Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.
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EL ECO DE LOS CELOS Y EL REGRESO DE LA BESTIA
La tensión inicial en la mesa del fondo de la cafetería se disipó con la misma rapidez con la que había aparecido, reemplazada por el alivio de ver a su madre sana y salva. Roberto y Robert se acercaron con rostros serios, sentándose frente a ella mientras cruzaban los brazos con una mezcla de protección filial y curiosidad.
—Mamá, anoche estuvimos a punto de llamar a las autoridades porque no aparecías por ningún lado —le reprochó Robert con la voz aún alterada por el susto—. No puedes simplemente esfumarte así y dejarnos con el corazón en la boca. ¿Se puede saber dónde demonios pasaste la noche?
Ana Belén sintió que las mejillas se le encendían de inmediato. Se mordió el labio inferior, indecisa sobre cómo soltar una bomba de esa magnitud sin desatar un ataque de pánico en sus gemelos. Exhaló un suspiro profundo y decidió hablar con la verdad por delante.
—Miren muchachos... sé que me porté mal al no avisarles, pero pasé la noche en la Mansión Bustamante —confesó ella en un susurro audible, apartando la mirada por una fracción de segundo antes de encararlos—. Con Jeremías.
Roberto y Robert abrieron los ojos de par en par, intercambiando una mirada de total sorpresa.
—¿Con el mismísimo ogro de los Bustamante? —exclamó Roberto levantando las manos con incredulidad—. El mismo tipo que te trató mal el primer día, ¿el que tiene fama de devorar empleados vivos? ¿Te metiste en la boca del lobo y saliste ilesa?
—Más que ilesa... digamos que las cosas cambiaron drásticamente entre nosotros —respondió Ana Belén con una sonrisa nerviosa, frotándose las manos—. Tuvo un problema médico grave anoche, un cuadro febril y de presión extrema, y fui yo quien tuvo que ir a calmarlo. La cuestión es que... ahora estamos juntos. Él y yo somos pareja formalmente.
Robert la miró fijamente durante unos segundos, evaluando cada gesto en el rostro de su madre. Al notar el brillo inconfundible de felicidad y el rubor genuino en sus mejillas, una sonrisa comprensiva se dibujó en su boca.
—¿Y tú estás segura de esto, mamá? —le preguntó Robert con tono suave, inclinándose sobre la mesa—. ¿Ese hombre te trata como te mereces? Porque si tú estás dispuesta a apostar por él y te hace feliz, nosotros no nos vamos a oponer. Al contrario, te apoyamos al ciento por ciento. Lo único que nos importa es que no salgas lastimada.
—Exactamente, mamá —agregó Roberto, asintiendo con firmeza y tomando una de sus manos—. Si ese tipo te hace sonreír de esa manera, cuenta con nosotros. Y si en algún momento decides mudarte a esa mansión, te advierto de una vez: nosotros nos vamos contigo. No te vamos a dejar sola allá adentro con ese carácter de mil demonios.
Ana Belén sintió que el pecho se le inflaba de gratitud y orgullo al escuchar las palabras de sus hijos. Les devolvió un apretón de manos con los ojos humedecidos de emoción, sabiendo que tenía a los mejores aliados del mundo.
El resto de la jornada transcurrió entre el trajín habitual del local, atendiendo a los clientes y sacando las cuentas del día con una ligereza inusual en su espíritu. Sin embargo, el verdadero cataclismo de la tarde no provino de los negocios, sino de una visita inoportuna.
Eran pasadas las cuatro cuando la puerta de la cafetería se abrió con suavidad y apareció Esteban, el exesposo de Ana Belén. Con una sonrisa socarrona, un aire de eterno seductor barato y un ramo de flores marchitas que fingía ser un detalle romántico, se acercó directamente a la barra donde ella limpiaba unas tazas.
—Buenas tardes a la mujer más hermosa de toda la ciudad —comenzó Esteban con su habitual tono de piropo rebuscado, apoyándose con desparpajo en la barra—. Pasaba por aquí y no pude evitar acordarme de ti. Dime una cosa, Ana Belén... ¿no has pensado en mi propuesta en ser mi amante? Piénsalo bien, revivir el fuego de antes, escapar de la rutina y darnos un gustito a escondidas como en los viejos tiempos, que sé que todavía me extrañas.
Ana Belén soltó una carcajada sonora, negando con la cabeza mientras terminaba de secar la taza con un trapo.
—Esteban, de verdad que estás más loco de lo que recordaba —respondió ella entre risas, mirándolo con una mezcla de burla y compasión—. ¿Vivir el fuego de antes? Por Dios, si cuando estábamos juntos parecía que estabas hecho de hielo puro. ¿Qué pasa, que tu mujer actual es tan aburrida que no te aguanta los caprichos y vienes a mendigar atención aquí? Y deja de llamarme de esa manera tan empalagosa, ubícate de una vez.
En medio de las risas, mientras Esteban insistía acercándose demasiado y le lanzaba otro comentario desubicado, Ana Belén le propinó un golpe juguetón en el brazo con el dorso de la mano. El gesto, sin embargo, quedó suspendido en el aire de una manera equívoca: por la forma en que ella se reía y cómo había quedado con la mano cerca de su manga, parecía prácticamente que lo estuviera agarrando y acariciando con complicidad.
Fue en ese preciso instante cuando la puerta principal se abrió de nuevo con un golpe seco.
El vehículo blindado de Jeremías se había detenido en la acera justo a tiempo. Federico había abierto la puerta trasera y el magnate, impulsando su silla con un vigor oscuro, había ingresado al local dispuesto a buscarla tal como se lo había prometido. Sus ojos verdes, sin embargo, se clavaron de inmediato en la escena: Ana Belén riendo a carcajadas, con el rostro iluminado, y Esteban demasiado cerca de ella, con una actitud de evidente coqueteo y las manos de la arquitecta prácticamente sobre su brazo.
El mundo se detuvo para Jeremías. Todo el calor de la mañana, todas las promesas susurradas bajo las sábanas de seda y la ilusión frágil de haber encontrado un refugio se derrumbaron en su mente con la violencia de un terremoto. Su cerebro conectó los puntos de la peor manera posible, alimentado por sus inseguridades más oscuras y el eco del pasado.
Ana Belén, al sentir una pesada corriente helada en la nuca, giró la cabeza hacia la entrada. Su corazón dio un vuelco espantoso al ver a Jeremías detenido junto a las mesas, con el rostro desencajado por la rabia, la mandíbula apretada y una mirada cargada de un dolor tan hondo y frío que la dejó sin aliento.
—Ay, no... lo que faltaba —susurró Ana Belén en un hilo de voz, palideciendo al instante y dando un paso al frente para separarse de Esteban—. Jeremías, espera, déjame explicarte...
Pero Jeremías no le dio el menor margen. Su orgullo herido hasta la médula le gritaba que había sido un idiota por bajar la guardia. Con una expresión pétrea, apretó los aros de su silla con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos, hizo girar las ruedas en redondo con brusquedad y, sin mirarla a los ojos, le espetó a su asistente con voz cortante:
—¡Federico, arranca de aquí! ¡Vámonos!
—¡Jeremías, espera, no es lo que parece! —gritó Ana Belén desesperada, queriendo salir corriendo tras la silla de ruedas.
Pero ya era demasiado tarde. El magnate salió disparado hacia la acera antes de que ella pudiera cruzar la barra. Para cuando Ana Belén logró liberarse de los clientes y llegar a la puerta, el vehículo de la mansión ya se alejaba a toda velocidad por la avenida, tragado por el tráfico de la tarde.
En el asiento trasero del automóvil, con los puños cerrados con tanta fuerza que las palmas le dolían, Jeremías respiraba con dificultad, tragándose las lágrimas de rabia que amenazaban con desbordarse. Los pensamientos en su cabeza corrían a una velocidad vertiginosa, alimentando un ciclo destructivo de desconfianza:
«Si María me lo hizo a mí caminando, engañándome y burlándose de mis debilidades... ¿cómo no me lo va a hacer Ana Belén ahora que estoy postrado en esta maldita silla? ¡Claro que sí! Soy un estúpido por haber creído que un lisiado como yo podía retener a una mujer alegre y libre. ¡Se estaba riendo con otro en mis narices!», se repetía Jeremías una y otra vez con una amargura que le envenenaba el alma.
El trayecto de regreso a la mansión fue una marcha fúnebre. En cuanto el auto se detuvo frente a las puertas principales, Jeremías bajó rodando a toda velocidad, ignorando por completo los saludos de los empleados. Al cruzar el umbral del vestíbulo, donde doña Anahí intentaba saludarlo con una sonrisa, el magnate alzó la mano con furia y bramó con una voz que hizo temblar las lámparas de cristal:
—¡No quiero que nadie me moleste! ¡Y se los advierto a todos: si dejan pasar a alguien, o si tan solo se atreven a asomarse a mi estudio, están todos despedidos! ¡Largo de mi vista!
Sin dar explicaciones, se precipitó hacia su despacho, cerró la puerta de un portazo tan violento que el marco crujió, y se encerró en su propia oscuridad, dispuesto a no volver a creer en nadie jamás.