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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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11. Darás hijos fuertes
La mujer miró el cuello de Mónica. Sus ojos se detuvieron en la marca de succión, visible sobre la piel, y algo cruzó su rostro, una sombra, un temblor en el labio inferior que se apagó antes de convertirse en palabra. Retiró la mano y la dejó caer sobre la manta. Miró a Valentín.
- “Otra”, dijo la mujer.
Valentín no respondió. Su mandíbula se tensó, un músculo marcándose bajo la sombra de barba.
- “Descansa, madre. Volveremos luego”, expresó Valentín.
La mujer no volvió a mirarlos. Sus ojos se fueron al horizonte de almendros. Valentín tomó a Mónica del codo y la guió hacia la puerta de la casa.
Las paredes de la casa estaban desnudas salvo por un retrato al óleo de un hombre con bigote y traje negro colgado sobre una chimenea apagada. No había televisión ni cuadros modernos. Una estantería de madera oscura ocupaba la pared del fondo, con libros cubiertos de una fina capa de polvo gris.
- “Espera aquí”, dijo Valentín. “Tengo que hacer una llamada”.
La dejó sola en la sala principal. Sus pasos se alejaron por un pasillo estrecho de paredes de cal gruesa, donde colgaban cuadros religiosos oscurecidos por el humo de velas. Una puerta se cerró en algún lugar de la casa.
Mónica se quedó de pie en medio de la sala, con los tacones hundiendo en las juntas de las losas. Miró a su alrededor, el retrato del hombre del bigote la observaba desde su marco dorado con ojos pintados que parecían seguir sus movimientos. La chimenea estaba fría, llena de ceniza vieja. Sobre la repisa, un reloj de cuerda se había parado a las tres y cuarto.
Se acercó a la estantería. Los libros estaban en español, mayormente. Al final de la tercera balda, detrás de una pila de cartas atadas con un cordón marrón, había algo que no era un libro.
Mónica extendió la mano y lo sacó. Era un cuaderno de tapas de cartón azul, del tamaño de una mano abierta, con las esquinas dobladas y una mancha de café en la portada. No tenía título. Lo abrió por la primera página y vio una letra pequeña, inclinada hacia la izquierda, con tinta azul que se había desteñido en los bordes:
12 de marzo
Hoy he vuelto a la finca. Valentín dice que es bueno que venga, que mi madre necesita verme. Mi madre no está aquí. Mi madre murió hace tres años. Valentín dice que es bueno que venga.
Mónica pasó la página. La letra se volvía más pequeña, más apretada, como si las palabras quisieran esconderse entre las líneas.
20 de marzo
Me pregunté si alguna vez me miraría como me miraba antes. Antes, cuando todavía no sabía que yo no podía darle lo que necesitaba. Antes, cuando creía que el amor bastaba. Ahora me mira como se mira un campo que no da fruto. Con decepción. Con cálculo. Con la paciencia de quien espera que la estación cambie, aunque sabe que no cambiará.
Los dedos de Mónica temblaban sobre el papel. El polvo le picaba en la nariz, pero no lo notaba. Pasó varias páginas hasta llegar a una con la fecha de tres semanas después.
3 de abril
Ayer me dijo la verdad. No con palabras, porque Valentín no usa palabras para las cosas que importan. Me lo dijo con el cuerpo. Se sentó en la cama, se quitó los zapatos, y dijo: "Necesito un hijo". Así. Sin más. Como quien pide un vaso de agua. Le dije que no podía. Que lo había intentado. Que los médicos lo habían confirmado. Se quedó quieto un momento, mirando la pared, y luego dijo: "Entiendo". Pero no entendió. Lo que entendió es que yo no servía para lo que me había traído aquí.
Mónica cerró los ojos un segundo. El corazón le latía en las sienes, en la garganta, en la marca del cuello. Abrió el cuaderno más adelante, donde las páginas tenían arrugas como si alguien las hubiera mojado con lágrimas y luego secado al sol.
15 de mayo
Me habló de ella. No me dijo el nombre, pero no hacía falta. La manera en que la mencionó, con esa suavidad que nunca usa conmigo, con esa voz que se le quiebra en el borde de cada sílaba. La ama. Ama a alguien que no puedo ser, alguien que le dio todo lo que yo no pude darle, excepto la única cosa que él necesita: un hijo. Ella tampoco puede. Por eso me buscó a mí. Por eso me trajo aquí. No porque me amara, no porque me quisiera cerca, sino porque mi cuerpo era el campo que él necesitaba para sembrar lo que ella no puede sembrar.
Me casó con él para que le diera un hijo. Esa es la única verdad. Todo lo demás, la casa, el apellido, el anillo, las sábanas limpias, es decoración. Soy un vientre de alquiler que firma con un apellido.
Mónica dejó de leer. Miró hacia el pasillo por donde había desaparecido Valentín. La puerta seguía cerrada al fondo. Volvió al cuaderno, a las últimas páginas, donde la letra se había vuelto irregular, con tachones y palabras cruzadas.
2 de julio
Me voy. Lucas dice me va a ayudar. Dice que me llevará lejos, que Valentín no me buscará si le prometo no volver, solo debo esconderme hasta que Lucas regrese. No me buscará y encontrará a otra, alguien más joven, más fértil, más dócil. Y le hará lo mismo que me hizo a mí. Y a la otra le dirá "eres mía" como si fuera una bendición y no una sentencia.
Si alguien lee esto, que sepa que Valentín Marín no se casa por amor. Se casa por necesidad. Necesita un hijo. La mujer que ama no puede dárselo. Y cualquier mujer que él traiga a esta casa será solo un campo donde plantar su semilla. Nada más.
Carmen Marín
El cuaderno se cerró con un sonido suave. Mónica lo sostuvo contra su pecho, respirando por la boca, con los ojos fijos en el pasillo oscuro. Pensó en la noche de bodas: "Darás hijos fuertes".
No se había casado con Mónica para saldar la deuda de su padre. Se había casado con Mónica porque tenía útero, ovarios, sangre joven. Porque era un campo fértil donde la mujer que él amaba no podía sembrar.