Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 10 EL VUELO DEL FENIX
El tiempo en la Universidad de Ginebra no transcurrió; se consumió bajo el fuego de mi determinación. Gracias a mi obsesión por el estudio y a las jornadas de veinte horas diarias entre las aulas, el despacho de abogados y la cafetería, logré completar los tres años de la carrera de Derecho en un tiempo récord. Mientras mis compañeros celebraban el fin de los exámenes con fiestas junto al lago, yo recogía mi titulación con una única certeza en la mente: el plazo que mi padre me había otorgado se había agotado por completo.
La confirmación de mis peores temores llegó apenas una semana después de graduarme. Recibí una llamada directa de mi padre a mi teléfono oficial, el que él controlaba. Su voz, tan gélida y autoritaria como el primer día que me encerró, no contenía ni un solo rastro de felicitación por mis logros académicos.
—Natalia, ya he recibido el informe de la universidad —sentenció Arthur, al otro lado de la línea—. Has cumplido con tu obligación en los plazos previstos. Tu etapa en Ginebra ha terminado. He fijado la fecha para tu regreso a Zúrich este viernes. Las capitulaciones matrimoniales con el hijo del CEO de la automotriz ya están redactadas. La boda se celebrará en dos meses. Un chófer irá a recoger tus cosas a la residencia universitaria mañana por la mañana. No toleraré ningún retraso más.
Cuando colgó, sentí que el suelo temblaba bajo mis pies, pero esta vez el pánico no me paralizó. Al contrario, una claridad absoluta se instaló en mi mente. Miré a María, que estaba sentada en mi cama revisando unos manuales de derecho internacional. Ella había sido mi sombra durante estos años, la única que conocía cada uno de mis sacrificios, mis noches en vela y el secreto de mi fondo de libertad.
—Es el momento, María —le dije, con la voz firme pero el corazón latiéndome a mil por hora—. Mi padre viene a por mí. Si vuelvo a pisar Zúrich, no volveré a salir de esa mansión vestida de civil. Me casarán a la fuerza.
María cerró el libro de golpe, se puso de pie y me miró con una resolución que me conmovió las entrañas. Durante el último año de carrera, habíamos compartido el sueño de abrir nuestro propio bufete en el extranjero, lejos de las garras de mi familia. Ella tampoco tenía grandes ataduras en Suiza y compartía mi ambición de triunfar bajo nuestras propias reglas.
—No vas a volver a esa casa, Natalia —afirmó María, colocándome las manos en los hombros—. Hemos planeado esto durante meses. Nos vamos. Y nos vamos juntas. Londres nos espera. Es la capital legal de Europa, el lugar perfecto para desaparecer entre la multitud y levantar nuestro propio imperio desde cero. Yo ya tengo mi maleta lista. ¿Y tú?
Asentí con la cabeza, sintiendo una oleada de gratitud eterna hacia ella. Pero antes de dar el paso definitivo, necesitaba activar la última pieza de mi tablero de ajedrez. Marqué el número seguro de mi hermano Thomas desde mi teléfono prepago.
—Thomas, es la hora. Papá ha mandado al chófer para mañana —le comuniqué en un susurro urgente.
—Lo sé, Nat. Acabo de ver los papeles del enlace sobre su escritorio en el astillero —respondió Thomas, y su voz delataba una tensión máxima—. Escúchame bien: no dejes que el chófer te encuentre. Tienes que marcharte esta misma noche. He realizado un último movimiento. He desviado una cantidad importante de dinero en efectivo de las cajas de seguridad que papá no audita hasta final de año. Es el empujón final que necesitas para instalarte en Londres y pagar el alquiler de una oficina. Nos vemos en una hora en la estación de autobuses de Ginebra, en el ala norte. Sé prudente.
El reencuentro con Thomas en la penumbra de la estación fue breve pero desgarrador. Nos abrazamos con la fuerza de quienes saben que están cruzando un punto de no retorno. Mi hermano me entregó una mochila pesada, llena de fajos de billetes que, sumados a mis propios ahorros de tres años de extenuante trabajo como camarera y archivadora, formaban una pequeña fortuna. Era el precio de mi libertad.
—Esto es todo lo que he podido conseguir sin levantar sospechas, Nat —me dijo Thomas, mirándome con los ojos empañados por el orgullo—. Con esto, tus ahorros y el talento de María, tendréis lo suficiente para sobrevivir el primer año en Londres y poner en marcha vuestra firma. Cambia de número en cuanto cruces la frontera. Borra cualquier rastro digital. Conviértete en un fantasma. Yo seré el único que sepa dónde estás, y solo te llamaré desde cabinas públicas o líneas encriptadas cuando esté 100% seguro de que nadie me vigila.
—Gracias, Thomas... Te lo debo todo —sollocé, abrazándolo una última vez.
—No me debes nada, hermana. Corre y sé libre. Por los dos.
María y yo subimos al autobús nocturno con destino al aeropuerto de Lyon, en Francia, para evitar coger un avión directo desde territorio suizo, donde los contactos de mi padre podrían rastrearnos con mayor facilidad. Durante el trayecto por las oscuras carreteras europeas, saqué la tarjeta SIM de mi teléfono oficial, la partí en dos con las manos y la arrojé por la ventanilla hacia la oscuridad de la autopista. Mi antigua vida, mi apellido y las cadenas de Arthur se quedaron flotando en el asfalto.
Al amanecer, embarcamos en un vuelo de bajo coste con destino al aeropuerto de Heathrow, en Londres. Mientras el avión ganaba altura y las nubes cubrían el paisaje alpino, miré por la ventanilla. A mi lado, María me estrechó la mano con firmeza, transmitiéndome una seguridad inquebrantable. En mi cuello, oculta bajo la ropa, la llave de plata seguía descansando contra mi piel, aunque en ese momento el recuerdo de Óscar fuera solo una sombra difusa y lejana de una infancia que ya no me pertenecía.
Ya no era la niña asustada de doce años que lloraba en el suelo de su habitación, ni la adolescente recluida en el internado. A mis veintiún años, era una abogada licenciada con honores, con una maleta llena de ahorros, una mente brillante y la mejor amiga del mundo a mi lado. Londres se abría ante nosotras como un lienzo en blanco gigante, frío y desafiante. Mi padre removería el cielo y la tierra para buscarme, llenaría de furia los astilleros de Zúrich y me buscaría hasta debajo de las piedras, pero para cuando se diera cuenta de mi ausencia, el fénix ya habría emprendido el vuelo. Mi libertad acababa de comenzar.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️