La noche del cumpleaños número dieciocho de su hija, el mundo de Alma Montoya se derrumba frente a trescientas personas.
Su esposo entra al salón tomado del brazo de otra mujer.
Y no llega solo.
A su lado viene una joven de dieciocho años… idéntica a él.
La misma edad que Lucía.
La misma edad de la mentira que acaba de destruir veinte años de matrimonio.
En cuestión de horas, Alma pierde mucho más que un esposo. Descubre que el hombre al que amó le robó la clínica de su familia, su fortuna y cada cosa que construyeron juntos mientras llevaba una doble vida a sus espaldas. Pero lo peor llega cuando Lucía, su hija enferma del corazón, colapsa en medio del escándalo.
Traicionada, humillada y sin un lugar al que ir, Alma cree haber tocado fondo… hasta que un desconocido aparece bajo la lluvia.
Máximo Salas es joven, poderoso y peligrosamente observador. Un hombre que conoce demasiado sobre ella, sobre Darío y sobre la trampa que destruyó su vida. Lo que Alma no sabe es
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Capítulo 8
La mansión apareció al final de una avenida privada bordeada de árboles y Ángela frenó el carro sin querer cuando la vio completa.
— Dios — dijo.
Era el doble de grande que la casa de Alma. La que ahora ocupaban Darío y Lucrecia como si siempre hubiera sido suya.
— Sin duda el tipo ya me gusta — añadió Ángela arrancando de nuevo.
Alma le dio un codazo.
— Deja de decir tonterías.
Las dejaron pasar sin demoras. En la entrada principal estaba él. Camisa blanca, espalda ancha, esos ojos negros que hicieron que Ángela perdiera el hilo de lo que estaba pensando en ese momento.
— Alma, por Dios — murmuró mientras apagaba el motor. — Es un dios griego. Si tú no lo quieres yo acepto que me acose.
— Deja de decir tonterías. Podría ser mi hijo.
— ¿Qué? ¿Estás loca?
Máximo abrió la puerta del copiloto y extendió la mano.
— Bienvenida, doctora. Gracias por aceptar la invitación.
— Espero no arrepentirme — dijo Alma saliendo del carro.
— Le aseguro que no. — La miró directo, con esa calma suya que no pedía permiso para ocupar el espacio.
Alma sostuvo la mirada un segundo y desvió la vista.
Ángela rodeó el carro y carraspeó con toda la intención del mundo. Máximo reaccionó y se volvió hacia ella.
— Perdone señorita, qué descortés. Soy Máximo Salas. — Le extendió la mano.
Ángela se la estrechó con una sonrisa.
— Gracias por el cumplido, pero no soy señorita. Ni de las orejas. — Y soltó una carcajada tan suya que hasta Máximo sonrió.
Alma cerró los ojos un segundo. Su amiga siempre hacía eso.
Entraron.
Elena las esperaba en el recibidor y en cuanto vio a Alma fue hacia ella con los brazos abiertos. La abrazó fuerte, con esa emoción sin filtro de quien lleva años esperando un momento.
— Mi salvadora. — Tenía los ojos brillantes. — Al fin la veo de nuevo, doctora.
Alma la miró y la reconoció enseguida, aunque apenas quedaba rastro de la mujer que había llegado a urgencias aquella noche. Elena era otra persona. El mismo nombre, otra vida.
La guió adentro hablando sin parar. Que gracias a ella encontró un hombre bueno, que enviudó pero que era feliz, que su hijo era todo lo que tenía y todo lo que necesitaba, que la casa era nueva pero que Ciudad S se sentía como volver a casa. Habló tanto en tan poco tiempo que Ángela tardó un momento en procesarlo todo.
Al final Elena suspiró y miró a Alma con esa franqueza directa de quien no tiene tiempo que perder en rodeos.
— Sé que es difícil aceptar ayuda de unos desconocidos. Y más cuando mi hijo se portó como un acosador. — Lo dijo mirando a Máximo que estaba parado no muy lejos, con cara de no inmutarse. — Pero usted sabe mejor que nadie que su esposo no va a detenerse hasta acabar con todo lo que ama.
Alma asintió. Sintió una punzada en el pecho, pero no dijo nada.
— Elena, sé que quieren ayudarme y se los agradezco. — Eligió las palabras despacio. — Pero no puedo aceptar que sea gratis. Cuando recupere lo que me pertenece le devuelvo a su hijo cada centavo. Se lo prometo.
Elena le tomó las manos.
— No se preocupe por eso ahora. Ya habrá tiempo. Con que acepte nuestra ayuda es suficiente.
Máximo se sentó junto a su madre y la miró. De nuevo esa mirada directa e intensa que por alguna razón hacía que Alma no supiera exactamente dónde poner las manos.
— Para que sepa cómo llegamos a su situación — dijo — fue por casualidad. Me llegó una propuesta de inversión y uno de sus hospitales estaba en el portafolio. El mismo donde nos ayudó. Pero lo que llamó mi atención fue que usted ya no figuraba como propietaria. Quise investigar. — Hizo una pausa. — No soy un acosador. Pero al descubrir lo que su marido estaba haciendo a sus espaldas decidimos volver al país. Lo que no esperaba era que el hombre fuera tan descarado como para armar ese escándalo en la fiesta de su propia hija.
— ¿Qué tanto sabes? — dijo Alma. La voz tranquila, la postura de médica analizando un diagnóstico.
— Casi todo. Tengo copia de todos los documentos que usted firmó sin saber lo que firmaba. Y hay algo más. — Una pausa breve. — Antes de traspasar los bienes a su nombre, su marido le robó millones directamente de las cuentas de la clínica. Durante años.
— Quiero matarlo — dijo Ángela.
— Yo igual — dijo Máximo. — Pero no es el momento. El golpe tiene que ser preciso. Va a ser una pelea larga y dura. — La miró directo a ella. — Pero no va a estar sola.
Alma sintió, pero esos ojos la tenía nerviosa. Se rascó la nuca despacio y desvió la vista hacia la ventana.
Elena y Ángela se miraron.
— ¿Por qué no cenamos? — dijo Elena, poniéndose de pie con esa energía suya que no pedía opinión. — Después Máximo les muestra lo que tiene. Con el estómago lleno todo se piensa mejor.