas, sin mañana.
Clara Fernandes es todo lo opuesto: una joven humilde, huérfana y luchadora que llegó a São Paulo con nada más que sueños y la voluntad de salir adelante. Una noche, el destino los cruza en las circunstancias más injustas, y la vida de ambos cambia para siempre.
Cuando César descubre que aquella noche dejó algo más que un billete sobre la mesa —una hija de ojos grises idénticos a los suyos—, su mundo de control y frialdad empieza a resquebrajarse. Pero Clara no quiere su dinero ni su compasión. Lo único que pide es que no le arranquen a la bebé que crió sola, con sacrificio y amor incondicional.
Entre la desconfianza, los secretos de familia, las conspiraciones de quienes quieren verlos separados y un pasado que se niega a soltar, César y Clara descubrirán que la redención no se compra: se construye, día a día, con la verdad que más miedo da decir.
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El encuentro que lo cambió todo
Clara no fue sola. Su mejor amiga de la infancia, Júlia Martins
la madre de Júlia, doña Berenice, vivía en otra ciudad del interior y decidió que era hora de buscar un futuro mejor juntas. Con el dinero de la venta de la casa, las dos jóvenes se mudaron a la capital y alquilaron un pequeño y modesto departamento. Doña Berenice se mudó con ellas, trayendo el calor de madre y cuidando del hogar para que las chicas pudieran concentrarse en su futuro.
Berenice Martins, madre de Júlia
Un año transcurrió en la capital paulista. Bajo la protección de Berenice, Clara y Júlia florecieron. Consiguieron empleo en una encantadora cafetería del centro y, a base de mucho estudio y noches sin dormir, obtuvieron becas completas en una prestigiosa universidad privada. Clara eligió la carrera de Administración de Empresas, decidida a comprender los mecanismos del mundo de los negocios para cambiar de vida, mientras que Júlia, extrovertida y creativa, ingresó en Diseño Gráfico.
Ahora, a los 23 años, Clara sentía que, por fin, podía respirar. Júlia, a punto de cumplir 24, era su puerto seguro. Fue por eso que, tras mucha insistencia de su amiga y de un grupo de compañeros de la universidad, Clara cedió a la invitación de ir a un exclusivo club nocturno en Vila Olímpia.
— ¡Vamos, Clarinha! Solo estudias y trabajas. ¡Necesitas vivir un poco, conocer gente!
insistió Júlia, mientras terminaba de retocarse el labial.
Clara, una joven recatada, ajena a los excesos, que jamás había tenido novio en su vida, aceptó ir solo para acompañar a su amiga. Se puso un vestido sencillo, pero que moldeaba delicadamente sus curvas naturales, y puso una condición: no se llevaría una sola gota de alcohol a la boca.
El club nocturno estaba repleto, el retumbar de los graves de la música electrónica vibraba en el pecho, y las luces de neón cortaban la penumbra.
Clara permaneció en un rincón del reservado, balanceándose tímidamente al ritmo de la música, observando la alegría de Júlia. Al notar la timidez de su amiga, Júlia fue hasta la barra y regresó minutos después con una copa elegante.
— Toma, Clarinha. Es un cóctel de frutas, sin alcohol. ¡El barman se esmeró!
dijo Júlia, gritando por el volumen alto de la música, antes de ser jalada por un compañero hacia la pista de baile.
Clara tomó la bebida; el sabor era dulce, exótico y refrescante. Con la garganta reseca por el humo y el calor del ambiente, se la bebió toda rápidamente. Al encontrar el trago delicioso y al ver pasar a un mesero con una bandeja llena de copas idénticas cerca de allí, extendió la mano y pidió otro.
Lo que Clara no sabía era que, en ese preciso instante, el caos se había desatado tras la barra del bar.
Una mujer rica y obsesiva, sentada en uno de los reservados VIP, había sobornado a uno de los bármanes para que le pusiera una dosis descomunal de un estimulante afrodisíaco fortísimo en el trago de un empresario al que intentaba seducir. En el ajetreo del momento y en la prisa del servicio, el mesero confundió los pedidos. La copa adulterada fue a dar a las manos inocentes de Clara.
Al terminar el segundo vaso, Clara sintió el impacto de inmediato. Sus mejillas comenzaron a arder. Un calor súbito y avasallador se extendió por sus venas, haciendo que su corazón martillara en el pecho de manera descontrolada.
Sus sentidos se nublaron, y una sensación de hormigueo se apoderó de su piel. Intentó enfocar la mirada en la pista para encontrar a Júlia, pero las luces de colores se transformaron en manchas psicodélicas.
La música alta parecía asfixiarla.
— Júlia... — intentó llamarla, pero su voz salió como un susurro inaudible.
Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, Clara caminó tambaleante hacia el pasillo de los baños, buscando aire y agua. Entró en el recinto de mármol, abrió la llave con las manos temblorosas y se echó agua fría en el rostro. No sirvió de nada. El fuego interno que la consumía parecía quemarla de adentro hacia afuera, nublando su mente y despertando sensaciones peligrosas y desconocidas para su inocencia.
Desesperada y asustada por lo que sentía en su propio cuerpo, empujó la puerta del baño para salir y pedir ayuda. En cuanto cruzó el umbral hacia el pasillo, su cuerpo chocó contra una barrera sólida.
Era un hombre, muy alto, de hombros anchos, que vestía una camisa negra de lino sutilmente abierta en el cuello.
Era César Montenegro, quien había ido a aquel club nocturno únicamente para cerrar un negocio informal con inversionistas y ya se marchaba, aburrido.
Al notar que la chica tropezaba contra su pecho, el instinto de César fue sujetarla por los brazos.
El contacto de él envió una descarga por el cuerpo febril de Clara. Ella levantó los ojos castaños, dilatados por el efecto de la sustancia y brillantes de lágrimas y deseo involuntario. César se paralizó por un segundo; había una pureza asustada en aquella joven que contrastaba violentamente con la lujuria que emanaba de sus labios entreabiertos.
La mente de Clara se apagó para la lógica; el hormigueo en su cuerpo imploraba por aquel contacto. A partir de ahí, la noche se transformó en destellos inconexos: el perfume amaderado y costoso de él invadiendo sus sentidos, la firmeza de unos brazos fuertes que la llevaban lejos del ruido, el asiento de piel de un auto lujoso, el techo de un penthouse suntuoso y, finalmente, la suavidad de sábanas de satín. Fue una danza de sensaciones intensas, un sueño febril donde el dolor del pasado y la urgencia del presente se fundieron en susurros y caricias ardientes en la oscuridad.
El despertar fue el choque con la realidad más cruel de su vida.
La luz del sol naciente se filtraba por los inmensos ventanales de vidrio de una suite que Clara jamás había visto.
Lo primero que sintió fue un dolor de cabeza lacerante, seguido de un ardor muscular por todo el cuerpo. Parpadeó, intentando reconocer el ambiente de decoración lujosa, en tonos de gris y negro.
Estaba sola.
El silencio de la habitación era absoluto, quebrado apenas por el sonido lejano del tráfico de São Paulo. Al intentar moverse, Clara se dio cuenta de que estaba completamente desnuda bajo las sábanas de seda.
El pánico le subió por la espina dorsal como un balde de agua helada; al apartar la tela para levantarse, sus ojos se clavaron en una pequeña y nítida mancha rojiza sobre el tejido blanco.
El aire le faltó en los pulmones; la desesperación la golpeó como un puñetazo en el estómago.
Se había entregado a un desconocido; su integridad, su pureza guardada durante toda la vida, se había perdido en una noche de la que ni siquiera podía recordar los detalles ni el rostro de aquel hombre.
Lágrimas calientes comenzaron a rodar por sus mejillas. Sentándose en la cama, temblorosa y abrazando sus propias rodillas, miró hacia la mesa de noche a su lado. Allí, reluciendo bajo la luz de la mañana, descansaba un grueso fajo de billetes de cien reales. Sobre el dinero, un trozo de papel recortado contenía una caligrafía firme y elegante.
Clara extendió la mano temblorosa y leyó la única frase escrita:
**"Espero que sea suficiente."**
La nota se le cayó de las manos. Clara se cubrió la boca para ahogar el grito de dolor que le subió por la garganta. Ella no era una acompañante, no era una mujer de esa vida; la humillación le quemó más que el afrodisíaco de la noche anterior.
En la mente de aquel hombre misterioso, ella había sido solo un pedazo de carne comprado, un juguete desechable de una noche.
Encogida en la inmensidad de aquella cama lujosa, Clara lloró. Sintiéndose la peor basura del mundo, recogió su ropa rasgada del suelo, sin saber que el dueño de aquella nota era el hombre que dirigiría la empresa donde ella, muy pronto, buscaría su futuro.
Continúa...